30/Junio/2010

 La reunión del G-20 en Toronto el pasado  27 de Junio  ha reflejado lo difícil que es llegar a un acuerdo entre los gobiernos de las principales economías del mundo para enfrentar la crisis económica que afecta a las “tradicionales” economías desarrolladas. Y hago hincapié en el término “tradicionales” porque es el carácter no general de la crisis, sino el hecho de que sea sólo de estos países, el que constituye el nudo principal de la imposibilidad de llegar, de momento, a un acuerdo.

 Desde el punto de vista económico, los problemas de EE.UU, de la UE  y de los “países emergentes” (principalmente China) no son coincidentes en el corto plazo y por ello cada una de estas partes quiere poner en práctica políticas económicas distintas, que llegan a ser contradictorias entre sí.  EEUU quiere aplicarse a una política que de forma directa impulse la actividad económica, siguiendo el Estado, si es necesario, inyectando liquidez al sistema mediante gasto público y bajos impuestos. Los gobiernos de los países de la UE quieren dedicarse a reducir el gasto público y, eventualmente, subir los impuestos. Los de los países emergentes quieren, sencillamente, no hacer nada, que las cosas sigan como están. En esta situación las negociaciones no pueden ser sino un simple “diálogo de besugos” y la idea de una “gobernanza mundial” se convierte en una simple palabra sin visos de hacerse realidad. Y esto es así porque no todos necesitan esa gobernanza. En el corto plazo tal necesidad es, sólo de los europeos, y ello para mantener nuestro nivel de vida y nuestra posición en el mundo, pero ¿por qué los demás nos tienen que ayudar en tal propósito?. Sólo podemos esperar que, como siempre, se ayude a alguien si sus problemas amenazan a los demás.

 Estados Unidos puede lanzarse ya a una política de “reflación” (impulsar la actividad económica sin grandes temores a la inflación) porque es consciente de que aparte de tener una abundante cantidad de recursos ociosos provocada por la depresión, tiene unas estructuras productivas (entre ellas unas relaciones laborales) lo suficientemente flexibles como para que esa reflación no se convierta en simple inflación, pérdida de capacidad competitiva y, por tanto, al final, en más recesión. El Estado y los particulares están, ciertamente, muy endeudados, en última instancia con los países emergentes, pero saben que tras haber saneado el sistema financiero, su productividad y flexibilidad del sistema productivo, son capaces de generar una tasa de crecimiento y de ahorro suficientes como para enjugar ambos endeudamientos en un plazo prudencial y más aun cuando su acreedor principal, China, tiene vinculada su suerte, a corto plazo,  a la de Estados Unidos. En suma, el gobierno de Estados Unidos va a parecer de cara a los ciudadanos corrientes del mundo en los próximos tiempos, como el “simpático” del escenario, pues ha dejado de pedirle nuevos sacrificios a su población.

Los gobiernos de los países de la UE ¡ya quisieran poder ser tan simpáticos como el de EEUU! sin embargo, no tienen más remedio que poner en práctica políticas de ajuste fiscal, más o menos duras dependientes del nivel de endeudamiento y de la eficiencia de sus sistemas productivos que, en cualquier caso de forma general para toda la UE, es inferior a la de los emergentes y a la de EEUU. Para volver a empezar a crecer y que este crecimiento sea capaz de generar empleo de forma perceptible, no hay más remedio que terminar de sanear el sistema financiero, extraer el ahorro de la población para pagar el endeudamiento acumulado y mejorar notablemente nuestra productividad. En suma, un programa de sufrimiento. Si no hubiera competidores extraeuropeos el sufrimiento se podría compartir entre todos loe europeos, pero dado que siempre habrá unos productores chinos, o indios, o brasileños, o incluso canadienses, dispuestos a producir más y más eficazmente que nosotros y con menos, no puede ser entendido por los europeos más eficientes (por ejemplo los alemanes) que deben sacrificarse por los menos eficientes (por ejemplo los españoles). Aquí, en la Europa mediterránea pues, y en particular en España, no nos queda más que tragarnos el ajuste a “palo seco” pues nuestra NAIRU (tasa natural de paro: aquella bajo la cual no se incrementa la producción y simplemente se crea inflación) es nada menos que del 12%. Y teniendo en cuenta que si hacemos bien esos deberes, reduciendo de momento nuestro nivel de vida y trabajamos desde ahora más por menos, seguiremos mínimamente amparados por la Unión Monetaria, de lo contrario, habremos de irnos a las inciertas tinieblas exteriores, sin nadie que nos dé el más mínimo amparo. Es natural pues que nosotros queramos una gobernanza global, o al menos europea, que pueda hablarles con fuerza a los mercados y a nuestros competidores, pero para que ello sea imaginable sería preciso que éstos sintieran el mismo vértigo ante la situación, que no es el caso a corto plazo.

 Finalmente, no debe pues extrañarnos que China, India y Brasil no hayan querido saber nada de regular coordinadamente los mercados financieros y sencillamente hayan dado un palmadita en la espalda a los gobernantes europeos deseándoles tengan éxito en sus medidas de ajuste fiscal. En esta crisis les está yendo bien y  como acreedores de todos solamente se han permitido un moderado gesto de cooperación internacional, revaluando China tímidamente el yuan para ayudar a la reflación norteamericana, pues de manera inmediata, sólo una recaída de EEUU en la depresión y una desvalorización del dólar podría ser un peligro para ellos  ¿por qué habrían de hacer más si les va bien? ¿por qué habrían de renunciar a puestos de trabajo de sus gentes a favor de las del tradicional mundo desarrollado, o a favor del mantenimiento de nuestro estado del bienestar?.

 En el largo plazo esto, por supuesto puede ser el preámbulo para una debacle general, como ya ocurrió en el primer tercio del siglo XX, cuando la potencia económica emergente (EEUU) y acreedora de todos, no estuvo dispuesta a devaluar y dejar elevar sus costes de producción internas, sacrificando parte de su producción y los países europeos no estaban en condiciones políticas y sociales de imponer un ajuste drástico a sus poblaciones. Pero es lo que hay. Para lo que a nosotros, Europa, afecta, no tenemos más cera que la que arde: competir por ajustes a cada cual más drásticos, suavizados sólo por nuestra capacidad de cooperación interna que, de momento, tampoco se vislumbra en el horizonte pues no nos fiamos unos de otros.

 No deja de ser paradójico que la frase que Keynes pronunció para justificar su defensa de la reflación: “a largo plazo todos calvos” tengamos ahora los europeos, y en particular los españoles, que emplearla para defender el ajuste, pues por este camino, consecuencia de una comprensible falta de cooperación internacional, en el largo plazo iremos todos mal, pero el asunto es que sobrevivir es cuestión, como él vio en su día, del corto plazo.

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