4/Octubre/2909

A la hora de hacer los presupuestos generales del Estado para el año 2010 el gobierno se ha planteado lo siguiente:

a)    España va a tener durante el año próximo en el mejor de los casos una tasa de incremento de la actividad económica nula (realmente el gobierno estima una caída  del 0,3% y FUNCAS del 1%).

b)    Como consecuencia de ello, el país va a tener durante ese mismo año una tasa de paro creciente

c)    Las cuentas muestran ya, de resultas de los agujeros financieros que ha habido que tapar durante parte del 2008 y todo el 2009 para salvar, en bien de todos, el sistema financiero, y fomentar el empleo (plan E por ejemplo) una abultada tasa de endeudamiento, lo que ya está incidiendo los pagos de intereses, que se incrementarán en un futuro cercano y que , sobre todo tiene un negro horizonte de sostenibilidad por el acuerdo de “estabilidad” de la UE, que ante la recuperación de los socios más poderosos de Europa, se reintroducirá en un par de años. Y entonces habrá que reducir el principal.

d)    El gobierno considera inflexibles a la baja las partidas más grandes de los gastos corrientes del Estado, de lo que son un ejemplo muy claro las transferencias a las Comunidades Autónomas, como consecuencia del pacto de financiación forzado por algunas de ellas.  

e)    En consecuencia considera que hay que intentar obtener más ingresos, subir los impuestos, y cerrar los ojos a las consecuencias que ello acarree a corto plazo, ya sea en el consumo, ya sea en la menor actividad productiva.

f)     Y piensa que todo se enderezará en el año 2011 cuando se “haya terminado la crisis económica internacional“, las locomotoras de la economía mundial (por ejemplo Estados Unidos, China y Alemania) tiren de nuevo de la actividad económica y lleguen sus efectos difusores hasta nosotros.

 Parecería que el gobierno es muy optimista, como algunos medios de comunicación dicen, pero en realidad es muy pesimista sobre las posibilidades que tenga el del país de aprovechar la depresión económica para salir de ella con una economía fortalecida para afrontar el futuro. Esto es lo grave, no el pretendido optimismo. ¿En qué se nota este pesimismo?: sobre todo en la reducción que se hace  en los gastos de inversión capaces de elevar nuestra capacidad productiva, nuestra productividad y nuestra competitividad (ciencia, tecnología, educación) únicos resortes para salir realmente de la depresión. A corto plazo tiene razón para actuar así, pero bajo un supuesto: el de la imposibilidad de llegar a un acuerdo con las fuerzas políticas de la oposición (principalmente el PP) y sociales (sindicatos y patronal) para compartir entre todos la cuota de responsabilidad y desgaste que comporta, en tiempos de “vacas flacas” apretarnos de verdad el cinturón todos para afrontar los citados resorte reales de salida de la situación. Está claro que es al  gobierno al que le toca hacer posible esos pactos, pues eso, como se suele decir, le va en el sueldo.

 La nación está atrapada en el clásico dilema de una persona pobre o con una enfermedad grave: si queda presa de la miseria, la angustia  y la depresión que implican su situación sólo podrá conseguir, gracias a la compasión de sí misma y de los demás, ir tirando y paliar su dolor, pero no tendrá nunca, desgraciadamente, la posibilidad de salir de la situación. Reconocer esto es muy duro e injusto, por supuesto y por ello yo decía hace un año que los estudiosos de estas cosas, los economistas, siempre seremos vistos como los sacerdotes de una ciencia descorazonadora y como los “tíos de las rebajas”. Si queremos ser simpáticos, políticamente correctos y cobrar por las palabras de ilusión que se nos ocurran, seguramente sólo hablaremos de solidaridad.  Sin embargo, en  este asunto hay que decir la verdad con toda su crudeza. No hay en la historia un sólo caso en el que se pueda decir que se salió de una depresión con medidas paliativas, ni siquiera está claro, como ya escribía en otra ocasión, que esto ocurriera con el “New Deal” de los años 30 del siglo pasado. Y esto es tanto más verdad cuanto nadie garantiza, ni a nivel mundial ni europeo, que habrá compasión para el que no ponga orden en su casa, por mucha retórica que se emplee en ello. La solidaridad es imprescindible por supuesto, pero sólo es consistente si se tiene una solución para mantener y hacer crecer un sistema que la pueda sostener; de lo contrario  acaba antes o después en una mitología que rechaza el estudio de la realidad.

 Llegamos pues a una conclusión que no por repetida es menos cierta y necesaria: sólo un pacto en el que la política partidista quede de momento aparcada, o por lo menos fuertemente relativizada (lo contrario de lo que vivimos en nuestro país cada día) y cada uno asuma su cuota, valga la expresión, de “maldad” ante los suyos, como ocurrió con los Pactos de la Moncloa, puede crear las condiciones para trasladar a toda la población el sacrificio necesario para renunciar a corto plazo a una parte de bienestar para sentar las bases de una recuperación a medio plazo, en la que no tengamos que vivir siempre con un paro de dos dígitos, que es el verdadero problema de la economía.

Anuncios