Al período (1996-2007) anterior a crisis económica que estamos viviendo se le ha bautizado como “la gran moderación”, porque en esos años la inflación  que había acompañado a los momentos de mayor crecimiento posteriores a la Segunda Guerra Mundial, había prácticamente desaparecido y, sin embargo, el crecimiento económico era sostenido.

Hasta 1973 en los países desarrollados se consideraba inevitable una tasa de inflación no inferior al 4 % para mantener el “pleno empleo”. Esta asunción estaba avalada por el razonamiento keynesiano acrisolado en la salida de la crisis de los años 30, por el cual la única forma de propiciar un crecimiento económico a salvo de grandes oscilaciones, era procurando una suficiente demanda global, a salvo de la escasez que de ella se produce en el desfase temporal entre el ahorro y la inversión privadas, debido a los condicionantes exógenos de las “expectativas empresariales”. Consecuentemente, las políticas monetarias, fiscales y  de reparto de rentas, procuraban mantener una potente demanda por delante de la oferta, provocando una constante tensión sobre los precios que, al ser un aliciente a las expectativas empresariales, generaba altas tasas de inversión y, en consecuencia, empleo.

Naturalmente, para que este mecanismo diera resultado era preciso que tanto la disposición de recursos, sobre todo materias primas, como la productividad fueran elásticas. Pero desde 1973 no obstante se hizo palpable que esos dos elementos podían actuar “autónomamente”, es decir, que su oferta podía resultar independiente de los incentivos de la demanda inducida (la ironía de la falsedad de la “Ley de Say” aducida en su día por Keynes, volviéndose contra él mismo). Particularmente, la escasez de recursos se demostró con la escasez de petróleo: la oferta de recursos naturales podía ralentizarse autónomamente de forma grave y persistente. La productividad, se fue deteriorando por  la acumulación de rigideces organizativas en las grandes firmas,  el crecimiento desmesurado de las burocracias gubernamentales  y  la incalculada largueza de los sistemas de “seguridad social”, cuando éstos dejaron de estar matizados por la idea de “lo posible” (sistema de capitalización) para convertirse en principio social y político incondicionado. La tecnología, que es, a su vez , dependiente de un sacrificio previo en el gasto y el  bienestar, llegó un momento en el que tampoco pudo compensar esas fugas de productividad generadas a lo largo y ancho de todo el sistema económico-social.

Se entró así en la que se llamó la estanflación, es decir una situación en la que la inflación  ya no impulsaba el crecimiento económico. El hecho más visible del callejón sin salida al que habían llegado las economías desarrolladas a principios de los 80 era la indexación, por la cual los salarios se elevaban automáticamente cada año según la inflación habida, con lo que ésta se volvía a alimentar, pues la producción no crecía.

Es lógico que en ese estado se pusieran de moda las “políticas de oferta”, es decir las medidas que de forma directa pretendían facilitar el aumento de la producción, reduciendo costes, eliminando barreras legales e institucionales a la iniciativas empresariales, facilitando desplazar los recursos empleados en actividades antieconómicas a otras rentables, etc. En suma lo que hemos conocido como “reconversión industrial, desregulación, externalización, reducción del gobierno, reprivatización” y otros términos más que, en última instancia llevaban a la “globalización”, porque para reducir costes aquí y allá no hay modo mñas rápido que facilitar que quien quiera invertir pueda disponer con facilidad de todos los recursos (materias primas, capital, trabajo) del planeta y de todos los mercados donde vender. Naturalmente que la tecnología de las comunicaciones se transformó a la par que la necesidad para hacerlo posible.

El mundo desarrollado se situó así, a mediados de los años 80 del siglo XX en una situación muy parecida a la que hubo a mediados del siglo XIX, en la que una oferta creciente de productos obtenidos en cualquier parte del mundo abastecía con creces a precios muy asequibles a los países desarrollados. En ese contexto, los habitantes de éstos últimos íbamos desplazando nuestras actividades productivas a trabajos menos “penosos” (servicios financieros, comunicación, diseño, educación, cultura, sanidad, investigación, logística, turismo).

Pero el problema que tiene este “cambio estructural” como ya experimentara Inglaterra a finales del siglo XIX (el “climaterio británico”) es que para que se cumpla un axioma comprobado de la teoría económica (el intercambio favorable a los productores de bienes con un alto valor añadido por trabajo cualificado y tecnología sofisticada) se necesita tiempo: el tiempo preciso para que los productores de artículos poco elaborados, estén en condiciones de comprar parte de esos bienes y servicios de  alta cualificación. Mientras tanto, puede ocurrir que los tradicionales “desarrollados” se emborrachen de productos baratos de los nuevos productores y de sus propios bienes y servicios de alta tecnología y tengan que pagar facturas cada vez más grandes a los “tradicionales subdesarrollados”. Lo contrario de lo que decían los economistas latinoamericanos de los años 60 y 70.

Mientras tanto, los habitantes o los gobiernos  de los hoy llamados “países emergentes”, en el tiempo que previsiblemente ha de transcurrir para que puedan y “quieran” ser tan hedonistas como nosotros (lo que implica no sólo aumento de la renta per cápita, sino profundas reformas administrativas, políticas,  educativas, culturales, de las mentalidades…..) se encontrarán en sus manos con unas enormes sumas de ahorro, fruto de sus masivas ventas y de su reducido consumo, que, sólo encontrarán salida volviendo a prestárnoslas a nosotros mismos, que somos los que manifestamos una voracidad ilimitada, justificada de mil maneras. Si se quiere una pincelada de la aparente paradoja de este mecanismo, el día 9 de  Enero nos la dio el Pentágono, proponiendo que EEUU proceda a aumentar extraordinariamente el gasto para modernizar su arsenal bélico, con el fin de compensar la carrera que en este sentido ha emprendido China. Y ese gasto mayor se habrá de cubrir con deuda pública que será, inevitablemente, suscrita por los chinos. Tan inextricablemente está interrelacionada la economía mundial en nuestros días.

En suma, la “gran moderación” en las economías desarrolladas era, paradójicamente, una desbocada extravagancia de productos y de dinero procedentes de gente eficaz y frugal, que nosotros nos gastamos, una parte, en arreglar las cosas para el futuro (por ejemplo infraestructuras, reformas administrativas y de gestión, educación e investigación útiles, invención de productos hasta ahora inexistentes, etc.) otra en vivir mejor a corto plazo (sobre todo comprando bienes de consumo duradero) y otra simplemente en “apostarlo” (invertirlo se ha llamado, confundiendo lo que es aplicar ahorro a la producción con lo que es destinarlo a la especulación) en ruletas de azar con honorables nombres de “fondos, bonos, terrenos, viviendas, acciones, futuros, arte, sellos, monedas….. lotería).

Nuestros problemas en el presente serían muy diferentes si hubiera predominado la primera opción y no las dos siguientes. En suma esa es la diferencia, por centrarnos en Europa, entre Alemania, Suecia, Finlandia, Dinamarca y Holanda (y casi de Francia) por un lado y de Grecia, Irlanda, Portugal, España (y casi de Inglaterra) por otro. Estados Unidos es un caso aparte, porque aunque aparentemente está en el lado de estos últimos, tiene una capacidad de rehacer su potencial productivo inexistente en cualquier otro país del mundo.

Las diferencias de trayectorias seguidas podrían explicarse de muchas maneras. Se apela demasiado a explicaciones culturales, que son del gusto, por ejemplo de los  alemanes, tan apegados como sus antepasados (todavía Wagner les emociona exageradamente) al sentimentalismo romántico de geografía, pueblo, raza, cultura, religión. Pero creo más correcto en estos tiempos de rapidez de la información y unificación, por tanto, de objetivos, medios e instrumentos, concentrarse en los responsables de la política, particularmente de la política económica.

Haber escogido, como se hizo en Suecia y Alemania, o no, como se hizo en España, en plena borrachera de productos y dinero, decirle al pueblo lo que los técnicos calculaban iba a ocurrir si no se moderaban el tren de vida y los beneficios sociales, se aumentaba la disciplina laboral, se reducía la administración, se alargaba la edad de jubilación etc. Y, además, haberlo hecho sacrificando cuando fue preciso, las ideologías acrisoladas cien años antes y en unas circunstancias del mundo muy diferentes, o no haberlo hecho, es la diferencia sustancial de lo que ocurre ahora. Pero, sinceramente, no sé quien nos va a regalar el tiempo necesario, porque los romanticismos ya sean geográficos, sociales, étnicos o religiosos están más fuertes y crecientes que nunca. Esa es la incertidumbre en la que estamos.

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