9/Septiembre/2009

 Las tribulaciones que la economía española está sufriendo en esta crisis, la actitud de nuestros gobernantes y el escaso resultado que están dando sus bienintencionadas medidas para salir de ella, tienen un gran parecido con los hechos que ocurrían  en la política económica cuando existía el “patrón oro”, porque el “sistema  monetario único” es a los efectos de España algo muy parecido a aquello y, en cualquier caso, no hay mejor alternativa.

 El patrón oro era un sistema que garantizaba que nadie pudiera darse alegrías a costa de los demás sin pagar las consecuencias en un corto espacio de tiempo, con lo que sólo el esfuerzo, la mayor inteligencia y mayor habilidad podían ser la llave de la mejora de las condiciones individuales y colectivas de vida. Eso era así porque al ser el dinero el oro, o unos billetes representativos de un oro previamente depositado, sólo los que tenían algo previamente podían tener dinero. Por decirlo de una manera muy sencilla: el oro en el sistema equivalía al valor de toda la riqueza y producción. En realidad a la gente se le pagaba en billetes de papel, pero estos representaban el oro que, depositado en el banco emisor, garantizaba la inalterabilidad de su valor. La prueba estaba en que si alguien no lo creía así tenía la posibilidad de ir al susodicho banco y que le entregaran el oro que el billete decía.

 El compromiso entre los países de respetar el “patrón oro” significaba que ningún país y, por tanto, ningún banco emisor de ningún país, iba a adulterar el valor de su moneda al margen del oro que tuviera depositado, es decir, no iba a imprimir más billetes de lo que le permitía ese oro. Y, de todas maneras daba igual que lo hiciera, porque con la regla de que los pagos entre los habitantes de dos países diferentes se tuvieran que hacer sólo en oro, si algún país lo hacía, esa montaña artificial de dinero incrementaría sus precios (inflación) y de esa manera no vendería nada a los demás países y les compraría todo. En consecuencia, se quedaría sin oro y por tanto sin posibilidad de funcionar, salvo que se encerrara en sí mismo y prohibiera comerciar con los demás, con lo que con toda seguridad su población sufriría y antes o después habría de volver al redil del buen camino humillado y sus gentes empobrecidas.

 El patrón oro en suma no era un sistema para soñar, sino para que todo el mundo aprendiera a adaptarse a la dura realidad de la vida. Un sistema lógicamente detestable a ojos de los que soñaban  en un futuro inmediato mejor, más igualitario, más justo y más fácil; un odioso sistema conservador e inhumano. Por ello, desapareció entre 1914 y 1939 con el acceso progresivo al poder de los partidos “futurizantes”  (socialistas, socialdemócratas, socialcristianos, comunistas, fascistas) que consideraban que el “patrón oro” era una conjura de los ricos de siempre (personas o países) para mantener las cosas inalterables. Por un tiempo se practicó la emisión libre de dinero en manos de los gobiernos, según los objetivos que quisieran alcanzar. El resultado fue catastrófico: se acabó el comercio internacional, llegó la pobreza a cada país encerrado en sí mismo, se terminó con la libertad individual y todo confluyó finalmente en dos terribles e inhumanas guerras mundiales y su colofón: el lento camino de la pobreza de la mitad oriental de Europa, empeñada en un imposible durante cincuenta años.

 Lección aparente: nada tiene solución.

 Lección de verdad: los que encontraron un punto de equilibrio entre la triste realidad de la vida (el patrón oro) y la necesidad de soñar (libre emisión de dinero) prosperaron.

 El equilibrio fue la creación de un sistema (patrón dólar) garantizado por un compromiso internacional (FMI) con razonables posibilidades de cumplimiento tanto por la experiencia desastrosa de no hacerlo (el miedo a la situación de la que se venía) como porque el bastión del mismo (EEUU) tenía capacidad económica, orden y estabilidad social y política suficientes como para mantener el valor de su moneda, que desde entonces sería la de todos, inalterable como el oro. Este orden dejó margen a las emisiones “sociales” de dinero acompasadas de forma bastante eficiente por la evolución de la productividad, sustentada en los avances tecnológicos, educativos y organizativos y la cultura de moderación que impregnaba a las generaciones que habían sufrido un largo período de sufrimiento; con lo que la inflación fue sostenida siempre pero moderada. Los de abajo mejoraron  notablemente el nivel de vida no tanto por trasvase de riqueza de los de arriba (cosa que no les sirvió de nada a los países del Este) sino por sacar mejor partido de su trabajo. Así llegó mejor o peor parado nuestro sistema de “economía social de mercado” (el único que ha demostrado verdaderamente utilidad) hasta nuestros días.

 Lección: la clave está en un patrón de dinero estable unido a una mejora de la productividad y ambas cosas van unidas; o más bien las cosas funcionan bien para todos cuando ambas cosas van unidas.

 Sobre esa base se creó el euro cuando el imperio del dólar ya flaqueaba, para mantener la prosperidad al menos en Europa. Poniendo la emisión de dinero en una autoridad independiente de los gobiernos nacionales y sostenida esa independencia no ya en normas jurídicas que siempre pueden cambiarse con relativa facilidad, sino en el miedo de moverse uno afectando a los demás y en los intereses creados del más fuerte, Alemania, el euro es como el patrón oro antiguo: sólo los técnicos o el comercio internacional (ámbito de libertad por la anulación de poderes de unos frente a otros) determinan su valor y ninguna autoridad política nacional puede disponer de dinero alegremente, afectando a su valor, para responder a las exigencias de según qué sectores de sus poblaciones respectivas. Sólo un acuerdo de todos lo puede hacer, pero en ese caso todos tendrían que sentir los mismos problemas, cosa absolutamente imposible en lo que es hoy día la Unión Europea: un simple “mercado común” con un poco de retórica. Las personas y los países sólo podemos mejorar nuestras condiciones de vida con el esfuerzo, la inteligencia, la habilidad y el orden social interno.  Esta es la clave del progreso y con respecto a los demás es, si lo hacemos mejor que ellos, de nuestra mejora relativa, pero si lo hacemos peor, de nuestra desgracia: en este caso viviremos durante un tiempo de lo que nos presten tanto más caro cuanto más necesitemos y al final, si no podemos pagar, se nos embargará (aunque parezca que lo hace el banco de la esquina) y se nos despreciará y, nosotros nos echaremos las culpas los unos a los otros.

 Estamos en este punto o, seamos compasivos, entrando en este punto, porque hicimos la “machada” de entrar en el euro sin haber arreglado la casa de verdad: pusimos las cuentas en orden (redujimos el déficit público, abrimos nuestras fronteras, moderamos nuestras exigencias salariales, liquidamos las empresas insostenibles). Hicimos bien no queriendo ser pobres de por siempre, pero no pusimos en marcha las medidas, o no nos mantuvimos en la dirección correcta de las medidas que con el tiempo nos hicieran producir más, mejor y más eficientemente, o al menos igualmente, que los otros socios del euro. Nos dedicamos a sacar pecho de “ser” la octava potencia y a disfrutar de la vida y al final nos hemos quedado progresivamente  vendiendo cada vez menos a los demás, comprándoles cada vez más y, en consecuencia sin euros (oro). Y claro, no tenemos otra forma de salir de esta si no es aprestándonos todos (ricos y pobres) a sufrir ahora para no tener que sufrir mucho más mañana. De hecho ya estamos en ello, como cuando el patrón oro, porque como podemos comprar menos y hemos reducido nuestra actividad se nos ha provocado una deflación que está abaratando nuestros productos y exportando algo más: un buen ejemplo de que no hay solución sin sufrimiento. Pero nuestra escasa productividad no nos permite ahora el reparto. Sería hermoso que el mundo fuera otro, que el hombre fuera otro; me gustaría ser un sacerdote de la esperanza cristiano o ateo, que para el caso es lo mismo pues nos cuestan más o menos lo mismo y seguramente dan el mismo rendimiento, pero soy un simple economista. Esto es lo que hay. Será un gobernante serio aquel que le pida sufrimiento a la gente, le explique por qué y para qué y no cree expectativas falsas.

 

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