Rescate, bancos, fortunas y calcetines

El Banco de España reconoce que sólo será posible recuperar una mínima cantidad de los 42.500 millones de euros que costó el rescate financiero puesto en marcha 2012 (el montante total es de 65.700 millones, pero 23.200 son del Fondo de Garantía de Depósitos formado por aportaciones de los propios bancos). Esa enorme cantidad de dinero (4% de nuestro PIB, 11% del presupuesto de la nación) que prestada por la UE al Estado Español, éste (es decir, todos los españoles) ha de pagar a la misma, es presentada por los medios de comunicación como si se hubiera remansado en los bancos y ahí estuviera, bien en sus cajas fuertes o en los bolsillos de sus accionistas y gestores. Pero esto no es sino, en el mejor de los casos, una muy pequeña parte de la realidad.

Por ejemplo, la mayor parte de las Cajas de Ahorros estaban en ese año quebradas, así como algún banco (como el Popular) y el resto del sector con enormes cantidades de deudores fallidos o morosos y, por tanto, con riesgo de acabar igualmente en la quiebra y, en consecuencia, insolventes. Ello quiere decir que habían concedido hasta entonces más préstamos que lo que sus fondos propios, los derechos sobre terceros, los créditos que obtenían y una prudente previsión del grado de la estabilidad de los depósitos de clientes, les iban, a la postre, permitir cubrir. Es decir, lo que les debían a ellos no les iba a ser pagado y a lo que ellos tenían que pagar (por ejemplo a los depositantes) no les iban a poder hacer frente. En este shock sufrido por el flujo de dinero hubo muchas responsabilidades; unas susceptibles de ser consideradas legalmente punibles, otras moralmente reprobables pero difíciles de concretar jurídicamente, otras muchas propias de gestores incapaces, del exceso de confianza, de las ineficiencias de la información,…. siendo esto aplicable a todos los participantes activos y pasivos de este flujo: prestamistas, grandes y pequeños prestatarios en todas sus variedades, financieros, grandes y pequeños inversores. Y por supuesto, las autoridades que se supone debían querer y saber velar por los intereses de todos los ciudadanos y, para ello, tener y querer tener la información, la prudencia y la capacidad de actuación de las que alardean cuando no hay problemas.

Como vemos, lo jurídico, que no alcanza nada más que a calificar formalmente una parte, realmente muy pequeña, de la multitud de comportamientos que suscita el río de dinero que fluye ante nosotros, no puede llegar sino a una mínima parte de los “estanques” y “calcetines”, cada uno dentro de sus posibilidades, donde recalaba realmente el dinero que se consignaba en los bancos (suyo o de sus depositantes) cuando se paró el “festín”.

Si definimos como responsables de lo que pasó a los gestores y propietarios (accionistas) de los bancos y a las autoridades que no quisieron o no fueron capaces de vigilarlos y controlarlos, estaría claro contra qué patrimonios habría que ir para hacer pagar el rescate, sin necesidad de dirimir si fueron o no acciones calificadas como jurídicamente fraudulentas, pues empezando por los dividendos de los accionistas de las entidades financieras y siguiendo con los sueldos, bonus y pensiones de gestores, con las operaciones particulares de todos ellos con dinero de las entidades y, finalmente con los sueldos de todas las autoridades políticas que no actuaron adecuadamente por mal cumplimiento, prevaricación, dejación o incompetencia para el ejercicio de sus funciones, etc., habríamos alcanzado las formas moralmente reprobables de haberse llevado individualmente el dinero de todos, por muy “honorables” nombres que tuvieran sus conceptos de ingresos. Pero todavía ahí, en sus titulares, no estaría “remansado” todo el dinero, pues también habría que incluir a todos los prestatarios que consiguieran no devolver directa o indirectamente sus deudas con bienes que les avalaran (por ejemplo hipotecas) y, más aún aquellos que hubieran dejado a deber a éstos, los que hubieran resultado insolventes por quiebras inducidas por fallidos en sus cobros de ventas o incrementos no previsibles de sus costes, cuyos titulares habrían recibido pues, parte del flujo de dinero citado, etc., etc.

En suma, si lo que queremos es que devuelvan el dinero aquéllos que percibieron y no devolvieron, es posible que cada uno se encuentre hasta consigo mismo. No todos, por supuesto, sino que habrá unos que ganaron y otros que perdieron en términos netos. Si cada uno fuera capaz de hacer con sinceridad su contabilidad particular sin engañarse pensando que todo lo que posee es porque tiene derecho natural, innato, casi “religioso” a ello y todo lo que no tiene es porque se lo han quitado, veríamos que el dinero se remansó en múltiples fortunazas, fortunas, fortunitas, cajas de zapatos y calcetines y que, por tanto, un derecho absoluto a reclamar “devolución” sólo podrían exigirlo los perdedores netos que lo hubieran sido no por avaricia o por “pasarse de listos” (especulando a lo grande o a lo pequeño), sino sólo por cumplir con sus obligaciones de ciudadano y confiar en el “sistema” y sus guardianes.

Llegado pues el momento de pagar la fiesta el problema está de donde sacar el dinero, que por lo que respecta a los bancos como tales (es decir, como instituciones aparte de sus gestores), en principio sólo pasó por ellos. Desde un punto de vista moral habría que ir contra cualquiera de esos remansos ya dichos. Pero un Estado de derecho sólo puede actuar civilizadamente mediante la ley formal y ello limita mucho las posibilidades de hacer justicia con la equidad que moral y políticamente consideramos lógica. Por ejemplo, en una Caja de Ahorros quebrada y, por tanto, obligada a disolverse ¿hasta dónde puede llegar la ley exigiendo a sus gestores, consejeros, otros adheridos y beneficiados preferentes individuales, colectivos, públicos y privados, la devolución de sus ingresos, préstamos, etc.?. Y de la parte que, por este medio, pudiera sustanciarse jurídicamente ¿qué cantidad neta sería técnicamente posible recuperar?. Lo mismo se puede decir de los bancos desaparecidos.

Se llega pues a la propuesta simplista: una vez que la SAREB haya sacado lo posible de los activos que incorporó de las entidades financieras, se piensa que todo se arregla haciendo pagar a los bancos existentes que, en definitiva, acabaron, de una forma u otra absorbiendo al resto de las entidades. Con el dinero recibido restablecieron la situación contable de todo el sector, que ha debido y podido recuperar en estos años lo que en forma de “fallidos” para ellos ha quedado, de hecho, en manos de todas esas fortunazas, fortunas, fortunitas, cajetas y calcetines repartidas por toda la sociedad. Pero se jalea con pública aceptación que se puede y debe centrar la recuperación de esos 42.500 millones de euros en los bancos. ¿Es eso así?. No.  Esa cantidad representaría el 30% de todo el patrimonio neto de los bancos españoles que, de momento, y entre otras cosas, colocaría a algunas entidades fuera de las ratios de solvencia no sólo recomendables, sino legalmente establecidas en la actualidad, con lo que habrían de buscar nuevas fuentes de capital propio, si posible fuere y, en todo caso, el dinero “desaparecido” seguiría en las fortunazas, fortunas, fortunitas, cajetas y calcetines a las que de forma “honorable” llegó.

En la práctica, dado el oligopolio del sector (de lo que más vale no quejarse pues una atomización es infinitamente peor) los bancos más bien recurrirían a trasladar a sus clientes ese montante, cosa que harían nuevamente de manera arbitraria y privilegiada y, por tanto, en última instancia esa deuda sería pagada por los ciudadanos menos pudientes, menos influyentes y alejados de los arroyos y arroyuelos por los que fluye el dinero de “nadie” (es decir, de todos). Luego, en conclusión, ¿no es mejor que, una vez recuperado lo mínimo que el propio Banco de España estima, el asunto quede saldado con los impuestos de todos que, por poco equitativos que sean, en cualquier caso lo serán más que esa otra forma de recuperar el montante?. Sólo cabrá la esperanza de que en el futuro sea el Estado el que vele porque sea difícil enriquecerse con el dinero ajeno, no ya en forma “cutre” derivando directamente los “billetes” al bolsillo sin más, sino en las formas “finas” de sueldos, primas, bonus, subvenciones, créditos privilegiados… y clientelismo tipo ERES andaluces, montado todo ello para justificar simplemente de forma “honorable” la deriva de dinero a los paniaguados, grandes y pequeños del sistema. Pero he de confesar que tengo poca fe en que esto ocurra.

Draghi y el cuento de la lechera

Draghi y el cuento de la lechera

Ya se reconoce que la economía mundial y, en particular la de los países de la UE está entrando en recesión; lo que quiere decir que las esperanzas de recuperar una senda de crecimiento económico robusto y estable, que se hacían después de darse por terminados los efectos de la Gran Recesión de 2008, se han ido al traste. Y lo más grave; si consideramos que la existencia de los “grandes ciclos de la economía”, lejos de haberse refutado se ha visto confirmada desde 1973, entraremos en una fase recesiva en el sustrato de esa economía a principios de la tercera década de este siglo, es decir, a partir de 2020 o 2021. Y eso quiere decir, sin más, que seguramente la crisis de 2008 no fue la más grave de las que nos han ido rondando, y que vienen décadas de dificultades crecientes.

Es lógico, por tanto, que Mario Draghi haya reconocido que la política monetaria por muy expansiva y “no convencional” que quiera ser, ya nada puede hacer para impulsar la actividad económica. De hecho, toda su munición se ha gastado en salvar al sistema financiero de la eurozona y, por ello, ha aceptado que ya sólo se puede hacer algo con la política fiscal y, por ello, ha reclamado que los países “que puedan” se dispongan a emplear el gasto público para luchar contra la recesión que tenemos ante nosotros.

Pero ese “que puedan” encierra la conciencia que tiene de la realidad de lo limitados que están los países de la eurozona para hacer algo relevante al respecto porque, dado el gran endeudamiento de Grecia, Italia, Portugal, Bélgica, Francia y España (por orden de mayor a menor) y los déficits presupuestarios de Italia, Francia y España (en el mismo orden), no es en las aguas de estos países en los que se puede pescar. De hecho, sólo Alemania (con gran diferencia) seguida de los Países Bajos y Austria, tienen pólvora fiscal para hacer algo al respecto. Arañando mucho, el montante de gasto expansivo que podría reunirse para toda la eurozona (un PIB de 12 billones de euros, una suma de deuda de sus 19 países del 84,9% del mismo y un 0,8% de déficit presupuestario) sería de unos 264.000 millones de euros. En la práctica, por lo dicho más arriba, se estaría en unos 217.000 millones, de los cuales 175.000 serían de Alemania.

Y ahora vendrían las “cuentas de la lechera”: en el supuesto de que esos países con “posibles”, y otros con un déficit presupuestario que no llegue al 3%, aceptaran la llamada de Draghi, y en el supuesto de que se hiciera el “milagro” de que el gasto tanto en su expendedores como en sus recipiendarios se hiciera “mancomunadamente” y, además, en el supuesto también de que el efecto multiplicador del mismo fuera ese 1,3 con el que suelen trabajar los servicios de estudios de la UE, el crecimiento del PIB de la eurozona al año de hacerse ese gasto se vería incrementado en un 2,05%; lo que, considerando que la tasa prevista sin ello es de 1,2, llevaría el crecimiento económico hasta el 3,25%, que podría dejar la tasa media de paro en la eurozona en menos de 7%.

Pero esos son muchos supuestos, sobre los que, de antemano sabemos que: 1) al primero es muy difícil que Alemania se pliegue, porque se siente “cómoda” con su bajo nivel de endeudamiento (56,7%) y prefiere guardar su superávit presupuestario (1,2%) para que lo que vaya a venir de descenso de los ingresos impositivos con la nueva recesión; 2) el segundo, no parece políticamente factible que de pronto haya habido un “angel” que haya terminado con los recelos, e incluso fobias, intraeuropeos y confíen los países con posibles en que “su” dinero sea productivo en los países que más lo necesitan; y 3) no está claro, o al menos no hay acuerdo entre economistas, de que en las actuales circunstancias, ese efecto multiplicador sea realista; ya sea porque se ha perdido la confianza en el “gasto expansivo” a favor de las rebajas fiscales que “dejen dinero en el bolsillo”, ya sea porque las modificaciones en los precios relativos a nivel mundial que se vislumbran en recursos básicos por su agotamiento, o por el desencanto en las capacidades de las “nuevas tecnologías, o por la ola proteccionista que se está extendiendo en el mundo, la “función de producción global” tiene una extraordinaria incertidumbre.

Bien, los tres supuestos nos llevan a un asunto que puede parecer muy alejado del problema que planteamos, cual es el de la necesidad de una cooperación económica multilateral para despejar incertidumbres; pero decir esto, con la que está cayendo de desarticulación de la que un día hubo, es igual que decir ¡y dos huevos duros! que, en definitiva, es lo que encierra la llamada de Draghi; que se entiende porque ya tiene puesto un pie en el estribo, a punto de terminar su responsabilidad al frente del BCE.

La cumbre de las impotencias

Desde el final de la II Guerra Mundial en 1945 la coordinación de las relaciones económicas entre los países “históricamente desarrollados” (aquéllos que siendo economías de mercado antes de 1970 tenían una estructura económica predominantemente industrial y de servicios) han pasado por dos etapas completamente diferentes, separadas por la “crisis de l973” (de hecho un período comprendido entre ese año y mediados de los años 80 del siglo XX) que determinó precisamente ese cambio.

La primera etapa suele llamarse el período Bretton Woods por iniciarse con  los acuerdos adoptados en la “Conferencia monetaria y financiera” celebrada en  1944 en esa localidad de New Hampshire (USA). Con ella se restablecieron condiciones de disciplina cambiaria, circulación de capitales, bienes y servicios que hicieran posible el librecambio necesario para volver a hacer del comercio internacional un instrumento de desarrollo económico, como había sido hasta 1914. Estuvo caracterizada por un sistema de relaciones económicas internacionales que podemos calificar de “administradas” para todo el mundo, excepto para una tercera parte aproximadamente, autoexcluida de los acuerdos por formar parte de un bloque (el comunista) que pretendía buscar una alternativa de crecimiento económico autónomo completamente diferente.

La segunda etapa, que a falta de una mejor concreción la podemos identificar como de cooperación, comenzó en 1975 con la Cumbre del G-6 en Rambouillet (Francia) en forma de “foro extraoficial” de negociación entre los jefes de los países de mayor PIB, que representaban entonces en conjunto el 60% del mundial: Estados Unidos, Francia, Alemania Occidental, Reino Unido, Japón e Italia. Con ese peso consideraban que tenían la capacidad de pactar en cada momento las relaciones económicas internacionales que les permitieran las mejores condiciones para mantener las tasas de crecimiento económico que les habían llevado a esa posición. Era el comienzo de un esquema informal de relaciones económicas basado en una cooperación de mutua conveniencia que, según los casos y los objetivos a alcanzar, podía agregar a los citados a otros miembros, siempre con el objetivo de contar ya fuera con la “masa crítica” necesaria para conseguir sus objetivos, o con una audiencia a la que transmitir sus requerimientos. Ha habido desde entonces reuniones de G-6, G-7, G-8 y G-20; que paulatinamente han devenido a día de hoy casi en exclusiva en las del G-7 (cuando a los seis – con una Alemania ya unificada- se ha unido a Canadá y se invita al representante de la UE) y, ocasionalmente, en las del G-20 (los del G-7 más Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, España, India, Indonesia, México, Rusia, Sudáfrica y Turquía, que recientemente acuden más en calidad de invitados por el anfitrión de turno que como miembros del club, como ha ocurrido en la Cumbre de Biarritz).

El sistema anterior a 1975 era “administrado” porque contaba con unas relaciones económicas sometidas a la disciplina de unas normas previamente establecidas. Sin declararse como tal, conformaba de hecho una administración de tipo “imperial”. El sistema se mantuvo estable mientras satisfizo aceptablemente bien las esperanzas de los habitantes de sus diferentes partes en comparación con una situación inmediatamente anterior verdaderamente desesperada para todos. Con sus reglas, Estados Unidos, por una parte, podía consolidar la ventaja en progreso económico adquirida a finales del siglo XIX sobre las viejas potencias europeas por su mayor éxito en los comienzos de la II revolución industrial, que le impelía ya a salir de su mercado interior por muy extenso que hubiera sido; cosa que se le ofrecía más fácil tras el enorme trasvase del factor capital a su favor que había tenido con las dos Guerras Mundiales. Por su parte, los europeos eran conscientes de que la única forma de recuperar la senda perdida de los avances en niveles de vida, primero por el ascenso de Estados Unidos y otras zonas  “ultramarinas” y luego, por su dilapidación de recursos en las dos Guerras, era ser ayudadas a conseguirlo por el único país con la capacidad financiera, política y militar para hacerlo: EEUU. Era una especie de trade mediante el cual los ciudadanos norteamericanos obtenían las rentas asociadas a esa posición y los europeos las del restablecimiento de sus economías. Más globalmente, esas rentas se complementaban con una porción de las de las que también había que promover de los dos tercios del mundo no incluidos en el sistema comunista. Las instituciones para garantizar el funcionamiento de este sistema fueron el FMI, el BIRD, el GATT y la OTAN; quedando el Consejo de Seguridad de la ONU como un mero organismo de detención entre éste ámbito imperial y el  alternativo (el mundo comunista) que permitía la negociación “in extremis” capaz de mantener el “statu quo” entre los líderes de ambos: EEUU y la URSS.

Ahora bien, todas las estructuras imperiales acaban diluyéndose por cualquiera de uno de los efectos de su evolución interna: el éxito de los objetivos con los que nacen o el fracaso en ellos; lo que quiere decir, en definitiva, que siempre acaban diluyéndose por su propia dinámica.  El primer caso fue el del sistema Bretton Woods  y el segundo el de la comunidad de países comunistas.

El sistema de Bretton Woods, que es el que aquí nos interesa, no pudo resistir ni el éxito de la recuperación de las economías europeas y Japón ni el del dominio económico y militar de EEUU, porque ya hacia los años 70 las reglas fijadas en 1944 se presentaban como una rémora para las expectativas de mejora a ambos lados del Atlántico, no como una virtud. Como en un matrimonio, en el que los conyugues habían prosperado tras varios años de solidaria lucha para labrarse un bienestar, al acercarse ambos a la cuarentena empezaban a no aguantarse; uno por pensar que ya no sacaba grandes ventajas de lo que había estado poniendo y otro porque era hora de disfrutar un poco de una libertad que creía ya podía pagarse.

Dicho en términos más económicos: a medida que Europa y Japón fueron restableciendo sus capacidades productivas y Estados Unidos perdiendo sus ventajas competitivas relativas y resultándole, por tanto, cada vez más insufribles los costes de mantener un dólar estable como garantía del sistema monetario internacional, ambas partes fueron viendo el sistema como un corsé limitativo para sus ciudadanos. El nacionalismo, ese elemento irreductible de las sociedades que desde la Edad Moderna ha demostrado ser una síntesis aceptablemente óptima, y todavía no superada, entre la seguridad individual a corto plazo y el miedo a una permanente adaptación a los cambios sobrevenidos de fuerzas individualmente incontrolables, renació bajo la imagen, por una parte, del europeo y japonés damnificado, bien expresado en el exitoso libro de J.J Servan Schreiber El desafío americano ( 1969 ) y, por otra, de la del irritado filántropo norteamericano que barrunta su ruina ante la mejora de sus protegidos, que también tuvo exegetas tales como  Yanek Mieczkowski ( Gerald Ford and the Challenges on the 1970s).

El sistema “administrado” se empezó a disolver en 1971, cuando  Estados Unidos decretó la no convertibilidad del dólar en oro al precio acordado en 1944 (35 $ la onza) y recurrió a elevar unilateralmente los aranceles dentro de un paquete de medidas de la administración Nixon. Esas medidas pretendían luchar contra una inflación que se consideraba consecuencia de unos niveles de vida de los norteamericanos (la great society) y unos “gastos de sostenimiento del imperio” (guerra de Vietnam) no asumibles ya con un sistema productivo que había perdido fuelle en relación a los competidores que, no obstante, se beneficiaban de su mercado abierto y de su compromiso de sostener un dólar fuerte y estable. Pero hasta principios de 1973 se tenía la esperanza de que el sistema podría restablecerse dejando un tiempo fluctuar las monedas y manteniendo en su esencia los compromisos de 1944; cosa que no ocurrió, sino todo lo contrario. Además, la inflación descontrolada, que lanzaba a terceros países productores de materias primas buena parte de los problemas del mundo desarrollado, provocó la “rebelión” de parte de aquéllos, los productores de petróleo organizados en la OPEP, que indicaba que el sistema “administrado” ya no podía controlar los efectos que su éxito había producido.

La crisis de 1973 con su componente de extraordinarias subidas del precio del petróleo, depresión económica tanto en los países desarrollados como en los atrasados no productores de crudo, de trasvase de rentas a favor de los productores de éstos y disposición de los capitales con ellas constituidas por los países desarrollados a través de nuevos mercados informales, descontrolados  y fuertemente especulativos (petrodólares y eurodólares), dieron por zanjados los intentos de restablecimiento del sistema “administrado” de relaciones económicas internacionales.

En medio de la crisis podría haber habido un deslizamiento a un “sálvese quien pueda” como ocurrió en 1929, retrayéndose los países hacia la “seguridad” de sus fronteras; pero la historia no siempre avanza en vano. Aquella crisis, sus terribles consecuencias y el éxito del sistema administrado, habían cambiado radicalmente el mundo (instituciones supranacionales y  burocracias de los numerosos organismos de la ONU, la OCDE, la CE, la OTAN, el FMI, el BIRD, las multinacionales, el “gusto al crecimiento” ya instalado entre los habitantes del mundo occidental, y el ejemplo a contrario del mundo comunista más que el miedo ya disipado al mismo), que ahora era más dependiente que nunca de la “interdependencia” de las economías nacionales, permitió que el deslizamiento hacia el proteccionismo fuera moderado y muy selectivo; de tal  modo que las restricciones al comercio internacional entre el comienzo de la crisis y su final se situaron entre el 3 y el 6%. Todo, en última instancia aumentó la presión para que se buscaran salidas a la situación de forma coordinada. Pero esa coordinación ya iba a ser muy distinta.

La gestión del sistema administrado, había facilitado el éxito de las llamadas políticas “keynesianas” a nivel nacional, que consistían básicamente en mantener la suficiente demanda, mediante el gasto público en inversión y la acción pública, favorecedora de una distribución de parte de la renta generada a favor de sectores amplios de la población (apoyo a la negociación colectiva, servicios públicos sistemas de seguridad social) para garantizar un permanente estado de buenas expectativas para la inversión privada y, con ello, un crecimiento estable y sostenido de  cada economía. Este mecanismo dio buenos resultados en los países del “centro” del sistema administrado porque tenían ya una estructura económica y financiera, una organización social y una trama institucional que permitían, aparte de altos rendimientos de los factores empleados (productividad), que sus resultados permanecieran dentro de la circulación de sus economías. La debilidad de todos esos elementos en el resto (formado por los que se llamaban países en desarrollo, países subdesarrollados y tercer mundo) mostraba distintos grados de ineficiencias productivas y dificultades para retener por mucho tiempo dentro de sus fronteras los resultados del crecimiento económico que con la utilización de los recursos de sus territorios se conseguía. No tiene pues nada de extraño que fuera en estos países en los que surgieran alternativas teóricas y ensayos prácticos de políticas que pretendieran cambiar las estructuras productivas, las instituciones sociales (sobre todo los derechos de propiedad) y las relaciones comerciales y financieras exteriores, para intentar situarse en los “puntos de partida” de los países del primer mundo y poder así emular sus procesos de desarrollo económico o, cuando veían frustrarse el intento, ensayaran vías revolucionarias que les llevaran al modelo de los países comunistas, que hasta los años 70 habían tenido un crecimiento económico y unos avances sociales, si no tan exitosos como los del primer mundo si sorprendentes en relación con su particular situación anterior a 1940 y, aparentemente, con unas sociedades más justas. En cualquier caso, tanto los éxitos de los “desarrollados”, como las esperanzas de los “en vías de desarrollo” dependían del mantenimiento del régimen de precios estables de la energía, que cuando se rompió en 1973, lanzó por los aires ambas realidades.

Ya antes de 1973 en los primeros, la expectativa de mejora ilimitada de los niveles de vida, consistente en adquisición de bienes de consumo y de servicios públicos, se estaba alimentando con un esfuerzo decreciente de sus habitantes, desplazándose el empleo hacia sectores de menor productividad, y en los segundos, se era consciente de que parte de esa mejora del nivel de vida de aquéllos se alimentaba con un trasvase de rentas desde ellos, debido a lo que se denominaba “intercambio desigual” favorecido por las relaciones de poder económico, financiero y político consolidadas con el sistema “administrado” y, por ello, empezaron a intentar coordinarse en forma de bloques como la UNCTAD para negociar desde una posición de fuerza con el “primer mundo”. Pero no fue sino cuando una organización sectorial como la OPED (fundada en 1969) encuadró efectivamente ese enfrentamiento norte-sur e invirtió radicalmente las Relaciones de Intercambio energía y productos primarios-productos industriales existentes hasta entonces, cuando las políticas keynesianas encontraron su nivel de ineficacia.

Con el tiempo se demostró que el encarecimiento de la energía, que en lo inmediato podía tener la apariencia de una lucha económica y política por rentas a corto plazo, era la manifestación de una realidad más profunda: la presión sobre unos recursos de cuyos límites  el mercado (la mano invisible) tomaba conciencia. Keynes había formulado sus ideas bajo el supuesto de una gran flexibilidad por el lado de los factores y una gran inflexibilidad a la baja por el lado de los salarios y los beneficios; que era lo que daba coherencia lógica a actuar sobre la demanda. Pero naturaleza, tecnología e instituciones podían ser mucho más rígidas y lentas en el tiempo de lo esperado para adecuarse a las expectativas (convertidas incluso en “derechos”).

En consecuencia, una vez que se fue demostrando la naturaleza real de la crisis de los años 70, saltaron por los aires tanto las políticas keynesianas a nivel nacional, como  los intentos que había en marcha para restañar el sistema administrado de relaciones económicas internacionales. En el primero se fueron imponiendo por gobiernos de cualquier signo ideológico políticas económicas llamadas de oferta, tendentes a recuperar la eficiencia productiva y competitiva de las economías, mediante medidas más o menos expeditivas destinadas a dejar de sostener a empresas y sectores ineficientes, a reducir el peso de los impuestos directos y progresivos y favorecer la imposición indirecta, a limitar el poder de los sindicatos, a privatizar empresas, a reducir el peso del sector público, a conseguir el equilibrio presupuestario, a eliminar o suavizar regulaciones… en suma a acabar con el paradigma de la regulación de las relaciones económicas por los gobiernos, que hasta entonces habían implicado la utilización de complejos sistema de política fiscal, y a favor de un restablecimiento de la autorregulación por el mercado, quedando la intervención en la economía reducida a las medidas monetarias que, por otra parte se procuraban independizar lo más posible de la autoridad gubernamental. Desde entonces hasta hoy este paradigma, llamado neoliberal, no ha hecho sino consolidarse, sólo matizado por un deseo de impulsar indirectamente y siempre en la línea del mercado, la innovación y la mejora del capital humano, mediante políticas nunca bien definidas. Y el caso es que por mucha queja y razonamientos de tipo moral que se hagan contra ese neoliberalismo, no parece haber una alternativa viable en la práctica a su paradigma que, inevitablemente lleva a una reducción de la presencia de los poderes públicos en la economía y a favor de los que de forma natural se generen en el mercado.

Es comprensible pues que en medio de estos cambios de la realidad, en el plano internacional, el que fuera Secretario del Tesoro norteamericano en los años de la larga depresión que siguió a la crisis de 1973, Paul Volcker, dijera abiertamente que “La desintegración controlada de la economía mundial es un objetivo legítimo para los años 80. Esto hubiera sido impensable que lo hubiera dicho un responsable del sistema administrado; pero este ya no existía y había, en todo caso, que terminar con los vestigios que de él pudieran quedar.

Desde entonces, en la defensa de los países de las actuaciones de los demás con un mantenimiento al mismo tiempo de mercados grandes, ha primado la tendencia a la agrupación en bloques más o menos efectivos (como la UE), y la minimización de los riesgos para todos los antiguos miembros del diluido imperio sólo se ha podido ir haciendo mediante la colaboración. El problema para que esa colaboración produzca los frutos soñados es que desde los años 80 aparecieron nuevos actores en escena cuyas economías emergían al margen de las dependencias económicas con aquél sistema administrado, y el bloque soviético se disolvió creando, todo en conjunto, una impensada realidad de nuevas oportunidades de negocios y de competidores por recursos y mercados.

Todos los antiguos países desarrollados vieron inicialmente en esa nueva realidad la oportunidad de aprovechar, cada uno a su manera, los nuevos mercados, al tiempo que estaban seguros de que con una situación de abierta competencia, sus sectores productivos y sus poblaciones, aparentemente con el mayor nivel tecnológico y capital humano a mano, tendrían las ventajas competitivas necesarias para captar la renta global generada por la extraordinaria nueva movilización de factores. Todo lo que había que mantener del viejo orden administrado eran, simplemente, unas condiciones de libre comercio, para las que habían de bastar complejas, largas y tediosas negociaciones multilaterales entre expertos de todos los países y bloques existentes: las Rondas de la OMC; en suma un mercado en el que se hiciera el trade de intereses, sostenido sólo por el miedo a los efectos de rebote de no cumplir lo pactado hasta nuevas negociaciones.

No obstante, en ese nuevo contexto los países históricamente desarrollados pronto descubrieron que sus viejas ventajas tecnológicas se diluían ante la imposibilidad de controlar la rápida difusión del conocimiento y las innovaciones (las nuevas tecnologías) a todo el mundo y la no menor imposibilidad de manejar, como en el pasado, unas expectativas de mejora creciente y de distribución más equitativa de la renta entre sus habitantes, porque ahora las ventajas comparativas de unos países con poblaciones con “hambre histórica acumulada de progreso” con exigencias por tanto de “bienestar” infinitamente más modestas que las de las viejas sociedades desarrolladas (p. e. China) y/o controladores de gran parte de los recursos escasos (p. e. Rusia) son una fuerza social imposible de superar y menos de emular. De tal modo que el viejo esquema de “intercambio desigual” de algunos teóricos del desarrollo económico de los años 60, se ha vuelto en contra de los habitantes de los viejos países que un día se llamaron “primer mundo”. Prueba de ello es el creciente sostenimiento de su “estado del bienestar” con los ahorros prestados desde los países emergentes. Esto implica una progresiva financiarización de la economía del viejo mundo desarrollado; hecho, que aparte de implicar la inestabilidad inherente a la economía financiera, que es esencialmente especulativa a corto plazo, tiene la espada de Damocles de la que advertía el gran historiador de la Europa Moderna, Fernand Braudel: “la financiarización es el preámbulo de la decadencia”.

Y este es el teatro de operaciones de la cooperación económica de las cumbres denominadas G, que van siendo más una suma de “impotencias” o, en el mejor de los casos un club de diletantes sobre temas de los que de antemano saben sus asistentes que tienen cada vez menos control, porque a nivel intra-club ya han asumido que son un grupo de naciones en el que cada una espera buscar su acomodo en las nuevas relaciones económicas globales y, por tanto, predomina entre ellos la desconfianza propia de corredores en una competición de suma cero, y a nivel extra-club, comprueban el peso e influencia declinantes de detentar ya sólo el 45% del PIB mundial. Cualesquiera otras variables de las que se utilizan para medir el peso económico, como el comercio internacional o el mercado de capitales, no son tanto parte de su potencia como de la fragilidad creciente de depender más y más de la comercialización de una producción (la economía real) que no es la suya y de las rentas de unos capitales que resultan productivos sólo en manos de terceros.

Parecería lógica pues una marcha más o menos decidida hacia mecanismos de cooperación internacional que reconocieran la nueva realidad, pero para ello sería preciso que los países (que son síntesis de heterogéneos intereses, miedos, esperanzas y capacidades de influencia de sus no menos heterogéneos habitantes, más o menos expresadas en los comportamientos de sus gobernantes) predominara una actitud de aceptación de unas expectativas limitadas gestionadas por el liderazgo de una potencia estable en sus aspectos económicos, sociales y políticos internos (por tanto con bajos costes de transacción en su consecución) que asume el papel de dar oportunidades económicas a todos a corto plazo, a cambio de las ventajas, no menos económicas, para su población de la gestión de todo el entramado que, entre otras cosas, vela el sacrificio real de las expectativas de ésta durante un largo período de tiempo. En suma, una nueva administración de carácter imperial que, como siempre, llega cuando un nuevo país que se haya labrado una inesperada vía de progreso en los bordes del sistema hasta entonces predominante, se hace cargo de esa gestión.

No sabemos cómo ni cuándo se verá constituido en el mundo un nuevo y eficiente sistema administrado de relaciones económicas, ni los conflictos que hasta ese momento viviremos o vivirán los ciudadanos del mundo, pasando seguramente por una etapa “sub-óptima” de “economía de bloques” que puede tensar las cosas hasta una ruptura dramática, o facilitar los acuerdos; pero lo que sí es cierto es que mientras tanto en los asuntos económicos de los hasta hace poco países desarrollados, y en las declaraciones de los Gs predominarán actitudes cada vez más defensivas y mucha retórica sobre planes tecnológicos, educativos, de reorganización social, y también las hueras apelaciones a la necesidad de adaptación de las mentalidades, las formas de vida, etc, a una realidad de menores expectativas de crecimiento. Y, en ese contexto, cada vez parecerán más extravagantes las exigencias que hacen esos Gs a los que se vislumbran como líderes de un nuevo sistema de economía mundial, de su adaptación a nuestros sistemas de creencias, valores, mitos, derechos, etc. conformados por una historia particular.

El oro no engaña

Resultado de imagen de Precio del oro 2000-2019

Hace nueve años, cuando aún no nos habíamos respuesto del susto de la crisis que desató la Gran Recesión, publicaba en este blog la entrada “El oro la peor inversión con excepción de todas las demás”. En ella explicaba cómo la contínua subida del precio del metal noble desde 2001 (240 $ la onza) a un ritmo cada vez más acelerado que se convirtió en trepidante tras 2008, era la expresión de la desconfianza y el miedo que producía la situación económica, cada vez más alejada de las esperanzas de mejora de las condiciones de vida en paz y tranquilidad de los habitantes de los países históricamente desarrollados.

Por entonces Rogoff vaticinaba que seguiría subiendo, y así fue hasta el último trimestre de 2011 cuando alcanzó los 1900 $ la onza. Después, hasta 2016 descendió hasta el nivel de 2010, es decir, un poco en comparación con lo que había escalado desde 2000. Esto parecía consistente con una ligera mejoría de la economía que los gobernantes, no obstante, aireaban como los extraordinarios logros de las políticas monetarias y de “ajustes estructurales” que habían terminado con tan dramática recesión e inaugurado una nueva esperanzadora etapa de crecimiento económico en el que las nuevas tecnologías, combinadas con la globalización volverían a impulsar la inversión productiva, acabar con el desempleo y reducirían las inversiones especulativas, financieras o inmobiliarias a unos razonables niveles no disruptivos para el conjunto del entramado económico; que es la única forma de poder predecir una etapa de una duración digna para las generaciones que no vivieron alguna de las “doradas décadas de entre 1950 y 1973” y que, por el contrario, sólo han conocido mensajes de “ajustes”, recortes, más competividad, menos solidaridad social,………

Pero el tiempo ha ido pasando y del tunel no se sale. Como la economía real, ya sea en agricultura, industria o servicios no exclusivamente financieros, no ha crecido sino a niveles ridículos y, además, menguantes y se va aceptando por los gobernantes, sobre todo norteamericanos, la imposibilidad de animar las actividades de esos sectores sin proteccionismo, volvemos a estar de nuevo entrando en la “trampa de la liquidez”, es decir, una situación de mucho dinero que sólo busca o ganancias especulativas o seguridad, mientras la inversión productiva (formación bruta de capital) se mantiene aún tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea dos puntos porcentuales por debajo de la de 2007, cuando ya era baja en relación a esa época dorada que permitió la constitución de este estado del bienestar al que cada vez hay que ir quitándole alguna pieza, sobre todo para las generaciones más jóvenes.

El proteccionismo es, como siempre, un intento de “pacto con la realidad” de la incapacidad que se intuye que, al poco, se convierte en una trampa que se realimenta con actitudes como las “devaluaciones competitivas”, un poco más adelante con una diplomacia económica y política  agresiva y, al final, tras el despaprovechamiento de las ventajas del comercio internacional, en un círculo vicioso de estancamiento, al que se le buscan soluciones que pueden arramblar con los mínimos consensos que mantienen los sistemas sociales y políticos y la paz. No querer ver esta trayectoria y pensar que el miedo a todo eso hace ahora, a diferencia de otros momentos de la historia, pasivos sufrientes a los ciudadanos, es lo que ha dado lugar a que algunos filósofos hablen del “pensamiento póstumo”, que sería la suma del estar concentrados en “microrrevoluciones emocionales” y de pasividad ante un negro futuro.

El oro, que como decía en la entrada citada, resume todas nuestras incapacidades y miedos, manteniendose en este caso en sus altos niveles con sólo esa pequeña y corta caída en su apreciación y su recuperación de nuevo desde 2016, nos indica que muy poca gente tiene la suficiente fe en el futuro como para animarse a invertir en otras cosas que no sean en operaciones netamente financieras o especulativas que, como la crisis de 2008 demostró, poca riqueza real crean y simplemente reparten la riqueza existente, además en la forma más desigual e improductiva posible.

 

Todos desnudos, pero callados

La dificultad para formar gobiernos mínimamente estables que hay establecida en España desde 2015 y que obliga repetir elecciones, es sistemáticamente advertida por los periodistas de cualquier nómina política, así como por los mismos dirigentes de los partidos “viejos” y “nuevos”, como un desastre. Cada uno, haciendo respectivamente responsable de la dificultad a los otros, aduce, además, el peligro de desafección que esta situación va a provocar entre los ciudadanos, que pueden acabar decidiendo dejar de votar.

Pero esa advertencia no es más que una hipocresía del suave discurso intrascendente de la estética de lo políticamente correcto. Esta estética hoy día lo domina todo porque, siendo conscientes de que no podemos/queremos afrontar el fondo de las cosas, nos emborrachamos con los sahumerios de la liturgia exagerada y descalificadora de las conquistas en el campo de las emociones; en todo ello felizmente ayudados por el abaratamiento del cotilleo digital, que nos hace a todos “reinas por un día”.

El fondo de las cosas es que, a pesar del “bloqueo político”, la economía española, dentro de las limitadas expectativas que hay para las de todos los “países históricamente desarrollados”, va relativamente bien. En la crisis larvada, pero con tendencia firme declinante, que tiene el “estado del bienestar” de todas estas economías, la reducción en España se va administrando con bastante dignidad; habiéndose restañado temporalmente y a un buen nivel muchas de las heridas causadas por la crisis de 2008. Ello contrasta con deterioros relativos mucho más acusados en países que no tienen ese “bloqueo político”. ¿Por qué esto es así?.

A mi juicio, ha llegado a ser un sofisma el siguiente silogismo:

-Según la orientación ideológica de los gobiernos habrá unas mejores o peores condiciones de vida para los ciudadanos

-siendo así que con un bloqueo de gobierno no hay orientación ideológica definida

-no hay perspectivas en ningún sentido

Esto es un sofisma porque, en la realidad actual, no hay poder efectivo, sean cuales sean las bases ideológicas declaradas, para orientar las cosas en una forma diferente a la que viene determinada por las circunstancias históricas en las que nos encontramos. Y, además, va creciendo el número de ciudadanos que van comprendiendo y aceptando que las cosas son así. Los políticos, que también lo saben, sólo buscan sacar el máximo partido de la marcha autónoma de las cosas; procurando lo más eficazmente posible detentar las sillas, con los beneficios económicos, sociales y emocionales a ellas asociados, según la posición en la que coyunturalmente estén situados. En suma, estamos todos desnudos; lo vamos viendo poco a poco, pero nadie quiere decirlo.

La Grecia de hoy parece haber recuperado, a su pesar, el papel de lámpara de la verdad que tuvo la Grecia clásica: los sofismas que llevaron a sus ciudadanos, con Varoufakis a la cabeza, a creer  que su mera voluntad podía mover al mundo entero a cambiar para mejorar su situación particular, les hicieron votar y votaron en contra de una decisión del resto del mundo, que sabían no tenían más remedio que aceptar. Esto les ha llevado al final ante el espejo que les ha devuelto su propia imagen desnuda, pero en la que dicen ver sólo la de Tsipras. Reniegan de sí mismos y escupen al cristal. Demasiadas vueltas para estar en el mismo sitio.

Pues bien, en España lo que ocurre es que ya todos nos hemos convencido de que el acercamiento a la realidad que significaron los “ajustes estructurales” de la crisis de 2008 mejor es “no meneallo”, como tampoco la liturgia que la acompañó. Pedro Sánchez y muchos de los que le votamos queremos que siga diciendo que esos ajustes fueron una felonía, pero que no se vea en la tesitura de tenerlos que cambiar; para lo que le viene muy bien no poder hacerlo por el “bloqueo”. Es decir, lo que queremos de verdad es que esté ahí pero que no gobierne. A sus oponentes, que no tienen más remedio que defender aquellos ajustes, también les viene bien no tener que hacerlo explícitamente desde el gobierno, porque lo que está funcionando sería menos efectivo con las resistencias que hoy están acalladas , y, en cualquier caso,  haría para ellos menos placentero el ejercicio del “poder”.

La situación es ideal para toda la “clase política” porque puede lanzar inflados discursos retóricos sobre lo que hay que hacer para ganar el futuro, como son los de “las nuevas tecnologías”, el fomento del  “capital humano”, “la sociedad del conocimiento”, el “multilateralismo”, la “gobernanza mundial”….. Pero como saben, y sabemos, que no está en sus manos poder hacer algo realmente efectivo en ese y otros sentidos, los ciudadanos decimos para nuestros adentros: ¡y dos huevos duros!. Así vamos tirando y entreteniéndonos con más y más elecciones; aunque lo políticamente correcto (¡faltaría más!) nos obliga a manifestar que esto no puede ser. Pero ¿Quién ha dicho que esta situación no puede ser un buen programa para esta sociedad póstumaUbicación?.

Malas perspectivas para la globalización

 El librecambio es siempre un objetivo deseable [1], el proteccionismo es, por el contrario, un pacto con la realidad [2]. Por ello todo economista consciente de las limitaciones de su ciencia y que no se encierre en su torre de marfil, sabe que lo han formado para el sacerdocio de una doctrina liberal que ha de predicar a los humanos por su bien. Pero a la vez también es sabedor de que el miedo a los acontecimientos por parte de los seres humanos concretos, le harán a él que tenga que comprender y administrar antes o después largas épocas de proteccionismo, como el menor de los males posibles.

 En una de estas coyunturas vamos progresivamente entrando, especialmente desde 2009. Y estamos sólo en el comienzo. La Organización Mundial de Comercio (OMC) advertía hace dos años del “avance significativo hacia el proteccionismo” y  de que “el endurecimiento de la política arancelaria como medida para defenderse de la crisis a corto plazo es una amenaza muy peligrosa, que debe ser atajada antes de que sea demasiado tarde”.

 Ante las duras manifestaciones de la crisis, muchos gobiernos estaban ya recurriendo a dar ayudas privilegiadas a algunos de sus  sectores productivos (p.e. industrias automovilísticas francesa y norteamericana) a forzar aprovisionamientos nacionales (p.e Estados Unidos) a aportar dinero público en condiciones privilegiadas a bancos y exportadores  (p.e. China y Brasil) a establecer  precios de referencia para productos amenazados por las importaciones (p.e. el caso de las “autopartes” en Argentina)….. Todas esas medidas rompían los consensos hasta entonces vigentes por acuerdos internacionales.

 Más adelante, se han implementado medidas más radicalmente proteccionistas, como la Ley aprobada en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos en Septiembre de 2010, que autoriza a la Presidencia a imponer tarifas especiales a productos importados de países que mantengan depreciada su moneda. En el campo monetario,  se abría de forma  directa (p.e. en China) e indirecta (en EEUU)  una guerra de divisas con el fin de abaratar artificialmente los productos nacionales en el mercado mundial “lanzando la crisis al vecino”.

 Por todo esto, en Noviembre de 2010 la OMC, la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) denunciaban en un informe conjunto que estaba “en peligro el sistema comercial internacional” y pedían a los mandatarios del G-20 que habrían de reunirse en Seúl, que “eliminaran las medidas adoptadas para responder a la crisis que restringen o distorsionan el comercio y la inversión”. El resultado ya lo conocemos: el día  15 de Noviembre de 2010 la reunión se clausuró sin compromiso alguno y, más grave aun, rebajaron el nivel de exigencia a los negociadores de la “Ronda de Doha”, pues en lugar de “mandatarles” la conclusión de las negociaciones sobre liberalización del comercio, que languidecen después de 10 años, solamente acordó  “recomendarles”, porque se sabe que tales negociaciones están, y se quiere que estén, de momento, muertas.

 Fue lógica la reacción alemana en esa citada cumbre, a donde llegaba Merkel advirtiendo que “el mayor peligro al que se enfrenta la economía global es una vuelta al proteccionismo” y de donde salió diciendo lo mismo “la mayor preocupación es que hay síntomas de proteccionismo” (cumbre de Davos 28, Enero 2011). La canciller, sabedora de la dependencia que el reciente boom  económico de su país ha tenido de la demanda de los países emergentes, sólo pudo exteriorizar una pataleta frente a un Obama que amenazaba con tarifarias y la devaluación del dólar. Éste, tras su derrota electoral cada día ve con más claridad la dificultad de cumplir en un contexto librecambista su promesa al pueblo americano de “abaratar nuestros productos, ganar mercados extranjeros, exportar más y “traer trabajo a casa”.

 Dos anécdotas recientes ilustran mucho mejor que cualquier razonamiento la dramática situación en la que se encuentra EEUU. Una de ellas es la amarga experiencia de la renovación tecnológica en Silicon Valley. Algunas de las más importantes firmas, como Solyndra, Nanosolar y MiaSolé soñaban con transformar la industria de la energía solar, reinventando la tecnología de hacer paneles más eficientes, que redujera al mismo tiempo los costes de producción. Después de haber invertido decenas de miles de millones de dólares en “venture capital” procedentes de fuentes privadas y públicas,  en Octubre pasado  los resultados se concretaban en la  nueva célula fotovoltaica llamada CIGS, que parecía dar una nueva ventaja competitiva a las compañías americanas, pero inmediatamente se reveló que producirlas masivamente conllevaba un reto tecnológico y financiero al que las compañías californianas no podrán responder sin verse arrolladas en el ínterin por la mayor capacidad financiera y eficiencia chinas. Conrad Burke, jefe de innovación de Innovalight ha dicho bien claramente lo que piensa: ¿Cómo puedes luchar contra enormes subsidios, préstamos a bajo interés, mano de obra barata, economías de escala y una estrategia gubernamental para hacer de ti el número 1 en energía solar?. No es de extrañar pues que, a pesar de la ingeniosa ocurrencia de Obama de recordar el reto del Sputnik, entre el mundo académico y empresarial, se extienda la sospecha de que colocarse al ritmo de efectividad de China, mediante la intensificación de la inversión en “nuevas tecnologías”, es la zanahoria colgada frente al burro y que, por tanto, en lo que hay que pensar es en protegerse para conseguir  un respiro temporal y obligar de paso a “entrar en razón” al competidor.

La segunda anécdota tiene si cabe aun más enjundia: Dispuesta la presidencia americana, tras el revolcón electoral, a afrontar la reducción del déficit público y habiéndose de concretar ésta en recortes en partidas suficientemente sustanciosas, no se libra el presupuesto militar en un momento en el que para contrarrestar la masiva modernización militar de China, estaba siendo diseñado nuevo y sofisticado aparataje armamentístitico. El plan se encuentra ahora en la tesitura de ser abandonado o ser afrontado mediante un nuevo cierre de ojos al galopante endeudamiento externo del país. Pero de entrada se sabe que las emisiones de bonos americanos no pueden sino ser suscritas en su mayor parte por……. China. Ni que decir la oleada de comentarios, fervores patrióticos y angustia que esta evidencia está levantando

Lo que realmente está ocurriendo es algo que ya experimentó el mundo en el período que fue entre 1873 y 1914: el pensamiento  académica y políticamente aceptado era el librecambismo. Los mandatarios hacían proclamas cada vez más comprometidas con él, pero en la práctica, cada cual procuraba traicionarlo todo lo que podía y a un ritmo que se fue acelerando hasta que el contexto en el que se funcionaba era completamente proteccionista.

 Como economista siento la desazón de saber que, inevitablemente, la deriva proteccionista significará ritmos de crecimiento muy pobres en relación a los que potencialmente podrían alcanzarse en condiciones de “globalización librecambista”, pero como historiador no puedo traicionar la experiencia de haber visto que habitualmente las personas y las organizaciones acaban escogiendo el único camino que les queda para sufrir lo menos posible hasta donde su mirada puede alcanzar. Creo pues que vienen tiempos más de grandes “bloques” que de globalización.

 


[1] Es fácilmente comprensible que una teórica inversión dará su mayor resultado (crecimiento económico y empleo en consecuencia) si dispone libremente de acceso a todos los recursos financieros, materiales y de trabajo del mundo y, tanto menos resultado cuantas más cortapisas encuentre en ello.
[2] Esa “realidad” toma muchas formas: intereses ya existentes organizados, dificultades de movilidad de la fuerza de trabajo,  ideologías nacionalistas, costes ecológicos, etc.

Una “moderación” que fue desmesurada y la necesidad de realismo

Al período (1996-2007) anterior a crisis económica que estamos viviendo se le ha bautizado como “la gran moderación”, porque en esos años la inflación  que había acompañado a los momentos de mayor crecimiento posteriores a la Segunda Guerra Mundial, había prácticamente desaparecido y, sin embargo, el crecimiento económico era sostenido.

Hasta 1973 en los países desarrollados se consideraba inevitable una tasa de inflación no inferior al 4 % para mantener el “pleno empleo”. Esta asunción estaba avalada por el razonamiento keynesiano acrisolado en la salida de la crisis de los años 30, por el cual la única forma de propiciar un crecimiento económico a salvo de grandes oscilaciones, era procurando una suficiente demanda global, a salvo de la escasez que de ella se produce en el desfase temporal entre el ahorro y la inversión privadas, debido a los condicionantes exógenos de las “expectativas empresariales”. Consecuentemente, las políticas monetarias, fiscales y  de reparto de rentas, procuraban mantener una potente demanda por delante de la oferta, provocando una constante tensión sobre los precios que, al ser un aliciente a las expectativas empresariales, generaba altas tasas de inversión y, en consecuencia, empleo.

Naturalmente, para que este mecanismo diera resultado era preciso que tanto la disposición de recursos, sobre todo materias primas, como la productividad fueran elásticas. Pero desde 1973 no obstante se hizo palpable que esos dos elementos podían actuar “autónomamente”, es decir, que su oferta podía resultar independiente de los incentivos de la demanda inducida (la ironía de la falsedad de la “Ley de Say” aducida en su día por Keynes, volviéndose contra él mismo). Particularmente, la escasez de recursos se demostró con la escasez de petróleo: la oferta de recursos naturales podía ralentizarse autónomamente de forma grave y persistente. La productividad, se fue deteriorando por  la acumulación de rigideces organizativas en las grandes firmas,  el crecimiento desmesurado de las burocracias gubernamentales  y  la incalculada largueza de los sistemas de “seguridad social”, cuando éstos dejaron de estar matizados por la idea de “lo posible” (sistema de capitalización) para convertirse en principio social y político incondicionado. La tecnología, que es, a su vez , dependiente de un sacrificio previo en el gasto y el  bienestar, llegó un momento en el que tampoco pudo compensar esas fugas de productividad generadas a lo largo y ancho de todo el sistema económico-social.

Se entró así en la que se llamó la estanflación, es decir una situación en la que la inflación  ya no impulsaba el crecimiento económico. El hecho más visible del callejón sin salida al que habían llegado las economías desarrolladas a principios de los 80 era la indexación, por la cual los salarios se elevaban automáticamente cada año según la inflación habida, con lo que ésta se volvía a alimentar, pues la producción no crecía.

Es lógico que en ese estado se pusieran de moda las “políticas de oferta”, es decir las medidas que de forma directa pretendían facilitar el aumento de la producción, reduciendo costes, eliminando barreras legales e institucionales a la iniciativas empresariales, facilitando desplazar los recursos empleados en actividades antieconómicas a otras rentables, etc. En suma lo que hemos conocido como “reconversión industrial, desregulación, externalización, reducción del gobierno, reprivatización” y otros términos más que, en última instancia llevaban a la “globalización”, porque para reducir costes aquí y allá no hay modo mñas rápido que facilitar que quien quiera invertir pueda disponer con facilidad de todos los recursos (materias primas, capital, trabajo) del planeta y de todos los mercados donde vender. Naturalmente que la tecnología de las comunicaciones se transformó a la par que la necesidad para hacerlo posible.

El mundo desarrollado se situó así, a mediados de los años 80 del siglo XX en una situación muy parecida a la que hubo a mediados del siglo XIX, en la que una oferta creciente de productos obtenidos en cualquier parte del mundo abastecía con creces a precios muy asequibles a los países desarrollados. En ese contexto, los habitantes de éstos últimos íbamos desplazando nuestras actividades productivas a trabajos menos “penosos” (servicios financieros, comunicación, diseño, educación, cultura, sanidad, investigación, logística, turismo).

Pero el problema que tiene este “cambio estructural” como ya experimentara Inglaterra a finales del siglo XIX (el “climaterio británico”) es que para que se cumpla un axioma comprobado de la teoría económica (el intercambio favorable a los productores de bienes con un alto valor añadido por trabajo cualificado y tecnología sofisticada) se necesita tiempo: el tiempo preciso para que los productores de artículos poco elaborados, estén en condiciones de comprar parte de esos bienes y servicios de  alta cualificación. Mientras tanto, puede ocurrir que los tradicionales “desarrollados” se emborrachen de productos baratos de los nuevos productores y de sus propios bienes y servicios de alta tecnología y tengan que pagar facturas cada vez más grandes a los “tradicionales subdesarrollados”. Lo contrario de lo que decían los economistas latinoamericanos de los años 60 y 70.

Mientras tanto, los habitantes o los gobiernos  de los hoy llamados “países emergentes”, en el tiempo que previsiblemente ha de transcurrir para que puedan y “quieran” ser tan hedonistas como nosotros (lo que implica no sólo aumento de la renta per cápita, sino profundas reformas administrativas, políticas,  educativas, culturales, de las mentalidades…..) se encontrarán en sus manos con unas enormes sumas de ahorro, fruto de sus masivas ventas y de su reducido consumo, que, sólo encontrarán salida volviendo a prestárnoslas a nosotros mismos, que somos los que manifestamos una voracidad ilimitada, justificada de mil maneras. Si se quiere una pincelada de la aparente paradoja de este mecanismo, el día 9 de  Enero nos la dio el Pentágono, proponiendo que EEUU proceda a aumentar extraordinariamente el gasto para modernizar su arsenal bélico, con el fin de compensar la carrera que en este sentido ha emprendido China. Y ese gasto mayor se habrá de cubrir con deuda pública que será, inevitablemente, suscrita por los chinos. Tan inextricablemente está interrelacionada la economía mundial en nuestros días.

En suma, la “gran moderación” en las economías desarrolladas era, paradójicamente, una desbocada extravagancia de productos y de dinero procedentes de gente eficaz y frugal, que nosotros nos gastamos, una parte, en arreglar las cosas para el futuro (por ejemplo infraestructuras, reformas administrativas y de gestión, educación e investigación útiles, invención de productos hasta ahora inexistentes, etc.) otra en vivir mejor a corto plazo (sobre todo comprando bienes de consumo duradero) y otra simplemente en “apostarlo” (invertirlo se ha llamado, confundiendo lo que es aplicar ahorro a la producción con lo que es destinarlo a la especulación) en ruletas de azar con honorables nombres de “fondos, bonos, terrenos, viviendas, acciones, futuros, arte, sellos, monedas….. lotería).

Nuestros problemas en el presente serían muy diferentes si hubiera predominado la primera opción y no las dos siguientes. En suma esa es la diferencia, por centrarnos en Europa, entre Alemania, Suecia, Finlandia, Dinamarca y Holanda (y casi de Francia) por un lado y de Grecia, Irlanda, Portugal, España (y casi de Inglaterra) por otro. Estados Unidos es un caso aparte, porque aunque aparentemente está en el lado de estos últimos, tiene una capacidad de rehacer su potencial productivo inexistente en cualquier otro país del mundo.

Las diferencias de trayectorias seguidas podrían explicarse de muchas maneras. Se apela demasiado a explicaciones culturales, que son del gusto, por ejemplo de los  alemanes, tan apegados como sus antepasados (todavía Wagner les emociona exageradamente) al sentimentalismo romántico de geografía, pueblo, raza, cultura, religión. Pero creo más correcto en estos tiempos de rapidez de la información y unificación, por tanto, de objetivos, medios e instrumentos, concentrarse en los responsables de la política, particularmente de la política económica.

Haber escogido, como se hizo en Suecia y Alemania, o no, como se hizo en España, en plena borrachera de productos y dinero, decirle al pueblo lo que los técnicos calculaban iba a ocurrir si no se moderaban el tren de vida y los beneficios sociales, se aumentaba la disciplina laboral, se reducía la administración, se alargaba la edad de jubilación etc. Y, además, haberlo hecho sacrificando cuando fue preciso, las ideologías acrisoladas cien años antes y en unas circunstancias del mundo muy diferentes, o no haberlo hecho, es la diferencia sustancial de lo que ocurre ahora. Pero, sinceramente, no sé quien nos va a regalar el tiempo necesario, porque los romanticismos ya sean geográficos, sociales, étnicos o religiosos están más fuertes y crecientes que nunca. Esa es la incertidumbre en la que estamos.

A %d blogueros les gusta esto: