18/Octubre/2010

 Hay que prestar atención a la extraordinaria tendencia alcista que está registrando el valor del oro. De 2007 aquí su valor se ha más que duplicado, habiendo pasado de cotizarse la onza (28.4 gramos) de 630 $ a 1400 $. Pero no hemos de pasar por alto que en Octubre de 2000 su valor era de 240 dólares y que algunos colegas como Kennet Rogoff  no descartan que pueda llegar no muy tarde hasta los ¡10000 dólares!.

 El oro representa la medida de nuestros miedos. Cuanto menos se confía en la salvaguarda de nuestros ahorros en forma de dinero, acciones, deuda pública, casas, terrenos, contratos de seguros o cualquier otra cosa que nos ofrezca el mercado, los gobernantes o la imaginación, más confiaremos en una cosa que es escasa pero que la historia nos ha demostrado que siempre valdrá algo porque siempre habrá alguien que la quiera. Esa cosa es el oro, que es la idea de recurso de última instancia que el “homo sapiens” (especie fuertemente dependiente del miedo para su supervivencia) ha creado, a semejanza de su otra gran creación de igual objetivo: Dios.

 El oro sube con la incertidumbre. En los años 30, durante la Gran Depresión el precio del oro se duplicó (de 17.06 $ en 1931 a 34.7$ en 1937) y con el abandono de EEUU del patrón-dólar-oro en 1972 y la crisis del petróleo de los años 70-80 el precio pasó de 58.42 $ a 615$ en 1980). Luego, con la resolución de esa crisis, la globalización, etc. El oro se fue olvidando a medida que los “mercados” ofrecían a masas de población cada vez mayores, oportunidades de ganar con sus ahorros, grandes y pequeños, o al menos tenerlos seguros, en una multitud operaciones inmobiliarias, de títulos, etc., cayendo lentamente su valor hasta el año 2000.

 En los años 90 se estaban erosionando ya las bases de nuestras certidumbres: un crecimiento económico en el que los establecidos (es decir, los habitantes del que entonces se llamaba Primer Mundo -¿Quién se acuerda ya de este anacrónico nombre?) parecíamos seguros de que el mundo iba a seguir siendo el mismo y, por tanto, nosotros podíamos estar igual o mejor en el futuro, pero nunca peor. La erosión era consecuencia de que a ambos lados del Atlántico Norte, es decir en Estados Unidos y Europa, empezábamos a vivir por encima de nuestras posibilidades: aumentábamos cada año más nuestros gastos que lo que añadíamos a nuestra producción, es decir, empeorábamos nuestra productividad y, sobre todo, en relación a unos nuevos llegados (los países emergentes antes despreciados).

 Ya he analizado en otras ocasiones las bases de ese sobrepaso en nuestras posibilidades, nada extraño por otra parte en la historia de la humanidad y que en nuestras dos últimas generaciones tomó el carácter de ideología (los “avances sociales irrenunciables” como si eso dependiera de la voluntad). Los gobernantes, de derechas y de izquierdas, demócratas y republicanos para el caso americano, no hicieron sino alimentar los deseos de sus poblaciones respectivas. Tanto da que los de derechas bajaran impuestos y al mismo tiempo redujeran tipos de interés dejando dinero en los bolsillos de los ciudadanos, que los de izquierdas aumentaran los impuestos y con ellos gastaran a favor de los ciudadanos. El resultado final era un extraordinario aumento del dinero en circulación que hacía a la gente sentirse rica y feliz: con dinero hay crédito a bajo precio, las familias y empresas se endeudan invierten y consumen, se crean trabajos, los gobiernos se endeudan también …… hasta un punto en el que hay más oportunidades de colocar dinero en la obtención de beneficios por la mera subida del precio de las cosas que de producir cosas; es decir, llega la burbuja especulativa, estalla y se pone en marcha la lógica de que no se pude dejar que las cosas sigan a más y tiene que venir una aun mayor  intervención de los gobiernos, inyectando más dinero en el sistema para salvar bancos y a través de ellos las esperanzas de todos.

 Ludwig Von Mises  puede gustar más o menos a las gentes que despotrican de todo lo que lleve la marca “liberal” pero fue impecable en su razonamiento sobre la expansión del crédito: “No hay medio de evitar el colapso final de un boom producido por la expansión del crédito. La alternativa es sólo si la crisis ha de llegar antes como consecuencia del voluntario abandono de la expansión …. o más tarde como una final y total catástrofe del sistema monetario”

Cuanto más dinero haya en circulación y menos responda la economía real del país o área que la genera, incrementando la producción, menos valdrá el dinero del país respectivo. Y buena parte de la incapacidad de recuperar un ritmo adecuado de producción tiene que ver con el tiempo perdido en relación a los nuevos competidores. Un simple ejemplo lo ilustra: al comienzo de la crisis, el centro por excelencia hasta ahora del desarrollo tecnológico del mundo, Silicon Valley (California) decidió dar un giro a sus inversiones hasta entonces centradas en las tecnologías de la comunicación, hacia las de las energías renovables, colocando en ello tanto empresas privadas, como instituciones públicas, miles de millones de dólares: pues bien, ahora que algunos de los desarrollos iniciados se han hecho realidad, especialmente en nuevos materiales y sistemas que hacen muchísimo más eficiente la utilización de la energía solar, resulta que China está en condiciones de poner en el mercado materiales y procedimientos similares a precios bastante más baratos. Según los norteamericanos, en la base de esta competitividad no está sólo la aceptable por todos mayor eficiencia productiva, sino que, siguiendo con su irritable política del de “ir al paso y con prudencia en las reformas” el gigante chino no está dispuesto a liberalizar el mercado de divisas. Esa liberalización, dadas las enormes reservas que acumula, revaluarían automáticamente el yuan y harían menos competitivos los productos chinos. Esto está en el fondo de la “tirada de toalla” de la Reserva Federal iniciando la que ya se llama, como en los años 30, la “guerra de divisas”, es decir la devaluación del dólar de hecho, mediante el mantenimiento de una política de introducción de cantidades masivas de dólares en el sistema, de momento todavía de forma “ortodoxa” (deuda pública) pero anunciando ya que va a empezar a darle a la “máquina de hacer dólares” sin más. Los parados americanos lo exigen a su gobierno y cuanto más pacíficos ciudadanos parecen ser, es decir, más demócratas y menos republicanos, más empiezan a pedir “guerra, guerra, guerra”…….. de divisas de momento.

 Esto, lógicamente, se parece mucho a lo que tuvo que hacer Inglaterra en 1931 para defenderse de la imparable competencia de la producción americana de entonces: devaluar la libra, terminando así con el “Patrón Oro”. También la Unión Europea parece la Francia de entonces, empeñada en salvar el sistema convirtiéndose entonces ella en la defensora de la “ortodoxia” y buscando tener un franco estable sostenido por el oro, que al final, dado que no podía ser soportado por su población, terminó como todo esfuerzo imposible, en un desastre peor.

 Por tanto, estamos en la inseguridad más absoluta. No sabemos hasta donde va a bajar el dólar, no sabemos si esa bajada va a ser capaz de doblar la cerviz a China y si los europeos vamos a ser capaces de aguantar el permanente ajuste a que nos lleva un euro fuerte (producto de una política monetaria más restrictiva que la de la Reserva Federal americana) porque no sabemos si esos sacrificios van a resultar en la mejorara de nuestra competitividad, dadas las devaluaciones de todos los demás. Si esto no se para, vamos a ir entrando, como ya escribía hace un año, en el proteccionismo y eso si que es la guerra.

 ¿Extraña pues que en estas circunstancias el precio del oro esté disparado?. No lo está como consecuencia de una inflación, pues la subida de su precio es en términos reales, descontada ésta (corregido el precio del oro de la tasa de inflación su valor sería actualmente de 1660 $, no habiendo alcanzado aún el pico máximo de 1980: 1771$, pero  subiendo desde 2000 ya más años que entonces. Pero ajustado a un índice más fiable como es el de los precios de las materias primas, ya ha rebasado con creces aquel pico máximo). No lo está sólo con respecto a su moneda de referencia, el dólar, sino con respecto a todas las monedas significativas del mundo. Y no es una subida momentánea, pues lleva diez años escalando imparablemente y, además, de forma exponencial, es decir, cada vez más rápido. Es la expresión del miedo.

 Pero el oro, como expresión de Dios que es, es inescrutable. Nos agarraremos a él, pero dejaremos nuestra voluntad en sus manos sin saber cuando dejará de ayudarnos, por ello da tanto más miedo cuanto más poderoso se nos presenta.

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