Malas perspectivas para la globalización

 El librecambio es siempre un objetivo deseable [1], el proteccionismo es, por el contrario, un pacto con la realidad [2]. Por ello todo economista consciente de las limitaciones de su ciencia y que no se encierre en su torre de marfil, sabe que lo han formado para el sacerdocio de una doctrina liberal que ha de predicar a los humanos por su bien. Pero a la vez también es sabedor de que el miedo a los acontecimientos por parte de los seres humanos concretos, le harán a él que tenga que comprender y administrar antes o después largas épocas de proteccionismo, como el menor de los males posibles.

 En una de estas coyunturas vamos progresivamente entrando, especialmente desde 2009. Y estamos sólo en el comienzo. La Organización Mundial de Comercio (OMC) advertía hace dos años del “avance significativo hacia el proteccionismo” y  de que “el endurecimiento de la política arancelaria como medida para defenderse de la crisis a corto plazo es una amenaza muy peligrosa, que debe ser atajada antes de que sea demasiado tarde”.

 Ante las duras manifestaciones de la crisis, muchos gobiernos estaban ya recurriendo a dar ayudas privilegiadas a algunos de sus  sectores productivos (p.e. industrias automovilísticas francesa y norteamericana) a forzar aprovisionamientos nacionales (p.e Estados Unidos) a aportar dinero público en condiciones privilegiadas a bancos y exportadores  (p.e. China y Brasil) a establecer  precios de referencia para productos amenazados por las importaciones (p.e. el caso de las “autopartes” en Argentina)….. Todas esas medidas rompían los consensos hasta entonces vigentes por acuerdos internacionales.

 Más adelante, se han implementado medidas más radicalmente proteccionistas, como la Ley aprobada en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos en Septiembre de 2010, que autoriza a la Presidencia a imponer tarifas especiales a productos importados de países que mantengan depreciada su moneda. En el campo monetario,  se abría de forma  directa (p.e. en China) e indirecta (en EEUU)  una guerra de divisas con el fin de abaratar artificialmente los productos nacionales en el mercado mundial “lanzando la crisis al vecino”.

 Por todo esto, en Noviembre de 2010 la OMC, la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) denunciaban en un informe conjunto que estaba “en peligro el sistema comercial internacional” y pedían a los mandatarios del G-20 que habrían de reunirse en Seúl, que “eliminaran las medidas adoptadas para responder a la crisis que restringen o distorsionan el comercio y la inversión”. El resultado ya lo conocemos: el día  15 de Noviembre de 2010 la reunión se clausuró sin compromiso alguno y, más grave aun, rebajaron el nivel de exigencia a los negociadores de la “Ronda de Doha”, pues en lugar de “mandatarles” la conclusión de las negociaciones sobre liberalización del comercio, que languidecen después de 10 años, solamente acordó  “recomendarles”, porque se sabe que tales negociaciones están, y se quiere que estén, de momento, muertas.

 Fue lógica la reacción alemana en esa citada cumbre, a donde llegaba Merkel advirtiendo que “el mayor peligro al que se enfrenta la economía global es una vuelta al proteccionismo” y de donde salió diciendo lo mismo “la mayor preocupación es que hay síntomas de proteccionismo” (cumbre de Davos 28, Enero 2011). La canciller, sabedora de la dependencia que el reciente boom  económico de su país ha tenido de la demanda de los países emergentes, sólo pudo exteriorizar una pataleta frente a un Obama que amenazaba con tarifarias y la devaluación del dólar. Éste, tras su derrota electoral cada día ve con más claridad la dificultad de cumplir en un contexto librecambista su promesa al pueblo americano de “abaratar nuestros productos, ganar mercados extranjeros, exportar más y “traer trabajo a casa”.

 Dos anécdotas recientes ilustran mucho mejor que cualquier razonamiento la dramática situación en la que se encuentra EEUU. Una de ellas es la amarga experiencia de la renovación tecnológica en Silicon Valley. Algunas de las más importantes firmas, como Solyndra, Nanosolar y MiaSolé soñaban con transformar la industria de la energía solar, reinventando la tecnología de hacer paneles más eficientes, que redujera al mismo tiempo los costes de producción. Después de haber invertido decenas de miles de millones de dólares en “venture capital” procedentes de fuentes privadas y públicas,  en Octubre pasado  los resultados se concretaban en la  nueva célula fotovoltaica llamada CIGS, que parecía dar una nueva ventaja competitiva a las compañías americanas, pero inmediatamente se reveló que producirlas masivamente conllevaba un reto tecnológico y financiero al que las compañías californianas no podrán responder sin verse arrolladas en el ínterin por la mayor capacidad financiera y eficiencia chinas. Conrad Burke, jefe de innovación de Innovalight ha dicho bien claramente lo que piensa: ¿Cómo puedes luchar contra enormes subsidios, préstamos a bajo interés, mano de obra barata, economías de escala y una estrategia gubernamental para hacer de ti el número 1 en energía solar?. No es de extrañar pues que, a pesar de la ingeniosa ocurrencia de Obama de recordar el reto del Sputnik, entre el mundo académico y empresarial, se extienda la sospecha de que colocarse al ritmo de efectividad de China, mediante la intensificación de la inversión en “nuevas tecnologías”, es la zanahoria colgada frente al burro y que, por tanto, en lo que hay que pensar es en protegerse para conseguir  un respiro temporal y obligar de paso a “entrar en razón” al competidor.

La segunda anécdota tiene si cabe aun más enjundia: Dispuesta la presidencia americana, tras el revolcón electoral, a afrontar la reducción del déficit público y habiéndose de concretar ésta en recortes en partidas suficientemente sustanciosas, no se libra el presupuesto militar en un momento en el que para contrarrestar la masiva modernización militar de China, estaba siendo diseñado nuevo y sofisticado aparataje armamentístitico. El plan se encuentra ahora en la tesitura de ser abandonado o ser afrontado mediante un nuevo cierre de ojos al galopante endeudamiento externo del país. Pero de entrada se sabe que las emisiones de bonos americanos no pueden sino ser suscritas en su mayor parte por……. China. Ni que decir la oleada de comentarios, fervores patrióticos y angustia que esta evidencia está levantando

Lo que realmente está ocurriendo es algo que ya experimentó el mundo en el período que fue entre 1873 y 1914: el pensamiento  académica y políticamente aceptado era el librecambismo. Los mandatarios hacían proclamas cada vez más comprometidas con él, pero en la práctica, cada cual procuraba traicionarlo todo lo que podía y a un ritmo que se fue acelerando hasta que el contexto en el que se funcionaba era completamente proteccionista.

 Como economista siento la desazón de saber que, inevitablemente, la deriva proteccionista significará ritmos de crecimiento muy pobres en relación a los que potencialmente podrían alcanzarse en condiciones de “globalización librecambista”, pero como historiador no puedo traicionar la experiencia de haber visto que habitualmente las personas y las organizaciones acaban escogiendo el único camino que les queda para sufrir lo menos posible hasta donde su mirada puede alcanzar. Creo pues que vienen tiempos más de grandes “bloques” que de globalización.

 


[1] Es fácilmente comprensible que una teórica inversión dará su mayor resultado (crecimiento económico y empleo en consecuencia) si dispone libremente de acceso a todos los recursos financieros, materiales y de trabajo del mundo y, tanto menos resultado cuantas más cortapisas encuentre en ello.
[2] Esa “realidad” toma muchas formas: intereses ya existentes organizados, dificultades de movilidad de la fuerza de trabajo,  ideologías nacionalistas, costes ecológicos, etc.

Una “moderación” que fue desmesurada y la necesidad de realismo

Al período (1996-2007) anterior a crisis económica que estamos viviendo se le ha bautizado como “la gran moderación”, porque en esos años la inflación  que había acompañado a los momentos de mayor crecimiento posteriores a la Segunda Guerra Mundial, había prácticamente desaparecido y, sin embargo, el crecimiento económico era sostenido.

Hasta 1973 en los países desarrollados se consideraba inevitable una tasa de inflación no inferior al 4 % para mantener el “pleno empleo”. Esta asunción estaba avalada por el razonamiento keynesiano acrisolado en la salida de la crisis de los años 30, por el cual la única forma de propiciar un crecimiento económico a salvo de grandes oscilaciones, era procurando una suficiente demanda global, a salvo de la escasez que de ella se produce en el desfase temporal entre el ahorro y la inversión privadas, debido a los condicionantes exógenos de las “expectativas empresariales”. Consecuentemente, las políticas monetarias, fiscales y  de reparto de rentas, procuraban mantener una potente demanda por delante de la oferta, provocando una constante tensión sobre los precios que, al ser un aliciente a las expectativas empresariales, generaba altas tasas de inversión y, en consecuencia, empleo.

Naturalmente, para que este mecanismo diera resultado era preciso que tanto la disposición de recursos, sobre todo materias primas, como la productividad fueran elásticas. Pero desde 1973 no obstante se hizo palpable que esos dos elementos podían actuar “autónomamente”, es decir, que su oferta podía resultar independiente de los incentivos de la demanda inducida (la ironía de la falsedad de la “Ley de Say” aducida en su día por Keynes, volviéndose contra él mismo). Particularmente, la escasez de recursos se demostró con la escasez de petróleo: la oferta de recursos naturales podía ralentizarse autónomamente de forma grave y persistente. La productividad, se fue deteriorando por  la acumulación de rigideces organizativas en las grandes firmas,  el crecimiento desmesurado de las burocracias gubernamentales  y  la incalculada largueza de los sistemas de “seguridad social”, cuando éstos dejaron de estar matizados por la idea de “lo posible” (sistema de capitalización) para convertirse en principio social y político incondicionado. La tecnología, que es, a su vez , dependiente de un sacrificio previo en el gasto y el  bienestar, llegó un momento en el que tampoco pudo compensar esas fugas de productividad generadas a lo largo y ancho de todo el sistema económico-social.

Se entró así en la que se llamó la estanflación, es decir una situación en la que la inflación  ya no impulsaba el crecimiento económico. El hecho más visible del callejón sin salida al que habían llegado las economías desarrolladas a principios de los 80 era la indexación, por la cual los salarios se elevaban automáticamente cada año según la inflación habida, con lo que ésta se volvía a alimentar, pues la producción no crecía.

Es lógico que en ese estado se pusieran de moda las “políticas de oferta”, es decir las medidas que de forma directa pretendían facilitar el aumento de la producción, reduciendo costes, eliminando barreras legales e institucionales a la iniciativas empresariales, facilitando desplazar los recursos empleados en actividades antieconómicas a otras rentables, etc. En suma lo que hemos conocido como “reconversión industrial, desregulación, externalización, reducción del gobierno, reprivatización” y otros términos más que, en última instancia llevaban a la “globalización”, porque para reducir costes aquí y allá no hay modo mñas rápido que facilitar que quien quiera invertir pueda disponer con facilidad de todos los recursos (materias primas, capital, trabajo) del planeta y de todos los mercados donde vender. Naturalmente que la tecnología de las comunicaciones se transformó a la par que la necesidad para hacerlo posible.

El mundo desarrollado se situó así, a mediados de los años 80 del siglo XX en una situación muy parecida a la que hubo a mediados del siglo XIX, en la que una oferta creciente de productos obtenidos en cualquier parte del mundo abastecía con creces a precios muy asequibles a los países desarrollados. En ese contexto, los habitantes de éstos últimos íbamos desplazando nuestras actividades productivas a trabajos menos “penosos” (servicios financieros, comunicación, diseño, educación, cultura, sanidad, investigación, logística, turismo).

Pero el problema que tiene este “cambio estructural” como ya experimentara Inglaterra a finales del siglo XIX (el “climaterio británico”) es que para que se cumpla un axioma comprobado de la teoría económica (el intercambio favorable a los productores de bienes con un alto valor añadido por trabajo cualificado y tecnología sofisticada) se necesita tiempo: el tiempo preciso para que los productores de artículos poco elaborados, estén en condiciones de comprar parte de esos bienes y servicios de  alta cualificación. Mientras tanto, puede ocurrir que los tradicionales “desarrollados” se emborrachen de productos baratos de los nuevos productores y de sus propios bienes y servicios de alta tecnología y tengan que pagar facturas cada vez más grandes a los “tradicionales subdesarrollados”. Lo contrario de lo que decían los economistas latinoamericanos de los años 60 y 70.

Mientras tanto, los habitantes o los gobiernos  de los hoy llamados “países emergentes”, en el tiempo que previsiblemente ha de transcurrir para que puedan y “quieran” ser tan hedonistas como nosotros (lo que implica no sólo aumento de la renta per cápita, sino profundas reformas administrativas, políticas,  educativas, culturales, de las mentalidades…..) se encontrarán en sus manos con unas enormes sumas de ahorro, fruto de sus masivas ventas y de su reducido consumo, que, sólo encontrarán salida volviendo a prestárnoslas a nosotros mismos, que somos los que manifestamos una voracidad ilimitada, justificada de mil maneras. Si se quiere una pincelada de la aparente paradoja de este mecanismo, el día 9 de  Enero nos la dio el Pentágono, proponiendo que EEUU proceda a aumentar extraordinariamente el gasto para modernizar su arsenal bélico, con el fin de compensar la carrera que en este sentido ha emprendido China. Y ese gasto mayor se habrá de cubrir con deuda pública que será, inevitablemente, suscrita por los chinos. Tan inextricablemente está interrelacionada la economía mundial en nuestros días.

En suma, la “gran moderación” en las economías desarrolladas era, paradójicamente, una desbocada extravagancia de productos y de dinero procedentes de gente eficaz y frugal, que nosotros nos gastamos, una parte, en arreglar las cosas para el futuro (por ejemplo infraestructuras, reformas administrativas y de gestión, educación e investigación útiles, invención de productos hasta ahora inexistentes, etc.) otra en vivir mejor a corto plazo (sobre todo comprando bienes de consumo duradero) y otra simplemente en “apostarlo” (invertirlo se ha llamado, confundiendo lo que es aplicar ahorro a la producción con lo que es destinarlo a la especulación) en ruletas de azar con honorables nombres de “fondos, bonos, terrenos, viviendas, acciones, futuros, arte, sellos, monedas….. lotería).

Nuestros problemas en el presente serían muy diferentes si hubiera predominado la primera opción y no las dos siguientes. En suma esa es la diferencia, por centrarnos en Europa, entre Alemania, Suecia, Finlandia, Dinamarca y Holanda (y casi de Francia) por un lado y de Grecia, Irlanda, Portugal, España (y casi de Inglaterra) por otro. Estados Unidos es un caso aparte, porque aunque aparentemente está en el lado de estos últimos, tiene una capacidad de rehacer su potencial productivo inexistente en cualquier otro país del mundo.

Las diferencias de trayectorias seguidas podrían explicarse de muchas maneras. Se apela demasiado a explicaciones culturales, que son del gusto, por ejemplo de los  alemanes, tan apegados como sus antepasados (todavía Wagner les emociona exageradamente) al sentimentalismo romántico de geografía, pueblo, raza, cultura, religión. Pero creo más correcto en estos tiempos de rapidez de la información y unificación, por tanto, de objetivos, medios e instrumentos, concentrarse en los responsables de la política, particularmente de la política económica.

Haber escogido, como se hizo en Suecia y Alemania, o no, como se hizo en España, en plena borrachera de productos y dinero, decirle al pueblo lo que los técnicos calculaban iba a ocurrir si no se moderaban el tren de vida y los beneficios sociales, se aumentaba la disciplina laboral, se reducía la administración, se alargaba la edad de jubilación etc. Y, además, haberlo hecho sacrificando cuando fue preciso, las ideologías acrisoladas cien años antes y en unas circunstancias del mundo muy diferentes, o no haberlo hecho, es la diferencia sustancial de lo que ocurre ahora. Pero, sinceramente, no sé quien nos va a regalar el tiempo necesario, porque los romanticismos ya sean geográficos, sociales, étnicos o religiosos están más fuertes y crecientes que nunca. Esa es la incertidumbre en la que estamos.

América poniendo el turbo, Europa sin líderes

Para la triste realidad de los europeos, sobre todo los del sur, que nos acostamos cada noche con la sensación de que nuestros responsables políticos no hay manera de que se pongan de acuerdo para asumir el riesgo de abrir las puertas a la recuperación económica, es ejemplar observar lo que  está ocurriendo en Estados Unidos, pero como ya he dicho es a la vez frustrante ver que no hay manera de hacer lo mismo por no tener la unión política que permitiría que un gobierno común se hiciera responsable de todo el conjunto de los ciudadanos, en lugar de estar en esta situación en la que nadie se fia de nadie y no hay manera que el crédito fluya de nuevo desde donde hay ahorro hasta donde hace falta inversión para crear puestos de trabajo.

Si el d’ia 3 de Noviembre la Reserva Federal abria las puertas a la compra de bonos en manos de los bancos a cambio de “dinero fresco” en una cantidad inicial de 600.000 millones de dólares, pero anunciando que se ampliaría cuanto fuera necesario, ahora el Presidente Obama ha llegado a un acuerdo histórico con los que desde el mes de Enero mandarán en la Cámara de Representantes, los Republicanos, para dejar más dinero en los bolsillos de los americanos a base de rebajar impuestos, ya sea a ricos o a pobres. Esta generalización tiene irritados a los de su propio partido, pero acabarán entrando por el aro, porque la política americana se ha puesto por fin las pilas y ha convertido en su objetivo prioritario la creación d puestos de trabajo. Aunque eso, lo veremos muy pronto, va a incermentar las tensiones con China y nos va a ir introduciendo de una manera u otra en un nuevo proteccionismo.

En Europa, el panorama no puede ser más desalentador. Merkel y ahora unido a ella Sarkozy, que son los representantes de los países acreedores, siguen en su ceguera de creer que será posible enderezar la economía europea a base de meter miedo a los países deudores y no facilitarles la defensa frente a la especulación de los mercados mediante, por ejemplo, la creación de un “bono europeo”. Han llegado a argumentar abiertamente que no están dispuestos a que sus ciudadanos paguen las deudas de los demás. En su miopía por mantener sus puestos regalando los oídos a sus ciudadanos menos informados y menos europeístas y, con ello, pensar que mantendrán sus puestos políticos, no se percatan de que el problema que se avecina con la ralentización del crecimiento en China, en parte por los efectos de la política americana, es el de la paralización de su propio crecimiento. Y en ese momento no habrá más salida para todos los países europeos que provocar una “reflación” de las zonas con más necesidad de crecimiento, es decir los países hoy endeudados. Es hora de terminar pues con el teatro, como ya ha empezado a hacer con decisión Estados Unidos. Y es que en Europa no habrá más solución que más Europa.

Ver:
http://www.nytimes.com/2010/12/16/world/europe/16europe.html?_r=1&ref=business

 

Teatro y ruleta en Europa

La crisis económica está poniendo de manifiesto las debilidades de la Unión Europea. A lo largo de sus cincuenta y tres años de existencia sus más señalados artífices se han ufanado de haber encontrado el  camino perfecto de construcción, eludiendo los temas conflictivos y avanzando por una vía de  mínimos. Este proceder ha implicado desde el tratado de  Maastricht (1992) una creciente disparidad entre los objetivos, siempre muy ambiciosos, y los medios puestos en práctica para conseguirlos. Por ello la política en la Unión Europea se parece cada vez más a una representación teatral. Fuera del teatro, no obstante, todo es incertidumbre y por ello los ahorradores viven en un permanente juego de la ruleta, apostando en la casilla del país que muestre en cada momento una situación más débil.

El euro es una divisa fuerte con relación a otras monedas de gran significación en el mercado mundial, el dólar y el yuan, porque Alemania tiene una economía competitiva y, por tanto, exportadora. Con un euro altamente apreciado los alemanes de rentas altas y trabajos seguros, como otros europeos de las mismas características, se benefician de precios estables. Pero no hay que olvidar que el euro  tendría un valor mucho más alto si sólo estuvieran en la eurozona economías como la alemana y ello habría terminado hace tiempo con la generación de puestos de trabajo en la misma Alemania. En las actuales circunstancias se habrían hundido sus exportaciones, como les ocurre a los llamados países PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España) menos eficientes, menos competitivos y de ahí, con un comercio exterior hecho unos zorros.

No nos ha de extrañar por tanto que Merkel juegue, dentro de la UE, a exigir una política austera y a amenazar veladamente con la expulsión de los débiles, pero que  de cara al exterior, como en la cumbre del G-20 en Seúl (12-13 Nov. 2010) se queje del mantenimiento del yuan bajo y de la devaluación del dólar. Sabe que esto último es un canto al sol, porque ni Estados Unidos ni China están en condiciones de regalar puestos de trabajo a Alemania.

Así, en esta guerra de divisas (o por puestos de trabajo) la debilidad de los PIIGS es en  cierto modo una garantía de puestos de trabajo en Alemania y, por otra parte, la imposición de una política de estabilidad (tipos de interés más elevados que los de la Reserva Federal norteamericana) al “independiente” Banco Central Europeo es la compensación que  garantiza la capacidad de compra y los ahorros alemanes, por ahora.

Nosotros, los PIIGS, si que no tenemos salvación: si nos saliéramos del euro, como algunos sugieren, no tendríamos quien nos prestara para ir pagando poco a poco las enormes deudas contraídas cuando nos creímos ricos. Entraríamos en una espiral de ajuste incontrolado a la baja similar al de Argentina en los 80. En tal hipotético estado sólo podríamos confiar en que volviera a surgir en alguna parte del planeta una “progresía” como aquella que pedía constantemente el perdón de la deuda a los países que llamábamos “tercer mundo” allá a por los años 60 del siglo pasado. Lo cual, como entonces, no tendría mucho éxito en la práctica.

Estamos pues en la Eurozona en una situación de vasos comunicantes en la que el ahorro alemán, en forma de ”Fondo Europeo de Rescate”  vendrá hacia los PIIGS pero no creará puestos de trabajo, sino que solamente nos permitirá no fenecer y que  no hagamos más daño al euro. Si no nos volvemos a desmadrar y ponemos orden en nuestra casa, ganando menos y trabajando más, tal vez tendremos un futuro nuevamente aceptable en el nuevo orden económico que saldrá después de esta crisis. Pero en el corto plazo sólo nos queda “sangre sudor y lágrimas”. Aquí, en los países ineficientes de Europa, no nos queda ni tan siquiera el consuelo de los equivalentes estados norteamericanos que, por lo que decía en un artículo anterior, tienen la capacidad de tirar por la calle de en medio al depreciar su federación  su moneda. 

Esta situación de vasos comunicantes con dificultades de retorno, es una de las consecuencias de haber avanzado en la unidad monetaria, sin haberlo hecho al mismo tiempo en la unión política. Con toda seguridad la ratificación de la Eurozona debió en su día vincularse a la ratificación de la “non nata” constitución europea, pero ya no sirve de nada lamentarse. En un país, los saldos de las transacciones entre los habitantes del mismo, estén donde estén en su territorio, se consideran asunto de economía privada. No hay deudas privadas con calificación de “nacionales” ni deudas “soberanas” de unos sujetos llamados estados porque, sencillamente, esas deudas no se calculan. El saldo  acumulado de las mismas  por habitantes de algunas partes de su territorio no da lugar a espectáculos de rescate, garantías, etc. de “países” porque diariamente el resultado de los flujos de crédito se salda  con transferencias de propiedad a favor de los acreedores, estén en la plaza que estén, sin que nadie haga cuenta de ello. Los desequilibrios mantenidos en el largo plazo se manifiestan en las comprensibles y aceptadas como inevitables “disparidades regionales” y, en última instancia, todo se salda con los desplazamientos de población dentro del territorio.

La Eurozona es un ámbito en el que siempre existe la “expectativa de derecho”, de queja, de exigencia y de satisfacción nacionalista (la verdadera religión-opio del pueblo) frente a un sujeto, real (los Estados) en las deudas soberanas, o simbólico (los “irlandeses”, los “polacos”, los “alemanes”, “los españoles”….) en todas las demás. Y eso abre una ruleta de los que tienen dinero para apostar (los “mercados” manera eufemística de llamar a todos los que teniendo ahorro quieren ganar algo con él) tanto más atractiva cuanto más incertidumbre haya.  Así, gran parte del diferencial de los bonos de los PIIGS es el reflejo de la desconfianza en los políticos y en su objetivo, particular, de no perder unas elecciones en sus feudos, como se puso de manifiesto cuando los propios inversores alemanes apostaban contra Grecia (es decir, exigían más para prestar) en la medida en que Merkel retrasaba su rescate por temer con ello perder votos en sus particulares elecciones y más recientemente cuando también exigían más cuanto más se resistía el gobierno Irlandés a reconocer la situación de sus país, por las mismas razones. Bien sabía la representante de los que prestan, Angela Merkel, que cuanto más tardaran en reconocerlo mayores exigencias (diferencial) habrían de poner los alemanes sobre la mesa para salvar los muebles, que, este caso es la ruleta misma. No sé si esta es la Europa en la que dice creer Felipe González (Mi idea de Europa RBA. 2010) pero esto es lo que hay, para nuestra desgracia.

 

La responsabilidad política norteamericana a prueba

 Los resultados de las elecciones de “mediados de legislatura” han dejado al sistema político norteamericano ante dos opciones diametralmente opuestas y, según predomine una  u otra, las condiciones a corto y largo plazo para sus habitantes, e indirectamente para el mundo, serán muy diferentes. Los representantes republicanos y demócratas  pueden entender que el resultado de las elecciones de “mediados de legislatura”  facilita las condiciones para una colaboración entre todos, para hacer lo que todos dicen que es necesario hacer: reducir el déficit, elevar la competitividad de la economía norteamericana, crear puestos de trabajo y hacer un país más seguro. Pero también  pueden enzarzarse en una lucha encarnizada por puestos de trabajo políticos (el primero de ellos la Presidencia) en una situación en el que ni las circunstancias, ni el tiempo, ni los demás, perdonan.

De momento, todos hablan de trabajar juntos para conseguir puestos de trabajo para los norteamericanos – jobs y “putting together” son las palabras más repetidas estas semanas a lo largo y ancho del país- . Y eso no sólo por lo que hace a la gente, que lo único que puede hacer es “to be together” en familia en esta semana de “Thanksgiving”, sino a los políticos. Pero lo que hace falta es ver si eso va a ser posible en la práctica.

Dado que todos están de acuerdo en que el  tema económico es “el tema” con diferencia a todos los demás, los políticos por lo menos han tomado medidas  para definirlo conjuntamente, al margen de lo que desde cada partido y, por supuesto desde la sociedad, surja. Esto ya es digno de admiración y una gran ventaja con respecto a nosotros, los españoles. Así, dos grupos de reflexión bipartitos acaban de presentar los borradores que consideran deben de dar lugar a medidas del Congreso y de la Presidencia para poner en orden las finanzas públicas  norteamericanas. Uno es la “Comisión Fiscal” nombrada por el propio Presidente con miembros demócratas,  republicanos y expertos independientes y otro es el de un grupo de trabajo del Centro Bipartito de Política, formado por antiguos Senadores de ambos partidos.

Sus propuestas, consensuadas, son casi idénticas, lo que indica que aquí, por lo menos cuando se enfrentan a un problema serio, saben distinguir lo que es necesario para todos de lo que forma parte de la lucha por puestos políticos. Sus conclusiones son verdades sin contemplaciones:

 1)      No se han de dar mensajes falsos de recuperación inmediata, pues consideran que  aquella sólo se podrá empezar a vislumbrar a comienzos de 2012. En consecuencia consideran que no bastará con recortes de gastos, sino que habrá que subir impuestos. Por tanto, ambos partidos se mojan: los demócratas reconocen que el Presidente no debe, como ocurre en  España, crear expectativas falsas y los republicanos, advierten así a sus correligionarios que no deben de ilusionar al electorado con el señuelo de rebajas de impuestos. Una advertencia  al Tea Party, de que no es conveniente hacer demagogia con la mera reducción de gastos.

2)      Parte del dinero necesario para cubrir el déficit ha de salir de una reforma regresiva del impuesto sobre la renta, modificando los tipos y eliminando exenciones.  La Comisión preferiría que esa reforma cubriera un tercio del déficit y el resto lo fuera mediante recortes de gastos.  El Centro prefiere que recorte de gastos e incremento de impuestos cubran a partes iguales ese déficit y, en todo caso, que la reforma impositiva sea una combinación de modificación regresiva del Impuesto sobre la Renta y un incremento del IVA.

3)      En el recorte de gastos dicen claramente que tiene que meterse la tijera en Defensa, Seguridad Social y Asistencia Sanitaria. De modo que aquí se mojan tanto “halcones” como “palomas”. La Comisión considera, inclinándose en este caso hacia el espíritu de los actuales Republicanos, que en cualquier caso hay que poner un tope a los gastos, que no podrán pasar del 21% del PIB. El Centro considera que el tope ha de ponerse más adelante, una vez que ingresos y gastos hayan entrado en un cierto orden.

4)      En la partida más importante de la Seguridad Social, las pensiones, están de acuerdo en que hay que sanear el sistema incrementando las aportaciones y reduciendo las prestaciones. Las diferencias se refieren sólo al carácter lineal o no del recorte en saldo de bienestar que ello representa.

5)      En relación a la Asistencia Sanitaria pública, que en Estados Unidos cubre exclusivamente a sectores de rentas bajas y a los jubilados (Medicaid  y Medicare) ambas instancias están de acuerdo en que hay que reducir las prestaciones o, en su defecto, aumentar las aportaciones y reducir los casos de elegibilidad para ser beneficiario.

6)      Y están de acuerdo en que hay que afrontar de una  vez el debate sobre el proyecto de reforma sanitaria de Obama, con el objetivo de hacer el sistema más eficiente y, en lo demás de la ley -que es lo conflictivo-  cualquiera que sea el resultado, que se deje de “marear la perdiz” y  se calmen así  las tácticas republicanas  de revocación completa del proyecto.

Como bien ha considerado el New York Times (21 Nov.) los políticos partidistas en activo no pueden quejarse pues de falta de un plantel de ideas consensuadas ya, entre relevantes personas de ambos bandos, que permitan compartir las consecuencias políticas del sacrificio que hay que pedir a los ciudadanos. Pero eso no quiere decir que, en la práctica, vayan a escoger el camino de lo que en su interior consideran necesario hacer, sino que pueden inclinarse por la lucha partidista, regalando cada uno con su particular dmagogia  los oídos de los ciudadanos.

Y como todo es posible es por lo que se ha producido una de esas raras ocasiones en la historia de Estados Unidos en la que la autoridad del dinero (la Reserva Federal) de forma autónoma, sin presiones del Congreso, haya hecho lo contrario de aquello a lo que están acostumbrados los americanos y los mercados: aligerar por su cuenta la política monetaria para, directa y explícitamente, crear puestos de trabajo. Eran los legisladores los que, teniendo que dar la cara en sus circunscripciones, solían pedir medidas monetarias laxas y era la Reserva Federal la que habitualmente se resistía. Pero ante la posible sobreactuación partidista una vez que se constituya el nuevo Congreso, el sistema institucional reacciona de forma que a los americanos no les falte un arma con la que luchar contra la erosión de la competitividad de su economía y, así, se ha optado por la devaluación del dólar, que va contra todos nosotros.

De manera que, por el bien de todos, es necesario que salgan adelante esas propuestas duras, pero realistas, que son capaces de hacer los políticos cuando se reúnen cara a cara,  se dicen la verdad, y no lanzan meramente discursos demagógicos.

Desatando los demonios. Cantoná

Parecía que Bethany Mc Lean y Joe Nocera nos habían descubierto todas las fuerzas del infierno desatadas con la crisis financiera en su libro “All the devils are here: The hidden history of the financial crisis” (todos los demonios están aquí: la historia oculta de la crisis financiera). La contundente expresión “todos los demonios están aquí” es digna de su verdadero autor, Shakespeare, pero el análisis de las irresponsabilidades, vanidades, avaricias y mediocres inteligencias que, todas juntas y en todas las instancias y escalas sociales, nos condujeron a esta crisis sistémica, es un extraordinario trabajo de estos dos periodistas norteamericanos. Pero, con todo, se equivocan, porque todavía no están todos los diablos entre nosotros. Están saliendo todavía del infierno algunos más. Uno de ellos es el que inspira a descerebrados como ese futbolista, Cantoná, que pide a los ciudadanos una retirada masiva de sus fondos de los bancos. Y lo peor es que en esta noche de Walpurgis en la que se va convirtiendo la crisis sistémica, cualquier demonio será bien recibido para mal de sus seguidores y de todos los demás.

Un mediocre pintor, que sólo encontró calma para sus frustraciones, como chico de los recados, en una guerra inhumana y autoestima por el éxito de sus palabras de odio entre mendigos y derrotados borrachos de taberna, Hitler, fue el maestro de los demonios del miedo: dile a la gente asustada que entre el frío actual y el acariciador calor del hogar en calma, sólo rodeado de seres queridos conocidos, no hay un largo camino de angustia, odio, incendio y muerte y te habrás convertido, tú, en un dios amado y a los demás en una horda de lobos contra ellos mismos. Eso es lo que representan los Cantonás de estos momentos. Habría que preguntarse sobre sus motivos, encontrados tal vez en sus profundas frustraciones personales.

El dinero, en su generación, no es más que un crédito contra el producto social, no es una cosa física, sino los derechos que nos da la sociedad por la aportación que nosotros hacemos a ella. Esto hoy, en la abrumadora mayoría de los casos sencillamente se nos consigna en unas cuentas a nuestro nombre por unos intermediarios, los bancos,  que, con nuestra aprobación hacen la mayor parte de los pagos que hemos de realizar para vivir (compras, recibos, impuestos……). Podemos imaginar lo que significaría una retirada masiva de nuestros derechos de los bancos: el sistema se paralizaría y nuestras vidas también, sobre todo las de los no poderosos, las de los que no tenemos más opción que vivir y ser protegidos por el sistema. Y lo grave es que las cosas no ocurren de un día para otro, sino que tendríamos que vivir, es decir, matarnos unos otros, hasta que descubriéramos un nuevo orden.

Naturalmente, caso de tener audiencia el Cantoná ese, lo sería entre un número aunque elevado de personas, limitado y, en consecuencia, antes de llegar a más habría una “vacación bancaria” decretada por el gobierno y entonces viviríamos en el “corralito”, es decir, sin poder disponer mientras durasen esas “vacaciones” de lo que tenemos en los bancos, salvo con unos permisos especiales, que harían crecer la burocracia extraordinariamente y nuestras vidas serían mucho más difíciles que hasta ahora, mientras ese “corralito” durase.

Jugando al euro, pero pegados al dólar

Algunos comentaristas españoles plantean como alternativa a las políticas de “ajuste” monetario y fiscal que se están aplicando en la eurozona,  las de expansión que están  llevando a cabo el gobierno y la Reserva Federal en Estados Unidos. Esto lo ponen como ejemplo de la deriva política de derechas que está tomando Europa y la de izquierdas que, de momento todavía,  representa en EEUU la presidencia Obama.
Pero el elemento verdaderamente significativo que está determinando la diferencia de política a un lado y otro del Atlántico, no es ideológico, sino la diferente capacidad de  lidiar con la crisis económica en la que estamos sumidos.
Aunque sabido desde el primer momento, es ahora cuando se está explícitamente reconociendo que la crisis financiera era consecuencia de la inadaptación de las políticas económicas nacionales a la realidad de la economía mundial. Desde 1999, cuando China entró en la Organización Mundial de Comercio, Estados Unidos no estaba resistiendo la competencia  de nuevos países “emergentes” asiáticos, sino que más bien su tecnología, su iniciativa empresarial y su capacidad de consumo estaban “escapando” hacia esos nuevos lugares con  mano de obra abundante, disciplinada y sorprendentemente, dispuesta  a absorber rápidamente la experiencia acumulada en el hasta entonces “primer mundo”. Pero esa competencia no se manifestaba en una erosión del bienestar de los habitantes de USA, sino por el contrario, en una gran estabilidad de precios unida a un crecimiento de la renta, gracias a  la reinversión en los propios EEUU de los beneficios generados en esos países emergentes (la llamada “gran moderación”).
Lo mismo podríamos pensar que ocurría en Europa. Pero no es enteramente así:  un supuesto “comercio exterior” consolidado de la Eurozona registra una balanza bastante equilibrada. Y ello gracias fundamentalmente a que Alemania es una gran proveedora de productos elaborados para China y a que muchos de los países de la eurozona, como España, realizamos el grueso de nuestras transacciones “exteriores” exclusivamente dentro de la misma Europa. De este modo el viejo continente como un todo no vive un “shock competitivo”  tan dramático como es el caso de Estados Unidos. Por el contrario, la crisis financiera en Europa da lugar a un “ajuste de cuentas” entre los  proveedores de capital financiero (Alemania y los países nórdicos) y los  “manirrotos gastadores” (los llamados países PIGS), mientras que en Estados Unidos ese ajuste de cuentas se prevee entre ellos y China.
Pero los platos rotos entre dos colosos los podemos pagar los demás. Una manifestación de ello ha sido el magro acuerdo alcanzado el pasado 23 de Octubre en la cumbre del G-20 en  Gyeongju (Corea del Sur) por el que la reorganización del poder dentro del FMI se hará a costa de Europa. Pero el poder real a corto plazo  está en el efecto que la actuación de un país puede tener sobre los demás. El poder de EEUU  se manifiesta en la seguridad que siente si deja depreciar el dólar y, en sentido contrario,  la debilidad de Europa está en la dificultad  real que tiene de luchar contra la apreciación del euro.
Una depreciación es signo de debilidad, pero también una manifestación de confianza en la recuperación de la economía del país que la propicia. América, como era de esperar, está poniendo en marcha su arma más poderosa para “hacer pagar al competidor” sus problemas: exigir el encarecimiento de los productos chinos mediante la revaluación del yuan o, en caso contrario, abaratar el dólar emitiendo tantos como la creación de puestos de trabajo exija su población. Estados Unidos considera que puede impulsar monetaria y fiscalmente el consumo interior  no ya porque el  dólar es la moneda internacional, sino porque tiene confianza  a largo plazo  en la capacidad productiva del país y que, por tanto, en que  no hay de momento alternativa al dólar como divisa internacional.
Para cuando China, eventualmente, haya sido capaz de incrementar significativamente la capacidad de su mercado interior, América confía en haber resuelto la readaptación de su sistema productivo a  la nueva realidad, como muestra, por parte demócrata, el reciente libro del antiguo miembro del gobierno Clinton, Albert Reich¨: “Aftershock. The next economy and America´s future“. También confían en ello los republicanos, aunque quieran seguir un camino más directo pero socialmente más complicado: reducir aún más de lo que se hecho desde 1980 la financiación pública del “estado del bienestar”, pero están dispuestos a gastar en otras cosas, como infraestructuras.
Lo lograrán porque América, a diferencia de Europa, tiene un potencial productivo renovado y, sobretodo, una sociedad que en estos años se ha acostumbrado más que antes si cabe a invertir en recursos humanos, como se demuestra por el gasto  privado en educación superior (índice más expresivo del valor social que se le da a este factor, que el gasto público ). Por ejemplo, si en el año 2000 como media los estados ponían el 48% de los recursos de sus universidades públicas, un 19% las familias y el resto lo obtenían en el mercado privado y público de la investigación, hoy esa situación se halla invertida: 20% los estados, 46% las familias; pero no ha descendido el montante total que se destina a educación superior e investigación, se ha restado de otras partidas.
Europa, por el contrario, no parece tener más alternativa que verlas venir: metida en sus nacionalismos disfuncionales y sus prejuicios norte-sur, obligará a ajustarse a los países endeudados que no tendrán más remedio que reducir el consumo y no podrán invertir en mejoras productivas. El euro irá, con su progresiva apreciación, empeorando las perspectivas exportadoras y cuando la amenaza del dólar fuerce a revaluar el yuan o,  en cualquier caso dañe las exportaciones chinas, sufriremos las consecuencias del “enfriamiento” chino, o de su encerramiento en el área asiática, vía reducción de sus importaciones de Alemania y Suecia por ejemplo. Para evitar esta situación, no tenemos más remedio que estar  pegados a Estados Unidos en su exigencia de revaluación del yuan y “que sea lo que Dios quiera”.

 

Tras las elecciones, la Reserva Federal

Nada más conocido el esperado descalabro electoral del partido demócrata en Estados Unidos y, por extensión, del rechazo a la política e imagen del Presidente Obama, la Reserva Federal ha decidido dar el paso adelante en el nuevo plan de  creación masiva de dinero, que ya había adelantado su presidente, Bernanke,  hace un par de semanas. Se empezará por 600.0000 millones de dólares, pero se anuncia que será tan grande como sea necesario para relanzar la actividad económica. El tipo de interés se situará en consecuencia casi a cero, la política monetaria toca, por tanto, a su fin.

La FED es ciertamente un organismo independiente del poder político norteamericano, pero a diferencia de la autoridad monetaria europea (BCE) no tiene las manos atadas para actuar ante una recesión por la suma cero que pueden representar las asimétricas necesidades de cada uno de los países soberanos que lo comparten. Por ello, ante la perspectiva, por una parte, de un ejecutivo en EEUU al que le va a ser mucho más difícil que hasta ahora utilizar la política fiscal para insuflar gasto expansivo, ante la reclamación desesperada, por otra, de la población americana de “jobs, jobs, jobs” que se han ocupado los republicanos y especialmente el Tea Party en empujar y, finalmente, en un contexto internacional en el que China no parece dispuesta a revaluar el yuan, no parece quedarle a EEUU más alternativa que “darle a la máquina de hacer dinero”. Una vez que se apaguen las hogueras mesiánicas de la campaña electoral, la apelación a “reformas estructurales” para restablecer la competitividad americana sonará a retórica y en cuanto a los recortes de gastos, muchos gobernadores, representantes y senadores mirarán a otro lado cuando se les pregunte por cual de sus Estados o circunscripciones empezar. Ya ocurrió esto cuando Bush padre hizo esa pregunta en un famoso encuentro con gobernadores, que solicitaban recortes en el gasto armentístico tras la caída del muro de Berlín: ¨díganme con qué fábrica empiezo”. Entonces los colores se los sacaron a los demócratas, ahora les puede tocar a los republicanos.

La decisión se ha adoptado, como corresponde, por el “Federal Open Market Committe”  con el único voto en contra de uno de sus miembros, el presidente del Federal Bank of Kansas City, M. Hoenig, que no ha podido justificarlo en  otra cosa mejor que en algo académico: el peligro de inflación. Sin embargo, lo que se pretende es, precísamente, alejar el de deflación.

¿Que puede ocurrir ahora en EEUU?. Es normal que el dólar siga su tendencia devaluatoria, pero estoy de acuerdo con la afirmación que Giles Chance  hace en su libro “China and the credit crisis. The emergence of a New World Order” de que ello no reducirá la capacidad competitiva del gigante asiático y, en consecuencia, creo que vamos a ver muy pronto a los gobernantes americanos, demócratas o republicanos, atrapados entre las exigencias de su población y las del papel del dólar como divisas mundial y, en consecuencia, la tentación del proteccionismo posiblemente va a ser irresistible. Y eso será fatal para todos; sobre todo para los europeos.

El oro: la peor inversión posible, con excepción de todas las demás

 

18/Octubre/2010

 Hay que prestar atención a la extraordinaria tendencia alcista que está registrando el valor del oro. De 2007 aquí su valor se ha más que duplicado, habiendo pasado de cotizarse la onza (28.4 gramos) de 630 $ a 1400 $. Pero no hemos de pasar por alto que en Octubre de 2000 su valor era de 240 dólares y que algunos colegas como Kennet Rogoff  no descartan que pueda llegar no muy tarde hasta los ¡10000 dólares!.

 El oro representa la medida de nuestros miedos. Cuanto menos se confía en la salvaguarda de nuestros ahorros en forma de dinero, acciones, deuda pública, casas, terrenos, contratos de seguros o cualquier otra cosa que nos ofrezca el mercado, los gobernantes o la imaginación, más confiaremos en una cosa que es escasa pero que la historia nos ha demostrado que siempre valdrá algo porque siempre habrá alguien que la quiera. Esa cosa es el oro, que es la idea de recurso de última instancia que el “homo sapiens” (especie fuertemente dependiente del miedo para su supervivencia) ha creado, a semejanza de su otra gran creación de igual objetivo: Dios.

 El oro sube con la incertidumbre. En los años 30, durante la Gran Depresión el precio del oro se duplicó (de 17.06 $ en 1931 a 34.7$ en 1937) y con el abandono de EEUU del patrón-dólar-oro en 1972 y la crisis del petróleo de los años 70-80 el precio pasó de 58.42 $ a 615$ en 1980). Luego, con la resolución de esa crisis, la globalización, etc. El oro se fue olvidando a medida que los “mercados” ofrecían a masas de población cada vez mayores, oportunidades de ganar con sus ahorros, grandes y pequeños, o al menos tenerlos seguros, en una multitud operaciones inmobiliarias, de títulos, etc., cayendo lentamente su valor hasta el año 2000.

 En los años 90 se estaban erosionando ya las bases de nuestras certidumbres: un crecimiento económico en el que los establecidos (es decir, los habitantes del que entonces se llamaba Primer Mundo -¿Quién se acuerda ya de este anacrónico nombre?) parecíamos seguros de que el mundo iba a seguir siendo el mismo y, por tanto, nosotros podíamos estar igual o mejor en el futuro, pero nunca peor. La erosión era consecuencia de que a ambos lados del Atlántico Norte, es decir en Estados Unidos y Europa, empezábamos a vivir por encima de nuestras posibilidades: aumentábamos cada año más nuestros gastos que lo que añadíamos a nuestra producción, es decir, empeorábamos nuestra productividad y, sobre todo, en relación a unos nuevos llegados (los países emergentes antes despreciados).

 Ya he analizado en otras ocasiones las bases de ese sobrepaso en nuestras posibilidades, nada extraño por otra parte en la historia de la humanidad y que en nuestras dos últimas generaciones tomó el carácter de ideología (los “avances sociales irrenunciables” como si eso dependiera de la voluntad). Los gobernantes, de derechas y de izquierdas, demócratas y republicanos para el caso americano, no hicieron sino alimentar los deseos de sus poblaciones respectivas. Tanto da que los de derechas bajaran impuestos y al mismo tiempo redujeran tipos de interés dejando dinero en los bolsillos de los ciudadanos, que los de izquierdas aumentaran los impuestos y con ellos gastaran a favor de los ciudadanos. El resultado final era un extraordinario aumento del dinero en circulación que hacía a la gente sentirse rica y feliz: con dinero hay crédito a bajo precio, las familias y empresas se endeudan invierten y consumen, se crean trabajos, los gobiernos se endeudan también …… hasta un punto en el que hay más oportunidades de colocar dinero en la obtención de beneficios por la mera subida del precio de las cosas que de producir cosas; es decir, llega la burbuja especulativa, estalla y se pone en marcha la lógica de que no se pude dejar que las cosas sigan a más y tiene que venir una aun mayor  intervención de los gobiernos, inyectando más dinero en el sistema para salvar bancos y a través de ellos las esperanzas de todos.

 Ludwig Von Mises  puede gustar más o menos a las gentes que despotrican de todo lo que lleve la marca “liberal” pero fue impecable en su razonamiento sobre la expansión del crédito: “No hay medio de evitar el colapso final de un boom producido por la expansión del crédito. La alternativa es sólo si la crisis ha de llegar antes como consecuencia del voluntario abandono de la expansión …. o más tarde como una final y total catástrofe del sistema monetario”

Cuanto más dinero haya en circulación y menos responda la economía real del país o área que la genera, incrementando la producción, menos valdrá el dinero del país respectivo. Y buena parte de la incapacidad de recuperar un ritmo adecuado de producción tiene que ver con el tiempo perdido en relación a los nuevos competidores. Un simple ejemplo lo ilustra: al comienzo de la crisis, el centro por excelencia hasta ahora del desarrollo tecnológico del mundo, Silicon Valley (California) decidió dar un giro a sus inversiones hasta entonces centradas en las tecnologías de la comunicación, hacia las de las energías renovables, colocando en ello tanto empresas privadas, como instituciones públicas, miles de millones de dólares: pues bien, ahora que algunos de los desarrollos iniciados se han hecho realidad, especialmente en nuevos materiales y sistemas que hacen muchísimo más eficiente la utilización de la energía solar, resulta que China está en condiciones de poner en el mercado materiales y procedimientos similares a precios bastante más baratos. Según los norteamericanos, en la base de esta competitividad no está sólo la aceptable por todos mayor eficiencia productiva, sino que, siguiendo con su irritable política del de “ir al paso y con prudencia en las reformas” el gigante chino no está dispuesto a liberalizar el mercado de divisas. Esa liberalización, dadas las enormes reservas que acumula, revaluarían automáticamente el yuan y harían menos competitivos los productos chinos. Esto está en el fondo de la “tirada de toalla” de la Reserva Federal iniciando la que ya se llama, como en los años 30, la “guerra de divisas”, es decir la devaluación del dólar de hecho, mediante el mantenimiento de una política de introducción de cantidades masivas de dólares en el sistema, de momento todavía de forma “ortodoxa” (deuda pública) pero anunciando ya que va a empezar a darle a la “máquina de hacer dólares” sin más. Los parados americanos lo exigen a su gobierno y cuanto más pacíficos ciudadanos parecen ser, es decir, más demócratas y menos republicanos, más empiezan a pedir “guerra, guerra, guerra”…….. de divisas de momento.

 Esto, lógicamente, se parece mucho a lo que tuvo que hacer Inglaterra en 1931 para defenderse de la imparable competencia de la producción americana de entonces: devaluar la libra, terminando así con el “Patrón Oro”. También la Unión Europea parece la Francia de entonces, empeñada en salvar el sistema convirtiéndose entonces ella en la defensora de la “ortodoxia” y buscando tener un franco estable sostenido por el oro, que al final, dado que no podía ser soportado por su población, terminó como todo esfuerzo imposible, en un desastre peor.

 Por tanto, estamos en la inseguridad más absoluta. No sabemos hasta donde va a bajar el dólar, no sabemos si esa bajada va a ser capaz de doblar la cerviz a China y si los europeos vamos a ser capaces de aguantar el permanente ajuste a que nos lleva un euro fuerte (producto de una política monetaria más restrictiva que la de la Reserva Federal americana) porque no sabemos si esos sacrificios van a resultar en la mejorara de nuestra competitividad, dadas las devaluaciones de todos los demás. Si esto no se para, vamos a ir entrando, como ya escribía hace un año, en el proteccionismo y eso si que es la guerra.

 ¿Extraña pues que en estas circunstancias el precio del oro esté disparado?. No lo está como consecuencia de una inflación, pues la subida de su precio es en términos reales, descontada ésta (corregido el precio del oro de la tasa de inflación su valor sería actualmente de 1660 $, no habiendo alcanzado aún el pico máximo de 1980: 1771$, pero  subiendo desde 2000 ya más años que entonces. Pero ajustado a un índice más fiable como es el de los precios de las materias primas, ya ha rebasado con creces aquel pico máximo). No lo está sólo con respecto a su moneda de referencia, el dólar, sino con respecto a todas las monedas significativas del mundo. Y no es una subida momentánea, pues lleva diez años escalando imparablemente y, además, de forma exponencial, es decir, cada vez más rápido. Es la expresión del miedo.

 Pero el oro, como expresión de Dios que es, es inescrutable. Nos agarraremos a él, pero dejaremos nuestra voluntad en sus manos sin saber cuando dejará de ayudarnos, por ello da tanto más miedo cuanto más poderoso se nos presenta.

Reflación, ajuste ………….. y verlas venir

 

30/Junio/2010

 La reunión del G-20 en Toronto el pasado  27 de Junio  ha reflejado lo difícil que es llegar a un acuerdo entre los gobiernos de las principales economías del mundo para enfrentar la crisis económica que afecta a las “tradicionales” economías desarrolladas. Y hago hincapié en el término “tradicionales” porque es el carácter no general de la crisis, sino el hecho de que sea sólo de estos países, el que constituye el nudo principal de la imposibilidad de llegar, de momento, a un acuerdo.

 Desde el punto de vista económico, los problemas de EE.UU, de la UE  y de los “países emergentes” (principalmente China) no son coincidentes en el corto plazo y por ello cada una de estas partes quiere poner en práctica políticas económicas distintas, que llegan a ser contradictorias entre sí.  EEUU quiere aplicarse a una política que de forma directa impulse la actividad económica, siguiendo el Estado, si es necesario, inyectando liquidez al sistema mediante gasto público y bajos impuestos. Los gobiernos de los países de la UE quieren dedicarse a reducir el gasto público y, eventualmente, subir los impuestos. Los de los países emergentes quieren, sencillamente, no hacer nada, que las cosas sigan como están. En esta situación las negociaciones no pueden ser sino un simple “diálogo de besugos” y la idea de una “gobernanza mundial” se convierte en una simple palabra sin visos de hacerse realidad. Y esto es así porque no todos necesitan esa gobernanza. En el corto plazo tal necesidad es, sólo de los europeos, y ello para mantener nuestro nivel de vida y nuestra posición en el mundo, pero ¿por qué los demás nos tienen que ayudar en tal propósito?. Sólo podemos esperar que, como siempre, se ayude a alguien si sus problemas amenazan a los demás.

 Estados Unidos puede lanzarse ya a una política de “reflación” (impulsar la actividad económica sin grandes temores a la inflación) porque es consciente de que aparte de tener una abundante cantidad de recursos ociosos provocada por la depresión, tiene unas estructuras productivas (entre ellas unas relaciones laborales) lo suficientemente flexibles como para que esa reflación no se convierta en simple inflación, pérdida de capacidad competitiva y, por tanto, al final, en más recesión. El Estado y los particulares están, ciertamente, muy endeudados, en última instancia con los países emergentes, pero saben que tras haber saneado el sistema financiero, su productividad y flexibilidad del sistema productivo, son capaces de generar una tasa de crecimiento y de ahorro suficientes como para enjugar ambos endeudamientos en un plazo prudencial y más aun cuando su acreedor principal, China, tiene vinculada su suerte, a corto plazo,  a la de Estados Unidos. En suma, el gobierno de Estados Unidos va a parecer de cara a los ciudadanos corrientes del mundo en los próximos tiempos, como el “simpático” del escenario, pues ha dejado de pedirle nuevos sacrificios a su población.

Los gobiernos de los países de la UE ¡ya quisieran poder ser tan simpáticos como el de EEUU! sin embargo, no tienen más remedio que poner en práctica políticas de ajuste fiscal, más o menos duras dependientes del nivel de endeudamiento y de la eficiencia de sus sistemas productivos que, en cualquier caso de forma general para toda la UE, es inferior a la de los emergentes y a la de EEUU. Para volver a empezar a crecer y que este crecimiento sea capaz de generar empleo de forma perceptible, no hay más remedio que terminar de sanear el sistema financiero, extraer el ahorro de la población para pagar el endeudamiento acumulado y mejorar notablemente nuestra productividad. En suma, un programa de sufrimiento. Si no hubiera competidores extraeuropeos el sufrimiento se podría compartir entre todos loe europeos, pero dado que siempre habrá unos productores chinos, o indios, o brasileños, o incluso canadienses, dispuestos a producir más y más eficazmente que nosotros y con menos, no puede ser entendido por los europeos más eficientes (por ejemplo los alemanes) que deben sacrificarse por los menos eficientes (por ejemplo los españoles). Aquí, en la Europa mediterránea pues, y en particular en España, no nos queda más que tragarnos el ajuste a “palo seco” pues nuestra NAIRU (tasa natural de paro: aquella bajo la cual no se incrementa la producción y simplemente se crea inflación) es nada menos que del 12%. Y teniendo en cuenta que si hacemos bien esos deberes, reduciendo de momento nuestro nivel de vida y trabajamos desde ahora más por menos, seguiremos mínimamente amparados por la Unión Monetaria, de lo contrario, habremos de irnos a las inciertas tinieblas exteriores, sin nadie que nos dé el más mínimo amparo. Es natural pues que nosotros queramos una gobernanza global, o al menos europea, que pueda hablarles con fuerza a los mercados y a nuestros competidores, pero para que ello sea imaginable sería preciso que éstos sintieran el mismo vértigo ante la situación, que no es el caso a corto plazo.

 Finalmente, no debe pues extrañarnos que China, India y Brasil no hayan querido saber nada de regular coordinadamente los mercados financieros y sencillamente hayan dado un palmadita en la espalda a los gobernantes europeos deseándoles tengan éxito en sus medidas de ajuste fiscal. En esta crisis les está yendo bien y  como acreedores de todos solamente se han permitido un moderado gesto de cooperación internacional, revaluando China tímidamente el yuan para ayudar a la reflación norteamericana, pues de manera inmediata, sólo una recaída de EEUU en la depresión y una desvalorización del dólar podría ser un peligro para ellos  ¿por qué habrían de hacer más si les va bien? ¿por qué habrían de renunciar a puestos de trabajo de sus gentes a favor de las del tradicional mundo desarrollado, o a favor del mantenimiento de nuestro estado del bienestar?.

 En el largo plazo esto, por supuesto puede ser el preámbulo para una debacle general, como ya ocurrió en el primer tercio del siglo XX, cuando la potencia económica emergente (EEUU) y acreedora de todos, no estuvo dispuesta a devaluar y dejar elevar sus costes de producción internas, sacrificando parte de su producción y los países europeos no estaban en condiciones políticas y sociales de imponer un ajuste drástico a sus poblaciones. Pero es lo que hay. Para lo que a nosotros, Europa, afecta, no tenemos más cera que la que arde: competir por ajustes a cada cual más drásticos, suavizados sólo por nuestra capacidad de cooperación interna que, de momento, tampoco se vislumbra en el horizonte pues no nos fiamos unos de otros.

 No deja de ser paradójico que la frase que Keynes pronunció para justificar su defensa de la reflación: “a largo plazo todos calvos” tengamos ahora los europeos, y en particular los españoles, que emplearla para defender el ajuste, pues por este camino, consecuencia de una comprensible falta de cooperación internacional, en el largo plazo iremos todos mal, pero el asunto es que sobrevivir es cuestión, como él vio en su día, del corto plazo.

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