Tras las elecciones, la Reserva Federal

Nada más conocido el esperado descalabro electoral del partido demócrata en Estados Unidos y, por extensión, del rechazo a la política e imagen del Presidente Obama, la Reserva Federal ha decidido dar el paso adelante en el nuevo plan de  creación masiva de dinero, que ya había adelantado su presidente, Bernanke,  hace un par de semanas. Se empezará por 600.0000 millones de dólares, pero se anuncia que será tan grande como sea necesario para relanzar la actividad económica. El tipo de interés se situará en consecuencia casi a cero, la política monetaria toca, por tanto, a su fin.

La FED es ciertamente un organismo independiente del poder político norteamericano, pero a diferencia de la autoridad monetaria europea (BCE) no tiene las manos atadas para actuar ante una recesión por la suma cero que pueden representar las asimétricas necesidades de cada uno de los países soberanos que lo comparten. Por ello, ante la perspectiva, por una parte, de un ejecutivo en EEUU al que le va a ser mucho más difícil que hasta ahora utilizar la política fiscal para insuflar gasto expansivo, ante la reclamación desesperada, por otra, de la población americana de “jobs, jobs, jobs” que se han ocupado los republicanos y especialmente el Tea Party en empujar y, finalmente, en un contexto internacional en el que China no parece dispuesta a revaluar el yuan, no parece quedarle a EEUU más alternativa que “darle a la máquina de hacer dinero”. Una vez que se apaguen las hogueras mesiánicas de la campaña electoral, la apelación a “reformas estructurales” para restablecer la competitividad americana sonará a retórica y en cuanto a los recortes de gastos, muchos gobernadores, representantes y senadores mirarán a otro lado cuando se les pregunte por cual de sus Estados o circunscripciones empezar. Ya ocurrió esto cuando Bush padre hizo esa pregunta en un famoso encuentro con gobernadores, que solicitaban recortes en el gasto armentístico tras la caída del muro de Berlín: ¨díganme con qué fábrica empiezo”. Entonces los colores se los sacaron a los demócratas, ahora les puede tocar a los republicanos.

La decisión se ha adoptado, como corresponde, por el “Federal Open Market Committe”  con el único voto en contra de uno de sus miembros, el presidente del Federal Bank of Kansas City, M. Hoenig, que no ha podido justificarlo en  otra cosa mejor que en algo académico: el peligro de inflación. Sin embargo, lo que se pretende es, precísamente, alejar el de deflación.

¿Que puede ocurrir ahora en EEUU?. Es normal que el dólar siga su tendencia devaluatoria, pero estoy de acuerdo con la afirmación que Giles Chance  hace en su libro “China and the credit crisis. The emergence of a New World Order” de que ello no reducirá la capacidad competitiva del gigante asiático y, en consecuencia, creo que vamos a ver muy pronto a los gobernantes americanos, demócratas o republicanos, atrapados entre las exigencias de su población y las del papel del dólar como divisas mundial y, en consecuencia, la tentación del proteccionismo posiblemente va a ser irresistible. Y eso será fatal para todos; sobre todo para los europeos.

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El oro: la peor inversión posible, con excepción de todas las demás

 

18/Octubre/2010

 Hay que prestar atención a la extraordinaria tendencia alcista que está registrando el valor del oro. De 2007 aquí su valor se ha más que duplicado, habiendo pasado de cotizarse la onza (28.4 gramos) de 630 $ a 1400 $. Pero no hemos de pasar por alto que en Octubre de 2000 su valor era de 240 dólares y que algunos colegas como Kennet Rogoff  no descartan que pueda llegar no muy tarde hasta los ¡10000 dólares!.

 El oro representa la medida de nuestros miedos. Cuanto menos se confía en la salvaguarda de nuestros ahorros en forma de dinero, acciones, deuda pública, casas, terrenos, contratos de seguros o cualquier otra cosa que nos ofrezca el mercado, los gobernantes o la imaginación, más confiaremos en una cosa que es escasa pero que la historia nos ha demostrado que siempre valdrá algo porque siempre habrá alguien que la quiera. Esa cosa es el oro, que es la idea de recurso de última instancia que el “homo sapiens” (especie fuertemente dependiente del miedo para su supervivencia) ha creado, a semejanza de su otra gran creación de igual objetivo: Dios.

 El oro sube con la incertidumbre. En los años 30, durante la Gran Depresión el precio del oro se duplicó (de 17.06 $ en 1931 a 34.7$ en 1937) y con el abandono de EEUU del patrón-dólar-oro en 1972 y la crisis del petróleo de los años 70-80 el precio pasó de 58.42 $ a 615$ en 1980). Luego, con la resolución de esa crisis, la globalización, etc. El oro se fue olvidando a medida que los “mercados” ofrecían a masas de población cada vez mayores, oportunidades de ganar con sus ahorros, grandes y pequeños, o al menos tenerlos seguros, en una multitud operaciones inmobiliarias, de títulos, etc., cayendo lentamente su valor hasta el año 2000.

 En los años 90 se estaban erosionando ya las bases de nuestras certidumbres: un crecimiento económico en el que los establecidos (es decir, los habitantes del que entonces se llamaba Primer Mundo -¿Quién se acuerda ya de este anacrónico nombre?) parecíamos seguros de que el mundo iba a seguir siendo el mismo y, por tanto, nosotros podíamos estar igual o mejor en el futuro, pero nunca peor. La erosión era consecuencia de que a ambos lados del Atlántico Norte, es decir en Estados Unidos y Europa, empezábamos a vivir por encima de nuestras posibilidades: aumentábamos cada año más nuestros gastos que lo que añadíamos a nuestra producción, es decir, empeorábamos nuestra productividad y, sobre todo, en relación a unos nuevos llegados (los países emergentes antes despreciados).

 Ya he analizado en otras ocasiones las bases de ese sobrepaso en nuestras posibilidades, nada extraño por otra parte en la historia de la humanidad y que en nuestras dos últimas generaciones tomó el carácter de ideología (los “avances sociales irrenunciables” como si eso dependiera de la voluntad). Los gobernantes, de derechas y de izquierdas, demócratas y republicanos para el caso americano, no hicieron sino alimentar los deseos de sus poblaciones respectivas. Tanto da que los de derechas bajaran impuestos y al mismo tiempo redujeran tipos de interés dejando dinero en los bolsillos de los ciudadanos, que los de izquierdas aumentaran los impuestos y con ellos gastaran a favor de los ciudadanos. El resultado final era un extraordinario aumento del dinero en circulación que hacía a la gente sentirse rica y feliz: con dinero hay crédito a bajo precio, las familias y empresas se endeudan invierten y consumen, se crean trabajos, los gobiernos se endeudan también …… hasta un punto en el que hay más oportunidades de colocar dinero en la obtención de beneficios por la mera subida del precio de las cosas que de producir cosas; es decir, llega la burbuja especulativa, estalla y se pone en marcha la lógica de que no se pude dejar que las cosas sigan a más y tiene que venir una aun mayor  intervención de los gobiernos, inyectando más dinero en el sistema para salvar bancos y a través de ellos las esperanzas de todos.

 Ludwig Von Mises  puede gustar más o menos a las gentes que despotrican de todo lo que lleve la marca “liberal” pero fue impecable en su razonamiento sobre la expansión del crédito: “No hay medio de evitar el colapso final de un boom producido por la expansión del crédito. La alternativa es sólo si la crisis ha de llegar antes como consecuencia del voluntario abandono de la expansión …. o más tarde como una final y total catástrofe del sistema monetario”

Cuanto más dinero haya en circulación y menos responda la economía real del país o área que la genera, incrementando la producción, menos valdrá el dinero del país respectivo. Y buena parte de la incapacidad de recuperar un ritmo adecuado de producción tiene que ver con el tiempo perdido en relación a los nuevos competidores. Un simple ejemplo lo ilustra: al comienzo de la crisis, el centro por excelencia hasta ahora del desarrollo tecnológico del mundo, Silicon Valley (California) decidió dar un giro a sus inversiones hasta entonces centradas en las tecnologías de la comunicación, hacia las de las energías renovables, colocando en ello tanto empresas privadas, como instituciones públicas, miles de millones de dólares: pues bien, ahora que algunos de los desarrollos iniciados se han hecho realidad, especialmente en nuevos materiales y sistemas que hacen muchísimo más eficiente la utilización de la energía solar, resulta que China está en condiciones de poner en el mercado materiales y procedimientos similares a precios bastante más baratos. Según los norteamericanos, en la base de esta competitividad no está sólo la aceptable por todos mayor eficiencia productiva, sino que, siguiendo con su irritable política del de “ir al paso y con prudencia en las reformas” el gigante chino no está dispuesto a liberalizar el mercado de divisas. Esa liberalización, dadas las enormes reservas que acumula, revaluarían automáticamente el yuan y harían menos competitivos los productos chinos. Esto está en el fondo de la “tirada de toalla” de la Reserva Federal iniciando la que ya se llama, como en los años 30, la “guerra de divisas”, es decir la devaluación del dólar de hecho, mediante el mantenimiento de una política de introducción de cantidades masivas de dólares en el sistema, de momento todavía de forma “ortodoxa” (deuda pública) pero anunciando ya que va a empezar a darle a la “máquina de hacer dólares” sin más. Los parados americanos lo exigen a su gobierno y cuanto más pacíficos ciudadanos parecen ser, es decir, más demócratas y menos republicanos, más empiezan a pedir “guerra, guerra, guerra”…….. de divisas de momento.

 Esto, lógicamente, se parece mucho a lo que tuvo que hacer Inglaterra en 1931 para defenderse de la imparable competencia de la producción americana de entonces: devaluar la libra, terminando así con el “Patrón Oro”. También la Unión Europea parece la Francia de entonces, empeñada en salvar el sistema convirtiéndose entonces ella en la defensora de la “ortodoxia” y buscando tener un franco estable sostenido por el oro, que al final, dado que no podía ser soportado por su población, terminó como todo esfuerzo imposible, en un desastre peor.

 Por tanto, estamos en la inseguridad más absoluta. No sabemos hasta donde va a bajar el dólar, no sabemos si esa bajada va a ser capaz de doblar la cerviz a China y si los europeos vamos a ser capaces de aguantar el permanente ajuste a que nos lleva un euro fuerte (producto de una política monetaria más restrictiva que la de la Reserva Federal americana) porque no sabemos si esos sacrificios van a resultar en la mejorara de nuestra competitividad, dadas las devaluaciones de todos los demás. Si esto no se para, vamos a ir entrando, como ya escribía hace un año, en el proteccionismo y eso si que es la guerra.

 ¿Extraña pues que en estas circunstancias el precio del oro esté disparado?. No lo está como consecuencia de una inflación, pues la subida de su precio es en términos reales, descontada ésta (corregido el precio del oro de la tasa de inflación su valor sería actualmente de 1660 $, no habiendo alcanzado aún el pico máximo de 1980: 1771$, pero  subiendo desde 2000 ya más años que entonces. Pero ajustado a un índice más fiable como es el de los precios de las materias primas, ya ha rebasado con creces aquel pico máximo). No lo está sólo con respecto a su moneda de referencia, el dólar, sino con respecto a todas las monedas significativas del mundo. Y no es una subida momentánea, pues lleva diez años escalando imparablemente y, además, de forma exponencial, es decir, cada vez más rápido. Es la expresión del miedo.

 Pero el oro, como expresión de Dios que es, es inescrutable. Nos agarraremos a él, pero dejaremos nuestra voluntad en sus manos sin saber cuando dejará de ayudarnos, por ello da tanto más miedo cuanto más poderoso se nos presenta.

Reflación, ajuste ………….. y verlas venir

 

30/Junio/2010

 La reunión del G-20 en Toronto el pasado  27 de Junio  ha reflejado lo difícil que es llegar a un acuerdo entre los gobiernos de las principales economías del mundo para enfrentar la crisis económica que afecta a las “tradicionales” economías desarrolladas. Y hago hincapié en el término “tradicionales” porque es el carácter no general de la crisis, sino el hecho de que sea sólo de estos países, el que constituye el nudo principal de la imposibilidad de llegar, de momento, a un acuerdo.

 Desde el punto de vista económico, los problemas de EE.UU, de la UE  y de los “países emergentes” (principalmente China) no son coincidentes en el corto plazo y por ello cada una de estas partes quiere poner en práctica políticas económicas distintas, que llegan a ser contradictorias entre sí.  EEUU quiere aplicarse a una política que de forma directa impulse la actividad económica, siguiendo el Estado, si es necesario, inyectando liquidez al sistema mediante gasto público y bajos impuestos. Los gobiernos de los países de la UE quieren dedicarse a reducir el gasto público y, eventualmente, subir los impuestos. Los de los países emergentes quieren, sencillamente, no hacer nada, que las cosas sigan como están. En esta situación las negociaciones no pueden ser sino un simple “diálogo de besugos” y la idea de una “gobernanza mundial” se convierte en una simple palabra sin visos de hacerse realidad. Y esto es así porque no todos necesitan esa gobernanza. En el corto plazo tal necesidad es, sólo de los europeos, y ello para mantener nuestro nivel de vida y nuestra posición en el mundo, pero ¿por qué los demás nos tienen que ayudar en tal propósito?. Sólo podemos esperar que, como siempre, se ayude a alguien si sus problemas amenazan a los demás.

 Estados Unidos puede lanzarse ya a una política de “reflación” (impulsar la actividad económica sin grandes temores a la inflación) porque es consciente de que aparte de tener una abundante cantidad de recursos ociosos provocada por la depresión, tiene unas estructuras productivas (entre ellas unas relaciones laborales) lo suficientemente flexibles como para que esa reflación no se convierta en simple inflación, pérdida de capacidad competitiva y, por tanto, al final, en más recesión. El Estado y los particulares están, ciertamente, muy endeudados, en última instancia con los países emergentes, pero saben que tras haber saneado el sistema financiero, su productividad y flexibilidad del sistema productivo, son capaces de generar una tasa de crecimiento y de ahorro suficientes como para enjugar ambos endeudamientos en un plazo prudencial y más aun cuando su acreedor principal, China, tiene vinculada su suerte, a corto plazo,  a la de Estados Unidos. En suma, el gobierno de Estados Unidos va a parecer de cara a los ciudadanos corrientes del mundo en los próximos tiempos, como el “simpático” del escenario, pues ha dejado de pedirle nuevos sacrificios a su población.

Los gobiernos de los países de la UE ¡ya quisieran poder ser tan simpáticos como el de EEUU! sin embargo, no tienen más remedio que poner en práctica políticas de ajuste fiscal, más o menos duras dependientes del nivel de endeudamiento y de la eficiencia de sus sistemas productivos que, en cualquier caso de forma general para toda la UE, es inferior a la de los emergentes y a la de EEUU. Para volver a empezar a crecer y que este crecimiento sea capaz de generar empleo de forma perceptible, no hay más remedio que terminar de sanear el sistema financiero, extraer el ahorro de la población para pagar el endeudamiento acumulado y mejorar notablemente nuestra productividad. En suma, un programa de sufrimiento. Si no hubiera competidores extraeuropeos el sufrimiento se podría compartir entre todos loe europeos, pero dado que siempre habrá unos productores chinos, o indios, o brasileños, o incluso canadienses, dispuestos a producir más y más eficazmente que nosotros y con menos, no puede ser entendido por los europeos más eficientes (por ejemplo los alemanes) que deben sacrificarse por los menos eficientes (por ejemplo los españoles). Aquí, en la Europa mediterránea pues, y en particular en España, no nos queda más que tragarnos el ajuste a “palo seco” pues nuestra NAIRU (tasa natural de paro: aquella bajo la cual no se incrementa la producción y simplemente se crea inflación) es nada menos que del 12%. Y teniendo en cuenta que si hacemos bien esos deberes, reduciendo de momento nuestro nivel de vida y trabajamos desde ahora más por menos, seguiremos mínimamente amparados por la Unión Monetaria, de lo contrario, habremos de irnos a las inciertas tinieblas exteriores, sin nadie que nos dé el más mínimo amparo. Es natural pues que nosotros queramos una gobernanza global, o al menos europea, que pueda hablarles con fuerza a los mercados y a nuestros competidores, pero para que ello sea imaginable sería preciso que éstos sintieran el mismo vértigo ante la situación, que no es el caso a corto plazo.

 Finalmente, no debe pues extrañarnos que China, India y Brasil no hayan querido saber nada de regular coordinadamente los mercados financieros y sencillamente hayan dado un palmadita en la espalda a los gobernantes europeos deseándoles tengan éxito en sus medidas de ajuste fiscal. En esta crisis les está yendo bien y  como acreedores de todos solamente se han permitido un moderado gesto de cooperación internacional, revaluando China tímidamente el yuan para ayudar a la reflación norteamericana, pues de manera inmediata, sólo una recaída de EEUU en la depresión y una desvalorización del dólar podría ser un peligro para ellos  ¿por qué habrían de hacer más si les va bien? ¿por qué habrían de renunciar a puestos de trabajo de sus gentes a favor de las del tradicional mundo desarrollado, o a favor del mantenimiento de nuestro estado del bienestar?.

 En el largo plazo esto, por supuesto puede ser el preámbulo para una debacle general, como ya ocurrió en el primer tercio del siglo XX, cuando la potencia económica emergente (EEUU) y acreedora de todos, no estuvo dispuesta a devaluar y dejar elevar sus costes de producción internas, sacrificando parte de su producción y los países europeos no estaban en condiciones políticas y sociales de imponer un ajuste drástico a sus poblaciones. Pero es lo que hay. Para lo que a nosotros, Europa, afecta, no tenemos más cera que la que arde: competir por ajustes a cada cual más drásticos, suavizados sólo por nuestra capacidad de cooperación interna que, de momento, tampoco se vislumbra en el horizonte pues no nos fiamos unos de otros.

 No deja de ser paradójico que la frase que Keynes pronunció para justificar su defensa de la reflación: “a largo plazo todos calvos” tengamos ahora los europeos, y en particular los españoles, que emplearla para defender el ajuste, pues por este camino, consecuencia de una comprensible falta de cooperación internacional, en el largo plazo iremos todos mal, pero el asunto es que sobrevivir es cuestión, como él vio en su día, del corto plazo.

Crash en el estado del bienestar europeo

26/Mayo/2919

Las medidas que desde el 2 de Mayo, con el reconocimiento del estado de bancarrota de facto de Grecia, han tenido que ir adoptando los gobiernos de la Unión Europea asistidos por el FMI, son la confirmación de que la base económica que ha  sustentado durante sesenta años el “estado del bienestar” en el viejo continente, ha quebrado. El caso de España es uno más entre todos, aunque más dramático.

 El ajuste fiscal, ya sea mediante reducción de gastos o incremento de impuestos, ha sido obligado y seguirá siéndolo para enjugar el enorme endeudamiento que los estados han tenido que adquirir para salvar el sistema financiero. La supervivencia de éste, que contiene el dinero de todos y, por tanto, las “cosas del comer”, representa el mínimo esencial de nuestra forma ordenada de vida y, por ello, sostiene en última instancia nuestra sociedad y nuestra organización política. Por eso no se le puede dejar caer y hay siempre que salvarlo por muy injusto que nos parezca y por muy ineptos, irresponsables o corruptos que hayan sido sus gestores. Pero al final, que para cubrir ese agujero, no haya más remedio que recurrir a liquidar partes de nuestro sistema de bienestar, significa que ya no funciona el sistema social sobre el que hemos establecido nuestra peculiar forma de vida las tres últimas generaciones porque, sencillamente, no lo estamos pudiendo pagar.

 Nuestro sistema de bienestar “mínimo para casi todos” se ha basado en el crecimiento de la productividad, que las tres generaciones de europeos occidentales y norteamericanos posteriores a la segunda guerra mundial, hemos sido capaces de mantener, no sin altibajos, en niveles competitivos hasta los años 80 del siglo pasado. Las mejoras de la productividad se sostenían en el desplazamiento de recursos productivos desde sectores en los que estuvieran subempleados (el más típico fue el de la agricultura durante muchos años) a otros de demanda creciente, pero sobretodo en la progresiva innovación y adaptación tecnológica, en la modificación de la organización productiva y en el crecimiento y aplicación del conocimiento a la producción, la distribución, la organización y la gestión de los asuntos sociales, políticos, jurídicos, culturales, humanos en suma. Gracias a todo ello los europeos occidentales fuimos disponiendo hasta los albores de este nuevo siglo de más y mejores bienes y servicios, con una percepción de  esfuerzo individual cada vez menor. Ciertamente, también hemos ido completando nuestro bienestar trasvasando parte de rentas de otras partes del mundo a nuestras manos, gracias al tan famoso “intercambio desigual”, pero éste no era sino una consecuencia más de nuestra acumulación de ventajas tecnológicas y organizativas; es decir, forma parte de lo mismo.

 Parte de la renta obtenida con ese crecimiento era administrada por el Sector Público “a favor de todos” en forma de bienes y servicios públicos, ya fueran infraestructuras, sanidad, educación, asistencia social, deportes o cultura. Esto en suma era nuestro “estado del bienestar” del que tan ufana, orgullosa e incluso arrogante se ha sentido siempre la llamada “clase media profesional” europea (ese conjunto de políticos, gestores de lo público, intelectuales, profesores, gente de la “cultura”, etc.) cuando comparaban nuestros países con otros lugares, incluso con los Estados Unidos, al que  siempre le vieron grandes deficiencias. Fukuyama estaba pensando en este sistema cuando en 1989 escribió su famoso artículo “El fin de la historia”, en el que simplemente decía que con él se había cumplido el ideal de progreso que los “ilustrados” imaginaron en el siglo XVIII y que, por tanto, la “historia” se había terminado y, en consecuencia, ya sólo cabía más de lo mismo.

 En el plano político y cultural,  raramente se ha querido reconocer y menos aun divulgar explícitamente, que ese “estado del bienestar” dependía de lo ya dicho: del crecimiento sostenido y firme de la eficiencia productiva y, relacionados con ella, de unos intercambios económicos con otros ámbitos geográficos beneficiosos para nosotros.

 Indudablemente Europa no es un todo homogéneo, pero en conjunto su economía se ha ido haciendo ineficiente en relación a grandes áreas del mundo en las que aquélla se ha ido concentrando y, además, nuestro sistema de derechos establecidos ofrece mucha más resistencia que el norteamericano a adaptarse a una realidad que ya no controlamos ni nosotros  ni nuestro aliado de allende el Atlántico. Por ello nuestra situación es más delicada que la de Estados Unidos. Alemania en particular, y casi en solitario, ha mantenido unas aceptables tasas de productividad que, en algunos sectores le han permitido mantener una competitividad que alimenta todavía con cierta gallardía su estado del bienestar; pero sus habitantes han descubierto de pronto que sus ganancias, al estar en la Unión Monetaria Europea, salían fácilmente en busca de los lugares en los que más se necesitaba su ahorro, como Islandia, Irlanda, Grecia, Portugal, España, Italia…… y en los que, por tanto estábamos dispuestos a pagar más por él, para ganancia, por supuesto, de los propios alemanes pero detracción de sus propias inversiones y, por tanto, de sus posibilidades de crecimiento interno. Pero en su conjunto, a Europa cada vez le ha faltado más ahorro propio, que ha suplido con el procedente de los países “emergentes”: aquellos con una alta productividad y competitividad. O sea, que en conjunto llevamos en Europa bastantes años viviendo por encima de nuestras posibilidades pues, en cualquier caso la mayor parte de ese ahorro externo recibido no ha estado yendo a inversiones que elevaran nuestra capacidad productiva y competitiva para el futuro, sino a alimentar simple y llanamente nuestro consumo y estado del bienestar.

 ¿Podría haber sido de otra manera?. En teoría sí, en la práctica hubiera sido necesario que los europeos hubiéramos estado dispuestos a adaptar nuestras condiciones de trabajo y organización productiva a las determinadas por los hoy día más productivos, como China, India, Brasil, etc., o a movernos con celeridad y efectividad hacia nichos tecnológicos a resguardo temporal de esa competencia. Todos sabemos de la apabullante retórica en la que en tal sentido llevamos tiempo instalados, sin que se haya convertido en avances reales. Y ello ha sido así porque para hacerlo también se necesitaban grandes sacrificios y no íbamos a tolerar gobernantes que nos los impusieran. Por ejemplo, no podríamos invertir más (incluso de lo que nos prestaban) en investigación tecnológica si no gastábamos menos en asistencia social, o en ayuda al desarrollo o en mil otras cosas “irrenunciables” por ser todas ellas las señas de identidad de nuestro “estado del bienestar”.

 Asentados ya en una economía progresivamente incompetente, los ahorros propios y ajenos, en cualquier caso, no tenían más opción de remuneración aceptable que su empleo en la única gran actividad que, por su inevitable fijación a la tierra, está defendida de casi toda competencia exterior: la construcción. Así, ésta no ha sido de ninguna manera causante de la crisis, sino su síntoma. La construcción podía estar en España, en Irlanda, o en Grecia, en suma donde más vacío de otras inversiones y más laxitud urbanística hubiera pero, en cualquier caso era el refugio de inversiones de todos los europeos que no podían, o no querían invertir en  China, India, o algún rincón de la vieja Europa comunista, y lo era porque no había otra inversión con posibilidades de rentabilidad.

 La crisis de la construcción, actividad que, en cualquier caso tiene su propio ciclo de 17- 20 años, estudiado por primera vez en 1930 por Kuznets y detectado claramente desde entonces (como el que comenzó su fase alcista en 1996 y la ha culminado en 2007) ha puesto pues al descubierto lo que ya es lugar común hasta en los debates populares de economía: que fuera de ella no hay en gran parte de las economías europeas, como la española, nada que la pueda sustituir con una razonable capacidad de supervivencia, mientras no seamos capaces de reducir nuestro nivel de vida, nuestro “estado del  bienestar”, para volver a competir con los más eficientes.

 Los ajustes, los recortes presupuestarios, la bajada de salarios, la reducción de las pensiones, la extinción de la caja que financia nuestra buena conciencia de samaritanos del desarrollo de los países oficialmente pobres, la desnaturalización de la legislación laboral protectora acumulada a lo largo de los años, la reducción de la sanidad igualitaria y generalizada…….. todo está y no tiene más remedio que estar en cuestión. Y lo grave es que reducir todo esto es condición necesaria, pero no suficiente, para recuperar, sólo después de varios años, la senda de un crecimiento nuevamente basado en los incrementos de la productividad, única manera de volver a reconstruir nuestro “estado del bienestar”. Para que sea suficiente es necesario que lo entendamos, que lo aguantemos, que la sociedad no se rompa, que los que nos guían sepan donde van y así nos fiemos de ellos cuando nos guíen por ese ajuste y ese nuevo horizonte. Sólo entonces se estabilizarán los “mercados” y será la señal de que la nave aunque desarbolada, entra de nuevo en aguas de esperanza.

La especulación sobre la recuperación

1/Noviembre/2009

De forma lógica y natural, tras la debacle económica de 2008 y la depresión que hemos ido arrastrando durante 2009, los medios se centran este otoño en la especulación sobre la salida de la crisis, oteando el horizonte para distinguir y discernir los “comienzos de la recuperación”. También, descartada ya una crisis en forma de V, se elucubra sobre la W, la U, la L…. y la efectividad de las medidas expansivas que los gobiernos pusieron en práctica a los pocos meses de estallar la burbuja especulativa que la inició.

 Lo inquietante de las políticas keynesianas ante una crisis es que su efectividad se ha demostrado sólo en el corto plazo,  pues tanto en 1933 en Estados Unidos, como en 1996 en Japón y desde 2008 en todo el mundo postindustrial, las medidas de déficit spending: endeudamiento masivo de los gobiernos para sostener el sistema financiero y fomentar las obras públicas, reduciendo o no al mismo tiempo los impuestos, no han demostrado efectividad económica más allá de “contener la debacle”, lo que  no es poco y, por tanto de antemano hay que  reconocer su oportunidad y su grandeza. Pero “parar el golpe” no es recuperar.

 No hay que olvidar que en la gran crisis de los años 30 del siglo XX, tras la reactivación que supusieron tanto en Estados Unidos como en Europa las medidas reflaccionistas, hacia 1937 el mundo estaba otra vez sumido en la depresión y Keynes, en definitiva humano y por tanto vulnerable a la vanidad de ver que sus remedios daban resultado en algún sitio, no ocultaba sus simpatías por la osada política económica, masivamente expansiva de Hitler…… y hay acuerdo entre todos los historiadores económicos que sólo la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) provocó dramática y sanguinariamente el “ajuste” en la economía real, que no se había querido o podido hacer antes con el laissez-faire, el librecambismo y el patrón-oro (es decir el libre mercado nacional e internacional). Sin embargo, provocado ese ajuste con tan terrible conflicto, es decir, desaparecido un ingente número de industrias ineficientes, aplicados con urgencia nuevas tecnologías, procedimientos organizativos, reducidas notablemente las expectativas de grandes masas de la población  y manifestada la imposibilidad de funcionar encerradas las economías nacionales, tanto Estados Unidos como Europa estuvieron desde 1947 en condiciones de que prosperaran los dos elementos esenciales de la política keynesiana posbélica: incremento de la vigilancia por los gobiernos de los flujos financieros tanto nacionales como internacionales y crecimiento expansivo (generador de crecimiento económico) del gasto público. No hay que olvidar nunca que, por el contrario, allí donde ese ajuste dramático en la economía real y en las expectativas sociales no se dio (por ejemplo los países latinoamericanos) la contumacia durante los años 50 y 60 en las políticas públicas expansivas supusieron un fracaso estrepitoso, justificando el término de “camino hacia el subdesarrollo” con el que se bautizó la marcha real de algunos países como Argentina, que pretendían utilizar esas políticas precisamente para “salir del subdesarrollo”. En España, por ejemplo, dieron resultado esas políticas, los Planes de Desarrollo, sólo después del gran ajuste del “Plan de Estabilización” de 1959.

 La prolongada crisis japonesa de las dos décadas a caballo de los siglos XX y XXI es, por contraposición, otra corroboración de la inutilidad, más allá de sus primeros momentos, de una política keynesiana que no vaya acompañada de un ajuste que restablezca condiciones económicas, técnicas y sociales que favorezcan la inversión productiva (lo que hoy llamamos cambios estructurales). La gran burbuja especuladora japonesa entre 1985 y 1990, concentrada en gran medida en el sector inmobiliario y alimentada con una política de bajos tipos de interés, y facilidades crediticias, estalló en 1990. Tras una pasividad inicial parecida a los años 30 en Estados Unidos, el banco central y el gobierno reaccionaron con una política contra cíclica de apoyos a la banca, gasto público y expansión monetaria, llevando hasta cero el tipo de interés, con lo que la deuda pública se situó en el 140% del PIB y sin embargo no se consiguió con ello que la banca comercial prestara a las empresas (¿les suena esto?) con lo que el estancamiento de la economía nipona durante más de década y media se ha convertido en un paradigma de la economía de nuestros días. Todos los especialistas serios al respecto concluyen que el problema reside en las características disfuncionales para el crecimiento económico que la sociedad japonesa (en otros tiempos “la más eficiente”) fue acumulando desde los años 80 del siglo pasado, enmascaradas no obstante por una consciente política de moneda débil. Dicho en otros términos, desde entonces las empresas y todo el sistema socioeconómico japonés fueron perdiendo productividad en una forma tan difícil de asignar a un solo factor que se le suele llamar “multifactorial” o residuo de Solow (no dinamismo en el cambio técnico).

 En la depresión actual estamos de momento todavía en las medidas expansivas, correctas, para reducir la dureza de la debacle inicial, pero con una  mirada aun excesivamente vuelta hacia atrás, que prima el juicio negativo y contrito sobre la desregulación de los mercados financieros y el optimismo político que llevó a no percibir el excesivo carácter especulativo de las inversiones; pero no conviene seguir lamentándose por más tiempo ante lo ya pasado, sino analizar en todo caso esos acontecimientos a la luz del planteamiento racional del homo economicus: sus decisiones se orientan buscando la mayor efectividad de sus esfuerzos y si las inversiones se fueron a la mera especulación y no a la economía productiva fue porque en ésta no encontraba tasas de ganancia comparables o facilidades relativas para hacerlo. Lo jurídico, diseñando límites y prohibiciones en unos casos y otros es ciertamente importante, pero en el mecanismo económico total,  es accesorio en cualquier caso. Lo importante es el aumento de la capacidad productiva que, a su vez, depende de un sistema de leyes, usos, valores, orden social, político, etc. que favorece o dificulta la inversión en procedimientos que la hagan crecer y del grado de endeudamiento al que hayan llegado sus habitantes en relación a su renta. Por eso, en esta depresión, con similares políticas monetarias y fiscales expansivas y pensando en un espacio temporal de diez años, unos países saldrán pronto de la depresión, otros se aletargarán durante largo tiempo y por último otros sólo tendrán una apariencia de mejora haciéndose partícipes regionales de un área en la que haya territorios más productivos.

El optimismo pesimista de los presupuestos de 2010

4/Octubre/2909

A la hora de hacer los presupuestos generales del Estado para el año 2010 el gobierno se ha planteado lo siguiente:

a)    España va a tener durante el año próximo en el mejor de los casos una tasa de incremento de la actividad económica nula (realmente el gobierno estima una caída  del 0,3% y FUNCAS del 1%).

b)    Como consecuencia de ello, el país va a tener durante ese mismo año una tasa de paro creciente

c)    Las cuentas muestran ya, de resultas de los agujeros financieros que ha habido que tapar durante parte del 2008 y todo el 2009 para salvar, en bien de todos, el sistema financiero, y fomentar el empleo (plan E por ejemplo) una abultada tasa de endeudamiento, lo que ya está incidiendo los pagos de intereses, que se incrementarán en un futuro cercano y que , sobre todo tiene un negro horizonte de sostenibilidad por el acuerdo de “estabilidad” de la UE, que ante la recuperación de los socios más poderosos de Europa, se reintroducirá en un par de años. Y entonces habrá que reducir el principal.

d)    El gobierno considera inflexibles a la baja las partidas más grandes de los gastos corrientes del Estado, de lo que son un ejemplo muy claro las transferencias a las Comunidades Autónomas, como consecuencia del pacto de financiación forzado por algunas de ellas.  

e)    En consecuencia considera que hay que intentar obtener más ingresos, subir los impuestos, y cerrar los ojos a las consecuencias que ello acarree a corto plazo, ya sea en el consumo, ya sea en la menor actividad productiva.

f)     Y piensa que todo se enderezará en el año 2011 cuando se “haya terminado la crisis económica internacional“, las locomotoras de la economía mundial (por ejemplo Estados Unidos, China y Alemania) tiren de nuevo de la actividad económica y lleguen sus efectos difusores hasta nosotros.

 Parecería que el gobierno es muy optimista, como algunos medios de comunicación dicen, pero en realidad es muy pesimista sobre las posibilidades que tenga el del país de aprovechar la depresión económica para salir de ella con una economía fortalecida para afrontar el futuro. Esto es lo grave, no el pretendido optimismo. ¿En qué se nota este pesimismo?: sobre todo en la reducción que se hace  en los gastos de inversión capaces de elevar nuestra capacidad productiva, nuestra productividad y nuestra competitividad (ciencia, tecnología, educación) únicos resortes para salir realmente de la depresión. A corto plazo tiene razón para actuar así, pero bajo un supuesto: el de la imposibilidad de llegar a un acuerdo con las fuerzas políticas de la oposición (principalmente el PP) y sociales (sindicatos y patronal) para compartir entre todos la cuota de responsabilidad y desgaste que comporta, en tiempos de “vacas flacas” apretarnos de verdad el cinturón todos para afrontar los citados resorte reales de salida de la situación. Está claro que es al  gobierno al que le toca hacer posible esos pactos, pues eso, como se suele decir, le va en el sueldo.

 La nación está atrapada en el clásico dilema de una persona pobre o con una enfermedad grave: si queda presa de la miseria, la angustia  y la depresión que implican su situación sólo podrá conseguir, gracias a la compasión de sí misma y de los demás, ir tirando y paliar su dolor, pero no tendrá nunca, desgraciadamente, la posibilidad de salir de la situación. Reconocer esto es muy duro e injusto, por supuesto y por ello yo decía hace un año que los estudiosos de estas cosas, los economistas, siempre seremos vistos como los sacerdotes de una ciencia descorazonadora y como los “tíos de las rebajas”. Si queremos ser simpáticos, políticamente correctos y cobrar por las palabras de ilusión que se nos ocurran, seguramente sólo hablaremos de solidaridad.  Sin embargo, en  este asunto hay que decir la verdad con toda su crudeza. No hay en la historia un sólo caso en el que se pueda decir que se salió de una depresión con medidas paliativas, ni siquiera está claro, como ya escribía en otra ocasión, que esto ocurriera con el “New Deal” de los años 30 del siglo pasado. Y esto es tanto más verdad cuanto nadie garantiza, ni a nivel mundial ni europeo, que habrá compasión para el que no ponga orden en su casa, por mucha retórica que se emplee en ello. La solidaridad es imprescindible por supuesto, pero sólo es consistente si se tiene una solución para mantener y hacer crecer un sistema que la pueda sostener; de lo contrario  acaba antes o después en una mitología que rechaza el estudio de la realidad.

 Llegamos pues a una conclusión que no por repetida es menos cierta y necesaria: sólo un pacto en el que la política partidista quede de momento aparcada, o por lo menos fuertemente relativizada (lo contrario de lo que vivimos en nuestro país cada día) y cada uno asuma su cuota, valga la expresión, de “maldad” ante los suyos, como ocurrió con los Pactos de la Moncloa, puede crear las condiciones para trasladar a toda la población el sacrificio necesario para renunciar a corto plazo a una parte de bienestar para sentar las bases de una recuperación a medio plazo, en la que no tengamos que vivir siempre con un paro de dos dígitos, que es el verdadero problema de la economía.

El patrón “euro-oro”

9/Septiembre/2009

 Las tribulaciones que la economía española está sufriendo en esta crisis, la actitud de nuestros gobernantes y el escaso resultado que están dando sus bienintencionadas medidas para salir de ella, tienen un gran parecido con los hechos que ocurrían  en la política económica cuando existía el “patrón oro”, porque el “sistema  monetario único” es a los efectos de España algo muy parecido a aquello y, en cualquier caso, no hay mejor alternativa.

 El patrón oro era un sistema que garantizaba que nadie pudiera darse alegrías a costa de los demás sin pagar las consecuencias en un corto espacio de tiempo, con lo que sólo el esfuerzo, la mayor inteligencia y mayor habilidad podían ser la llave de la mejora de las condiciones individuales y colectivas de vida. Eso era así porque al ser el dinero el oro, o unos billetes representativos de un oro previamente depositado, sólo los que tenían algo previamente podían tener dinero. Por decirlo de una manera muy sencilla: el oro en el sistema equivalía al valor de toda la riqueza y producción. En realidad a la gente se le pagaba en billetes de papel, pero estos representaban el oro que, depositado en el banco emisor, garantizaba la inalterabilidad de su valor. La prueba estaba en que si alguien no lo creía así tenía la posibilidad de ir al susodicho banco y que le entregaran el oro que el billete decía.

 El compromiso entre los países de respetar el “patrón oro” significaba que ningún país y, por tanto, ningún banco emisor de ningún país, iba a adulterar el valor de su moneda al margen del oro que tuviera depositado, es decir, no iba a imprimir más billetes de lo que le permitía ese oro. Y, de todas maneras daba igual que lo hiciera, porque con la regla de que los pagos entre los habitantes de dos países diferentes se tuvieran que hacer sólo en oro, si algún país lo hacía, esa montaña artificial de dinero incrementaría sus precios (inflación) y de esa manera no vendería nada a los demás países y les compraría todo. En consecuencia, se quedaría sin oro y por tanto sin posibilidad de funcionar, salvo que se encerrara en sí mismo y prohibiera comerciar con los demás, con lo que con toda seguridad su población sufriría y antes o después habría de volver al redil del buen camino humillado y sus gentes empobrecidas.

 El patrón oro en suma no era un sistema para soñar, sino para que todo el mundo aprendiera a adaptarse a la dura realidad de la vida. Un sistema lógicamente detestable a ojos de los que soñaban  en un futuro inmediato mejor, más igualitario, más justo y más fácil; un odioso sistema conservador e inhumano. Por ello, desapareció entre 1914 y 1939 con el acceso progresivo al poder de los partidos “futurizantes”  (socialistas, socialdemócratas, socialcristianos, comunistas, fascistas) que consideraban que el “patrón oro” era una conjura de los ricos de siempre (personas o países) para mantener las cosas inalterables. Por un tiempo se practicó la emisión libre de dinero en manos de los gobiernos, según los objetivos que quisieran alcanzar. El resultado fue catastrófico: se acabó el comercio internacional, llegó la pobreza a cada país encerrado en sí mismo, se terminó con la libertad individual y todo confluyó finalmente en dos terribles e inhumanas guerras mundiales y su colofón: el lento camino de la pobreza de la mitad oriental de Europa, empeñada en un imposible durante cincuenta años.

 Lección aparente: nada tiene solución.

 Lección de verdad: los que encontraron un punto de equilibrio entre la triste realidad de la vida (el patrón oro) y la necesidad de soñar (libre emisión de dinero) prosperaron.

 El equilibrio fue la creación de un sistema (patrón dólar) garantizado por un compromiso internacional (FMI) con razonables posibilidades de cumplimiento tanto por la experiencia desastrosa de no hacerlo (el miedo a la situación de la que se venía) como porque el bastión del mismo (EEUU) tenía capacidad económica, orden y estabilidad social y política suficientes como para mantener el valor de su moneda, que desde entonces sería la de todos, inalterable como el oro. Este orden dejó margen a las emisiones “sociales” de dinero acompasadas de forma bastante eficiente por la evolución de la productividad, sustentada en los avances tecnológicos, educativos y organizativos y la cultura de moderación que impregnaba a las generaciones que habían sufrido un largo período de sufrimiento; con lo que la inflación fue sostenida siempre pero moderada. Los de abajo mejoraron  notablemente el nivel de vida no tanto por trasvase de riqueza de los de arriba (cosa que no les sirvió de nada a los países del Este) sino por sacar mejor partido de su trabajo. Así llegó mejor o peor parado nuestro sistema de “economía social de mercado” (el único que ha demostrado verdaderamente utilidad) hasta nuestros días.

 Lección: la clave está en un patrón de dinero estable unido a una mejora de la productividad y ambas cosas van unidas; o más bien las cosas funcionan bien para todos cuando ambas cosas van unidas.

 Sobre esa base se creó el euro cuando el imperio del dólar ya flaqueaba, para mantener la prosperidad al menos en Europa. Poniendo la emisión de dinero en una autoridad independiente de los gobiernos nacionales y sostenida esa independencia no ya en normas jurídicas que siempre pueden cambiarse con relativa facilidad, sino en el miedo de moverse uno afectando a los demás y en los intereses creados del más fuerte, Alemania, el euro es como el patrón oro antiguo: sólo los técnicos o el comercio internacional (ámbito de libertad por la anulación de poderes de unos frente a otros) determinan su valor y ninguna autoridad política nacional puede disponer de dinero alegremente, afectando a su valor, para responder a las exigencias de según qué sectores de sus poblaciones respectivas. Sólo un acuerdo de todos lo puede hacer, pero en ese caso todos tendrían que sentir los mismos problemas, cosa absolutamente imposible en lo que es hoy día la Unión Europea: un simple “mercado común” con un poco de retórica. Las personas y los países sólo podemos mejorar nuestras condiciones de vida con el esfuerzo, la inteligencia, la habilidad y el orden social interno.  Esta es la clave del progreso y con respecto a los demás es, si lo hacemos mejor que ellos, de nuestra mejora relativa, pero si lo hacemos peor, de nuestra desgracia: en este caso viviremos durante un tiempo de lo que nos presten tanto más caro cuanto más necesitemos y al final, si no podemos pagar, se nos embargará (aunque parezca que lo hace el banco de la esquina) y se nos despreciará y, nosotros nos echaremos las culpas los unos a los otros.

 Estamos en este punto o, seamos compasivos, entrando en este punto, porque hicimos la “machada” de entrar en el euro sin haber arreglado la casa de verdad: pusimos las cuentas en orden (redujimos el déficit público, abrimos nuestras fronteras, moderamos nuestras exigencias salariales, liquidamos las empresas insostenibles). Hicimos bien no queriendo ser pobres de por siempre, pero no pusimos en marcha las medidas, o no nos mantuvimos en la dirección correcta de las medidas que con el tiempo nos hicieran producir más, mejor y más eficientemente, o al menos igualmente, que los otros socios del euro. Nos dedicamos a sacar pecho de “ser” la octava potencia y a disfrutar de la vida y al final nos hemos quedado progresivamente  vendiendo cada vez menos a los demás, comprándoles cada vez más y, en consecuencia sin euros (oro). Y claro, no tenemos otra forma de salir de esta si no es aprestándonos todos (ricos y pobres) a sufrir ahora para no tener que sufrir mucho más mañana. De hecho ya estamos en ello, como cuando el patrón oro, porque como podemos comprar menos y hemos reducido nuestra actividad se nos ha provocado una deflación que está abaratando nuestros productos y exportando algo más: un buen ejemplo de que no hay solución sin sufrimiento. Pero nuestra escasa productividad no nos permite ahora el reparto. Sería hermoso que el mundo fuera otro, que el hombre fuera otro; me gustaría ser un sacerdote de la esperanza cristiano o ateo, que para el caso es lo mismo pues nos cuestan más o menos lo mismo y seguramente dan el mismo rendimiento, pero soy un simple economista. Esto es lo que hay. Será un gobernante serio aquel que le pida sufrimiento a la gente, le explique por qué y para qué y no cree expectativas falsas.

 

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