1/Junio/2009

Ni la historia se repite, ni nada es completamente nuevo. Estos dos términos contradictorios se pueden aplicar a todos los acontecimientos con los que nos enfrentamos a diario, como el de la crisis económica en la que nos encontramos y el de las posibles alternativas para salir de la misma. Esto es así porque, por una parte, el sujeto activo y pasivo de la economía, el hombre, no ha cambiado en su conformación psíquica desde que apareció el primer “Cromagnon” sobre la tierra y, por otra, porque algo cambian las circunstancias en las que actúa ese hombre, como consecuencia de su propio trabajo a lo largo de los siglos. Y digo “algo”, porque lo esencial sobre lo que diariamente tenemos que tomar decisiones ya seamos trabajadores, empresarios, gobernantes, rentistas, filántropos o estafadores, ha sido, es y será siempre esencialmente lo mismo: cómo cubrir nuestros insaciables y siempre nuevos deseos, con los medios inevitablemente limitados que hay. En esta angustiosa carrera que sólo se acabará con la extinción de la especie humana, se generan organizaciones (estructuras) sociales y políticas, que lidian de distintas formas con las funciones en las que se expresa en la práctica esa carrera: producir, distribuir, ahorrar, consumir. Pero como es fácil colegir, el elemento principal que puede permitir juzgar en el mismo tiempo y a través del tiempo qué organizaciones son las más adecuadas, es el de la producción, porque sin ella todo lo demás no existe: no habría nada que distribuir, ni ahorrar, ni consumir.

Los sistemas sociales son estables, mientras dan más soluciones que problemas a las esperanzas que la mayoría tiene depositadas en ellos (y esperanzas hay tantas como individuos) y son inestables en caso contrario. En la historia pues podemos encontrar multitud de ejemplos que nos sirven para entender qué está pasando en este período de crisis, que no es sino un momento más en el que la producción necesaria para satisfacer las necesidades que nos hemos creado, se ve trabada por las estructuras que surgieron y fueron eficaces en otros tiempos  para producir  lo que nosotros mismos hicimos necesario antes, pero que ya no lo son.

Para ilustrar lo dicho, voy a poner como ejemplo  una situación alejada de nuestro tiempo nada menos que por cinco siglos: lo que le ocurrió a Italia frente a Los Países Bajos hacia el siglo XV: el tradicional centro industrial más importante de la Europa de entonces, que era el formado por  las ciudades del norte de Italia, entró en una depresión liquidadora al tiempo que prosperaba la economía de Flandes (parte de la Bélgica de hoy día) y de Holanda después.

Destilando las circunstancias que fueron radicalmente distintas en un lugar y en otro de todo el conjunto de acontecimientos bélicos y políticos, que los hubo favorables y desfavorables en ambos polos geográficos, los historiadores económicos casi sin excepción estamos de acuerdo en que lo determinante para entender esa disparidad fue la ruptura en Flandes de los privilegios  gremiales. Esos eran organizaciones de productores que administraban las regulaciones de la producción, las relaciones de trabajo, el poder en las ciudades, la formación profesional, la asistencia social, etc. y que por mor de defender a los que tenían trabajo y conocer los arcanos de la producción y estar organizados para controlar las instituciones políticas que se lo garantizaban, llegó un momento en que, con el inevitable crecimiento de la población y la creación de necesidades nuevas,  impedían que los que estaban fuera del sistema ya fuera con capital (mercaderes) o con trabajo disponible: lumpen urbano y campesinos con tiempo sobrante, entraran en la producción de bienes y de ahí pudieran participar en la distribución de los mismos.

A diferencia de Flandes, en Italia esa ruptura no ocurrió, sino justamente lo contrario: los gremios , dominando la toma de decisiones políticas, impidieron que nuevas tecnologías, desarrolladas como siempre allí donde circunstancialmente hubiera habido un aire de libertad (y de esto siempre hay algún nicho en el ancho mundo aunque sólo sea temporalmente) y nuevos sistemas de organización de las empresas, desplazaran a las tradicionales relaciones de trabajo y de poder consolidadas y dificultaron que productos más adecuados a las necesidades que se inventaban por una población creciente se fabricaran. Ocurrió pues lo inevitable: Italia quedó  atrapada en la elaboración de artículos de mercado declinante, enfrascada su sociedad en disputas por el reparto de  unas rentas cada vez más menguadas, unos puestos de trabajo cada vez más escasos, quebraron las finanzas de las ciudades-estado, y se incrementó progresivamente el intervencionismo represivo de los poderes públicos buscando  “ordenar la miseria”, con lo que acabó dándose de hecho una prima a los que se escapaban del sistema que,  como poderosos o como dependientes, volvían a una vida rural de grandes propiedades agrarias o de economía de subsistencia. En conjunto todo esto significaba la reducción progresiva del nivel de vida de los vivos y menores posibilidades de crecimiento demográfico. Al cabo del tiempo, las otrora urbes comerciales e industriales del norte de Italia, eran simples centros de unas oligarquías agrarias que moteaban unos espacios rurales de vida pobre y sin horizontes.

En Flandes por el contrario, los mercaderes, con el apoyo de un poder político (el real) que pugnaba por consolidarse frente a las autonomías ciudadanas dominadas por los gremios, consiguieron  quitarle a estos la producción de bienes, sacándola las ciudades y estableciendo relaciones de trabajo con las campesinos sin reglamentaciones, en una forma contractual privada semejante a lo que hoy llamamos “externalización”: los mercaderes entregaban materias primas a las familias campesinas, fijaban la relación trabajo-capital sobre una base de destajo por unidad, establecían qué, como y a cuanto se producía y se ocupaban de encontrar los mercados más adecuados para esos productos, buscando adaptarse a lo que se les pedía. En suma, lograron abrir las compuertas de la reducción de costes y de la eliminación de las trabas a la innovación. Los historiadores económicos hemos llamado a estas relaciones “putting-out-system” y estamos de acuerdo en que de ellas surgió un proceso de crecimiento económico tan sólido y continuado, que cuando lo vemos generalizado en Holanda primero y en Inglaterra después, le llamamos al “protoindustrialización”, porque de él y no de la evolución de los gremios, llegó más adelante la “revolución industrial”, con la que se elevó el nivel de vida de los ciudadanos en una forma desconocida hasta entonces, demostrando que era el camino correcto del crecimiento en los siglos de la Edad Moderna que entonces nacía.

Esta historia que con matices diferentes, definidos por la evolución de la tecnología, el volumen total de población involucrada y los productos concretos afectados, se puede encontrar en todos esos momentos en los que hay una significativa evolución del conocimiento y unas crecientes masas de población “alienadas” del sistema de privilegios y garantías sociales establecidos y que ven sus voces e intereses ocluidos ante los  situados. Y su mareja es que las estructuras sociales que  parecen defender a la mayoría existente y por venir, suelen ser precisamente las que llegado un momento son un obstáculo a la salida de las crisis y a la inauguración de una nueva etapa de progreso y de esperanza. Y en esas estamos ahora, como siempre.

 La política y por tanto la política económica es el arte de lo posible, pero necesita partir de un objetivo prioritario. A mi juicio, el de ahora para España es el restablecimiento de unas condiciones competitivas  de nuestra producción, lo que ha de llevar a abandonar algunas ramas productivas, reducir costes en relación a los demás en otras y descubrir nuevas en las que seamos capaces de tener alguna ventaja comparativa, porque diseñar el mundo a favor de nuestros deseos no está al alcance de nuestras posibilidades por muy injusto que nos parezca. Y la tortilla de todos estos ajustes no se puede hacer sin romper privilegios por muy europeos y consolidados por la historia que nos parezcan. Eso lo saben nuestros políticos, pero a veces no se atreven a decirnoslo claramente y por eso los debates electorales parecen discusiones escolásticas sobre el sexo de los ángeles.

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