Algunos comentaristas españoles plantean como alternativa a las políticas de “ajuste” monetario y fiscal que se están aplicando en la eurozona,  las de expansión que están  llevando a cabo el gobierno y la Reserva Federal en Estados Unidos. Esto lo ponen como ejemplo de la deriva política de derechas que está tomando Europa y la de izquierdas que, de momento todavía,  representa en EEUU la presidencia Obama.
Pero el elemento verdaderamente significativo que está determinando la diferencia de política a un lado y otro del Atlántico, no es ideológico, sino la diferente capacidad de  lidiar con la crisis económica en la que estamos sumidos.
Aunque sabido desde el primer momento, es ahora cuando se está explícitamente reconociendo que la crisis financiera era consecuencia de la inadaptación de las políticas económicas nacionales a la realidad de la economía mundial. Desde 1999, cuando China entró en la Organización Mundial de Comercio, Estados Unidos no estaba resistiendo la competencia  de nuevos países “emergentes” asiáticos, sino que más bien su tecnología, su iniciativa empresarial y su capacidad de consumo estaban “escapando” hacia esos nuevos lugares con  mano de obra abundante, disciplinada y sorprendentemente, dispuesta  a absorber rápidamente la experiencia acumulada en el hasta entonces “primer mundo”. Pero esa competencia no se manifestaba en una erosión del bienestar de los habitantes de USA, sino por el contrario, en una gran estabilidad de precios unida a un crecimiento de la renta, gracias a  la reinversión en los propios EEUU de los beneficios generados en esos países emergentes (la llamada “gran moderación”).
Lo mismo podríamos pensar que ocurría en Europa. Pero no es enteramente así:  un supuesto “comercio exterior” consolidado de la Eurozona registra una balanza bastante equilibrada. Y ello gracias fundamentalmente a que Alemania es una gran proveedora de productos elaborados para China y a que muchos de los países de la eurozona, como España, realizamos el grueso de nuestras transacciones “exteriores” exclusivamente dentro de la misma Europa. De este modo el viejo continente como un todo no vive un “shock competitivo”  tan dramático como es el caso de Estados Unidos. Por el contrario, la crisis financiera en Europa da lugar a un “ajuste de cuentas” entre los  proveedores de capital financiero (Alemania y los países nórdicos) y los  “manirrotos gastadores” (los llamados países PIGS), mientras que en Estados Unidos ese ajuste de cuentas se prevee entre ellos y China.
Pero los platos rotos entre dos colosos los podemos pagar los demás. Una manifestación de ello ha sido el magro acuerdo alcanzado el pasado 23 de Octubre en la cumbre del G-20 en  Gyeongju (Corea del Sur) por el que la reorganización del poder dentro del FMI se hará a costa de Europa. Pero el poder real a corto plazo  está en el efecto que la actuación de un país puede tener sobre los demás. El poder de EEUU  se manifiesta en la seguridad que siente si deja depreciar el dólar y, en sentido contrario,  la debilidad de Europa está en la dificultad  real que tiene de luchar contra la apreciación del euro.
Una depreciación es signo de debilidad, pero también una manifestación de confianza en la recuperación de la economía del país que la propicia. América, como era de esperar, está poniendo en marcha su arma más poderosa para “hacer pagar al competidor” sus problemas: exigir el encarecimiento de los productos chinos mediante la revaluación del yuan o, en caso contrario, abaratar el dólar emitiendo tantos como la creación de puestos de trabajo exija su población. Estados Unidos considera que puede impulsar monetaria y fiscalmente el consumo interior  no ya porque el  dólar es la moneda internacional, sino porque tiene confianza  a largo plazo  en la capacidad productiva del país y que, por tanto, en que  no hay de momento alternativa al dólar como divisa internacional.
Para cuando China, eventualmente, haya sido capaz de incrementar significativamente la capacidad de su mercado interior, América confía en haber resuelto la readaptación de su sistema productivo a  la nueva realidad, como muestra, por parte demócrata, el reciente libro del antiguo miembro del gobierno Clinton, Albert Reich¨: “Aftershock. The next economy and America´s future“. También confían en ello los republicanos, aunque quieran seguir un camino más directo pero socialmente más complicado: reducir aún más de lo que se hecho desde 1980 la financiación pública del “estado del bienestar”, pero están dispuestos a gastar en otras cosas, como infraestructuras.
Lo lograrán porque América, a diferencia de Europa, tiene un potencial productivo renovado y, sobretodo, una sociedad que en estos años se ha acostumbrado más que antes si cabe a invertir en recursos humanos, como se demuestra por el gasto  privado en educación superior (índice más expresivo del valor social que se le da a este factor, que el gasto público ). Por ejemplo, si en el año 2000 como media los estados ponían el 48% de los recursos de sus universidades públicas, un 19% las familias y el resto lo obtenían en el mercado privado y público de la investigación, hoy esa situación se halla invertida: 20% los estados, 46% las familias; pero no ha descendido el montante total que se destina a educación superior e investigación, se ha restado de otras partidas.
Europa, por el contrario, no parece tener más alternativa que verlas venir: metida en sus nacionalismos disfuncionales y sus prejuicios norte-sur, obligará a ajustarse a los países endeudados que no tendrán más remedio que reducir el consumo y no podrán invertir en mejoras productivas. El euro irá, con su progresiva apreciación, empeorando las perspectivas exportadoras y cuando la amenaza del dólar fuerce a revaluar el yuan o,  en cualquier caso dañe las exportaciones chinas, sufriremos las consecuencias del “enfriamiento” chino, o de su encerramiento en el área asiática, vía reducción de sus importaciones de Alemania y Suecia por ejemplo. Para evitar esta situación, no tenemos más remedio que estar  pegados a Estados Unidos en su exigencia de revaluación del yuan y “que sea lo que Dios quiera”.

 

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