El librecambio es siempre un objetivo deseable [1], el proteccionismo es, por el contrario, un pacto con la realidad [2]. Por ello todo economista consciente de las limitaciones de su ciencia y que no se encierre en su torre de marfil, sabe que lo han formado para el sacerdocio de una doctrina liberal que ha de predicar a los humanos por su bien. Pero a la vez también es sabedor de que el miedo a los acontecimientos por parte de los seres humanos concretos, le harán a él que tenga que comprender y administrar antes o después largas épocas de proteccionismo, como el menor de los males posibles.

 En una de estas coyunturas vamos progresivamente entrando, especialmente desde 2009. Y estamos sólo en el comienzo. La Organización Mundial de Comercio (OMC) advertía hace dos años del “avance significativo hacia el proteccionismo” y  de que “el endurecimiento de la política arancelaria como medida para defenderse de la crisis a corto plazo es una amenaza muy peligrosa, que debe ser atajada antes de que sea demasiado tarde”.

 Ante las duras manifestaciones de la crisis, muchos gobiernos estaban ya recurriendo a dar ayudas privilegiadas a algunos de sus  sectores productivos (p.e. industrias automovilísticas francesa y norteamericana) a forzar aprovisionamientos nacionales (p.e Estados Unidos) a aportar dinero público en condiciones privilegiadas a bancos y exportadores  (p.e. China y Brasil) a establecer  precios de referencia para productos amenazados por las importaciones (p.e. el caso de las “autopartes” en Argentina)….. Todas esas medidas rompían los consensos hasta entonces vigentes por acuerdos internacionales.

 Más adelante, se han implementado medidas más radicalmente proteccionistas, como la Ley aprobada en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos en Septiembre de 2010, que autoriza a la Presidencia a imponer tarifas especiales a productos importados de países que mantengan depreciada su moneda. En el campo monetario,  se abría de forma  directa (p.e. en China) e indirecta (en EEUU)  una guerra de divisas con el fin de abaratar artificialmente los productos nacionales en el mercado mundial “lanzando la crisis al vecino”.

 Por todo esto, en Noviembre de 2010 la OMC, la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) denunciaban en un informe conjunto que estaba “en peligro el sistema comercial internacional” y pedían a los mandatarios del G-20 que habrían de reunirse en Seúl, que “eliminaran las medidas adoptadas para responder a la crisis que restringen o distorsionan el comercio y la inversión”. El resultado ya lo conocemos: el día  15 de Noviembre de 2010 la reunión se clausuró sin compromiso alguno y, más grave aun, rebajaron el nivel de exigencia a los negociadores de la “Ronda de Doha”, pues en lugar de “mandatarles” la conclusión de las negociaciones sobre liberalización del comercio, que languidecen después de 10 años, solamente acordó  “recomendarles”, porque se sabe que tales negociaciones están, y se quiere que estén, de momento, muertas.

 Fue lógica la reacción alemana en esa citada cumbre, a donde llegaba Merkel advirtiendo que “el mayor peligro al que se enfrenta la economía global es una vuelta al proteccionismo” y de donde salió diciendo lo mismo “la mayor preocupación es que hay síntomas de proteccionismo” (cumbre de Davos 28, Enero 2011). La canciller, sabedora de la dependencia que el reciente boom  económico de su país ha tenido de la demanda de los países emergentes, sólo pudo exteriorizar una pataleta frente a un Obama que amenazaba con tarifarias y la devaluación del dólar. Éste, tras su derrota electoral cada día ve con más claridad la dificultad de cumplir en un contexto librecambista su promesa al pueblo americano de “abaratar nuestros productos, ganar mercados extranjeros, exportar más y “traer trabajo a casa”.

 Dos anécdotas recientes ilustran mucho mejor que cualquier razonamiento la dramática situación en la que se encuentra EEUU. Una de ellas es la amarga experiencia de la renovación tecnológica en Silicon Valley. Algunas de las más importantes firmas, como Solyndra, Nanosolar y MiaSolé soñaban con transformar la industria de la energía solar, reinventando la tecnología de hacer paneles más eficientes, que redujera al mismo tiempo los costes de producción. Después de haber invertido decenas de miles de millones de dólares en “venture capital” procedentes de fuentes privadas y públicas,  en Octubre pasado  los resultados se concretaban en la  nueva célula fotovoltaica llamada CIGS, que parecía dar una nueva ventaja competitiva a las compañías americanas, pero inmediatamente se reveló que producirlas masivamente conllevaba un reto tecnológico y financiero al que las compañías californianas no podrán responder sin verse arrolladas en el ínterin por la mayor capacidad financiera y eficiencia chinas. Conrad Burke, jefe de innovación de Innovalight ha dicho bien claramente lo que piensa: ¿Cómo puedes luchar contra enormes subsidios, préstamos a bajo interés, mano de obra barata, economías de escala y una estrategia gubernamental para hacer de ti el número 1 en energía solar?. No es de extrañar pues que, a pesar de la ingeniosa ocurrencia de Obama de recordar el reto del Sputnik, entre el mundo académico y empresarial, se extienda la sospecha de que colocarse al ritmo de efectividad de China, mediante la intensificación de la inversión en “nuevas tecnologías”, es la zanahoria colgada frente al burro y que, por tanto, en lo que hay que pensar es en protegerse para conseguir  un respiro temporal y obligar de paso a “entrar en razón” al competidor.

La segunda anécdota tiene si cabe aun más enjundia: Dispuesta la presidencia americana, tras el revolcón electoral, a afrontar la reducción del déficit público y habiéndose de concretar ésta en recortes en partidas suficientemente sustanciosas, no se libra el presupuesto militar en un momento en el que para contrarrestar la masiva modernización militar de China, estaba siendo diseñado nuevo y sofisticado aparataje armamentístitico. El plan se encuentra ahora en la tesitura de ser abandonado o ser afrontado mediante un nuevo cierre de ojos al galopante endeudamiento externo del país. Pero de entrada se sabe que las emisiones de bonos americanos no pueden sino ser suscritas en su mayor parte por……. China. Ni que decir la oleada de comentarios, fervores patrióticos y angustia que esta evidencia está levantando

Lo que realmente está ocurriendo es algo que ya experimentó el mundo en el período que fue entre 1873 y 1914: el pensamiento  académica y políticamente aceptado era el librecambismo. Los mandatarios hacían proclamas cada vez más comprometidas con él, pero en la práctica, cada cual procuraba traicionarlo todo lo que podía y a un ritmo que se fue acelerando hasta que el contexto en el que se funcionaba era completamente proteccionista.

 Como economista siento la desazón de saber que, inevitablemente, la deriva proteccionista significará ritmos de crecimiento muy pobres en relación a los que potencialmente podrían alcanzarse en condiciones de “globalización librecambista”, pero como historiador no puedo traicionar la experiencia de haber visto que habitualmente las personas y las organizaciones acaban escogiendo el único camino que les queda para sufrir lo menos posible hasta donde su mirada puede alcanzar. Creo pues que vienen tiempos más de grandes “bloques” que de globalización.

 


[1] Es fácilmente comprensible que una teórica inversión dará su mayor resultado (crecimiento económico y empleo en consecuencia) si dispone libremente de acceso a todos los recursos financieros, materiales y de trabajo del mundo y, tanto menos resultado cuantas más cortapisas encuentre en ello.
[2] Esa “realidad” toma muchas formas: intereses ya existentes organizados, dificultades de movilidad de la fuerza de trabajo,  ideologías nacionalistas, costes ecológicos, etc.

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