26/Mayo/2919

Las medidas que desde el 2 de Mayo, con el reconocimiento del estado de bancarrota de facto de Grecia, han tenido que ir adoptando los gobiernos de la Unión Europea asistidos por el FMI, son la confirmación de que la base económica que ha  sustentado durante sesenta años el “estado del bienestar” en el viejo continente, ha quebrado. El caso de España es uno más entre todos, aunque más dramático.

 El ajuste fiscal, ya sea mediante reducción de gastos o incremento de impuestos, ha sido obligado y seguirá siéndolo para enjugar el enorme endeudamiento que los estados han tenido que adquirir para salvar el sistema financiero. La supervivencia de éste, que contiene el dinero de todos y, por tanto, las “cosas del comer”, representa el mínimo esencial de nuestra forma ordenada de vida y, por ello, sostiene en última instancia nuestra sociedad y nuestra organización política. Por eso no se le puede dejar caer y hay siempre que salvarlo por muy injusto que nos parezca y por muy ineptos, irresponsables o corruptos que hayan sido sus gestores. Pero al final, que para cubrir ese agujero, no haya más remedio que recurrir a liquidar partes de nuestro sistema de bienestar, significa que ya no funciona el sistema social sobre el que hemos establecido nuestra peculiar forma de vida las tres últimas generaciones porque, sencillamente, no lo estamos pudiendo pagar.

 Nuestro sistema de bienestar “mínimo para casi todos” se ha basado en el crecimiento de la productividad, que las tres generaciones de europeos occidentales y norteamericanos posteriores a la segunda guerra mundial, hemos sido capaces de mantener, no sin altibajos, en niveles competitivos hasta los años 80 del siglo pasado. Las mejoras de la productividad se sostenían en el desplazamiento de recursos productivos desde sectores en los que estuvieran subempleados (el más típico fue el de la agricultura durante muchos años) a otros de demanda creciente, pero sobretodo en la progresiva innovación y adaptación tecnológica, en la modificación de la organización productiva y en el crecimiento y aplicación del conocimiento a la producción, la distribución, la organización y la gestión de los asuntos sociales, políticos, jurídicos, culturales, humanos en suma. Gracias a todo ello los europeos occidentales fuimos disponiendo hasta los albores de este nuevo siglo de más y mejores bienes y servicios, con una percepción de  esfuerzo individual cada vez menor. Ciertamente, también hemos ido completando nuestro bienestar trasvasando parte de rentas de otras partes del mundo a nuestras manos, gracias al tan famoso “intercambio desigual”, pero éste no era sino una consecuencia más de nuestra acumulación de ventajas tecnológicas y organizativas; es decir, forma parte de lo mismo.

 Parte de la renta obtenida con ese crecimiento era administrada por el Sector Público “a favor de todos” en forma de bienes y servicios públicos, ya fueran infraestructuras, sanidad, educación, asistencia social, deportes o cultura. Esto en suma era nuestro “estado del bienestar” del que tan ufana, orgullosa e incluso arrogante se ha sentido siempre la llamada “clase media profesional” europea (ese conjunto de políticos, gestores de lo público, intelectuales, profesores, gente de la “cultura”, etc.) cuando comparaban nuestros países con otros lugares, incluso con los Estados Unidos, al que  siempre le vieron grandes deficiencias. Fukuyama estaba pensando en este sistema cuando en 1989 escribió su famoso artículo “El fin de la historia”, en el que simplemente decía que con él se había cumplido el ideal de progreso que los “ilustrados” imaginaron en el siglo XVIII y que, por tanto, la “historia” se había terminado y, en consecuencia, ya sólo cabía más de lo mismo.

 En el plano político y cultural,  raramente se ha querido reconocer y menos aun divulgar explícitamente, que ese “estado del bienestar” dependía de lo ya dicho: del crecimiento sostenido y firme de la eficiencia productiva y, relacionados con ella, de unos intercambios económicos con otros ámbitos geográficos beneficiosos para nosotros.

 Indudablemente Europa no es un todo homogéneo, pero en conjunto su economía se ha ido haciendo ineficiente en relación a grandes áreas del mundo en las que aquélla se ha ido concentrando y, además, nuestro sistema de derechos establecidos ofrece mucha más resistencia que el norteamericano a adaptarse a una realidad que ya no controlamos ni nosotros  ni nuestro aliado de allende el Atlántico. Por ello nuestra situación es más delicada que la de Estados Unidos. Alemania en particular, y casi en solitario, ha mantenido unas aceptables tasas de productividad que, en algunos sectores le han permitido mantener una competitividad que alimenta todavía con cierta gallardía su estado del bienestar; pero sus habitantes han descubierto de pronto que sus ganancias, al estar en la Unión Monetaria Europea, salían fácilmente en busca de los lugares en los que más se necesitaba su ahorro, como Islandia, Irlanda, Grecia, Portugal, España, Italia…… y en los que, por tanto estábamos dispuestos a pagar más por él, para ganancia, por supuesto, de los propios alemanes pero detracción de sus propias inversiones y, por tanto, de sus posibilidades de crecimiento interno. Pero en su conjunto, a Europa cada vez le ha faltado más ahorro propio, que ha suplido con el procedente de los países “emergentes”: aquellos con una alta productividad y competitividad. O sea, que en conjunto llevamos en Europa bastantes años viviendo por encima de nuestras posibilidades pues, en cualquier caso la mayor parte de ese ahorro externo recibido no ha estado yendo a inversiones que elevaran nuestra capacidad productiva y competitiva para el futuro, sino a alimentar simple y llanamente nuestro consumo y estado del bienestar.

 ¿Podría haber sido de otra manera?. En teoría sí, en la práctica hubiera sido necesario que los europeos hubiéramos estado dispuestos a adaptar nuestras condiciones de trabajo y organización productiva a las determinadas por los hoy día más productivos, como China, India, Brasil, etc., o a movernos con celeridad y efectividad hacia nichos tecnológicos a resguardo temporal de esa competencia. Todos sabemos de la apabullante retórica en la que en tal sentido llevamos tiempo instalados, sin que se haya convertido en avances reales. Y ello ha sido así porque para hacerlo también se necesitaban grandes sacrificios y no íbamos a tolerar gobernantes que nos los impusieran. Por ejemplo, no podríamos invertir más (incluso de lo que nos prestaban) en investigación tecnológica si no gastábamos menos en asistencia social, o en ayuda al desarrollo o en mil otras cosas “irrenunciables” por ser todas ellas las señas de identidad de nuestro “estado del bienestar”.

 Asentados ya en una economía progresivamente incompetente, los ahorros propios y ajenos, en cualquier caso, no tenían más opción de remuneración aceptable que su empleo en la única gran actividad que, por su inevitable fijación a la tierra, está defendida de casi toda competencia exterior: la construcción. Así, ésta no ha sido de ninguna manera causante de la crisis, sino su síntoma. La construcción podía estar en España, en Irlanda, o en Grecia, en suma donde más vacío de otras inversiones y más laxitud urbanística hubiera pero, en cualquier caso era el refugio de inversiones de todos los europeos que no podían, o no querían invertir en  China, India, o algún rincón de la vieja Europa comunista, y lo era porque no había otra inversión con posibilidades de rentabilidad.

 La crisis de la construcción, actividad que, en cualquier caso tiene su propio ciclo de 17- 20 años, estudiado por primera vez en 1930 por Kuznets y detectado claramente desde entonces (como el que comenzó su fase alcista en 1996 y la ha culminado en 2007) ha puesto pues al descubierto lo que ya es lugar común hasta en los debates populares de economía: que fuera de ella no hay en gran parte de las economías europeas, como la española, nada que la pueda sustituir con una razonable capacidad de supervivencia, mientras no seamos capaces de reducir nuestro nivel de vida, nuestro “estado del  bienestar”, para volver a competir con los más eficientes.

 Los ajustes, los recortes presupuestarios, la bajada de salarios, la reducción de las pensiones, la extinción de la caja que financia nuestra buena conciencia de samaritanos del desarrollo de los países oficialmente pobres, la desnaturalización de la legislación laboral protectora acumulada a lo largo de los años, la reducción de la sanidad igualitaria y generalizada…….. todo está y no tiene más remedio que estar en cuestión. Y lo grave es que reducir todo esto es condición necesaria, pero no suficiente, para recuperar, sólo después de varios años, la senda de un crecimiento nuevamente basado en los incrementos de la productividad, única manera de volver a reconstruir nuestro “estado del bienestar”. Para que sea suficiente es necesario que lo entendamos, que lo aguantemos, que la sociedad no se rompa, que los que nos guían sepan donde van y así nos fiemos de ellos cuando nos guíen por ese ajuste y ese nuevo horizonte. Sólo entonces se estabilizarán los “mercados” y será la señal de que la nave aunque desarbolada, entra de nuevo en aguas de esperanza.

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