1/Noviembre/2009

De forma lógica y natural, tras la debacle económica de 2008 y la depresión que hemos ido arrastrando durante 2009, los medios se centran este otoño en la especulación sobre la salida de la crisis, oteando el horizonte para distinguir y discernir los “comienzos de la recuperación”. También, descartada ya una crisis en forma de V, se elucubra sobre la W, la U, la L…. y la efectividad de las medidas expansivas que los gobiernos pusieron en práctica a los pocos meses de estallar la burbuja especulativa que la inició.

 Lo inquietante de las políticas keynesianas ante una crisis es que su efectividad se ha demostrado sólo en el corto plazo,  pues tanto en 1933 en Estados Unidos, como en 1996 en Japón y desde 2008 en todo el mundo postindustrial, las medidas de déficit spending: endeudamiento masivo de los gobiernos para sostener el sistema financiero y fomentar las obras públicas, reduciendo o no al mismo tiempo los impuestos, no han demostrado efectividad económica más allá de “contener la debacle”, lo que  no es poco y, por tanto de antemano hay que  reconocer su oportunidad y su grandeza. Pero “parar el golpe” no es recuperar.

 No hay que olvidar que en la gran crisis de los años 30 del siglo XX, tras la reactivación que supusieron tanto en Estados Unidos como en Europa las medidas reflaccionistas, hacia 1937 el mundo estaba otra vez sumido en la depresión y Keynes, en definitiva humano y por tanto vulnerable a la vanidad de ver que sus remedios daban resultado en algún sitio, no ocultaba sus simpatías por la osada política económica, masivamente expansiva de Hitler…… y hay acuerdo entre todos los historiadores económicos que sólo la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) provocó dramática y sanguinariamente el “ajuste” en la economía real, que no se había querido o podido hacer antes con el laissez-faire, el librecambismo y el patrón-oro (es decir el libre mercado nacional e internacional). Sin embargo, provocado ese ajuste con tan terrible conflicto, es decir, desaparecido un ingente número de industrias ineficientes, aplicados con urgencia nuevas tecnologías, procedimientos organizativos, reducidas notablemente las expectativas de grandes masas de la población  y manifestada la imposibilidad de funcionar encerradas las economías nacionales, tanto Estados Unidos como Europa estuvieron desde 1947 en condiciones de que prosperaran los dos elementos esenciales de la política keynesiana posbélica: incremento de la vigilancia por los gobiernos de los flujos financieros tanto nacionales como internacionales y crecimiento expansivo (generador de crecimiento económico) del gasto público. No hay que olvidar nunca que, por el contrario, allí donde ese ajuste dramático en la economía real y en las expectativas sociales no se dio (por ejemplo los países latinoamericanos) la contumacia durante los años 50 y 60 en las políticas públicas expansivas supusieron un fracaso estrepitoso, justificando el término de “camino hacia el subdesarrollo” con el que se bautizó la marcha real de algunos países como Argentina, que pretendían utilizar esas políticas precisamente para “salir del subdesarrollo”. En España, por ejemplo, dieron resultado esas políticas, los Planes de Desarrollo, sólo después del gran ajuste del “Plan de Estabilización” de 1959.

 La prolongada crisis japonesa de las dos décadas a caballo de los siglos XX y XXI es, por contraposición, otra corroboración de la inutilidad, más allá de sus primeros momentos, de una política keynesiana que no vaya acompañada de un ajuste que restablezca condiciones económicas, técnicas y sociales que favorezcan la inversión productiva (lo que hoy llamamos cambios estructurales). La gran burbuja especuladora japonesa entre 1985 y 1990, concentrada en gran medida en el sector inmobiliario y alimentada con una política de bajos tipos de interés, y facilidades crediticias, estalló en 1990. Tras una pasividad inicial parecida a los años 30 en Estados Unidos, el banco central y el gobierno reaccionaron con una política contra cíclica de apoyos a la banca, gasto público y expansión monetaria, llevando hasta cero el tipo de interés, con lo que la deuda pública se situó en el 140% del PIB y sin embargo no se consiguió con ello que la banca comercial prestara a las empresas (¿les suena esto?) con lo que el estancamiento de la economía nipona durante más de década y media se ha convertido en un paradigma de la economía de nuestros días. Todos los especialistas serios al respecto concluyen que el problema reside en las características disfuncionales para el crecimiento económico que la sociedad japonesa (en otros tiempos “la más eficiente”) fue acumulando desde los años 80 del siglo pasado, enmascaradas no obstante por una consciente política de moneda débil. Dicho en otros términos, desde entonces las empresas y todo el sistema socioeconómico japonés fueron perdiendo productividad en una forma tan difícil de asignar a un solo factor que se le suele llamar “multifactorial” o residuo de Solow (no dinamismo en el cambio técnico).

 En la depresión actual estamos de momento todavía en las medidas expansivas, correctas, para reducir la dureza de la debacle inicial, pero con una  mirada aun excesivamente vuelta hacia atrás, que prima el juicio negativo y contrito sobre la desregulación de los mercados financieros y el optimismo político que llevó a no percibir el excesivo carácter especulativo de las inversiones; pero no conviene seguir lamentándose por más tiempo ante lo ya pasado, sino analizar en todo caso esos acontecimientos a la luz del planteamiento racional del homo economicus: sus decisiones se orientan buscando la mayor efectividad de sus esfuerzos y si las inversiones se fueron a la mera especulación y no a la economía productiva fue porque en ésta no encontraba tasas de ganancia comparables o facilidades relativas para hacerlo. Lo jurídico, diseñando límites y prohibiciones en unos casos y otros es ciertamente importante, pero en el mecanismo económico total,  es accesorio en cualquier caso. Lo importante es el aumento de la capacidad productiva que, a su vez, depende de un sistema de leyes, usos, valores, orden social, político, etc. que favorece o dificulta la inversión en procedimientos que la hagan crecer y del grado de endeudamiento al que hayan llegado sus habitantes en relación a su renta. Por eso, en esta depresión, con similares políticas monetarias y fiscales expansivas y pensando en un espacio temporal de diez años, unos países saldrán pronto de la depresión, otros se aletargarán durante largo tiempo y por último otros sólo tendrán una apariencia de mejora haciéndose partícipes regionales de un área en la que haya territorios más productivos.

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